Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

LA CONTINUACIÓN DE “LA VIDA ES BELLA” DE BEGNINI (II)

  1. Publicado en Zenit: ZS11072801 – 28-07-2011
    Permalink: http://www.zenit.org/article-40038?l=spanish
    La continuación de “La vida es bella”, de Benigni (II)

    Historia de un niño que aprendió a perdonar a quienes mataron a su padre

    MADRID, jueves 28 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores una nueva entrega de la serie La otra memoria con la que ZENIT está sacando a la luz actos de bondad en la guerra civil española que ayuden verdaderamente a la reconciliación y la paz.

    El historiador José Andrés Gallego continúa contando la historia uno de los testimonios que han llegado a su blog: el de un niño que aprendió a perdonar a quienes mataron a su padre (ver http://www.zenit.org/article-39921?l=spanish).

    * * * * *

    Quizá recuerden que, en la entrega anterior, hablábamos de un niño cuya historia real podía servir de continuación para “La vida es bella”, la película de Benigni. En la película, la madre se encontró con su hijo cuando caminaba con las demás reclusas que habían sobrevivido en el campo de concentración. Caminaban con dejadez, no se sabe hacia dónde. Podía correr el año 1944 ó 1945. En cambio, la madre de aquel niño del pueblo de Quero, en La Mancha española, a cuyo padre fusilaron en Paracuellos en 1936, nunca se había separado de sus hijos. Pero a Quero llegó un rumor que llevaba esperanza. Se decía que algunos fusilados en Paracuellos sobrevivían a las balas y había gente del pueblo que los recogía y llevaba a sus casas e intentaba curarlos. Y a la mujer se le pasó por la cabeza la posibilidad de que su esposo fuera uno de los salvados.

    No lo podía comprobar. Noticias como ésa no se daban en los periódicos. Y resulta que Paracuellos dista de Quero unos ciento cincuenta kilómetros. Así que no se le ocurrió sino ponerse en camino con los hijos, a buscar al marido. Son locuras que sólo pueden explicarse por amor. Sabía cómo llegar a Madrid. Quero está a unos quince kilómetros de Alcázar de San Juan, que era ya un nudo ferroviario importante. Desde Alcázar, en tren, llegaría a la capital y, a partir de ahí, habría que saber dónde quedaba Paracuellos y, en Paracuellos, en qué lugar podía refugiarse su marido, si es que había sobrevivido.

    Pero eso lo abordaría en su momento. Como primera providencia, hizo un ato con pan y alguna cosa más y echó a andar con los hijos a la estación de Quero, que debía quedar entonces a dos o tres kilómetros. Se subieron a un tren de mercancías y se plantaron en Alcázar. No pudieron pasar de allí. El jefe de estación se lo impidió. Le dijo –con razón- que aquello era una locura, entre otras cosas porque la aviación del bando contrario bombardeaba a veces los trenes, si creían que podían llevar soldados o armas. Y no le dejó continuar.

    La mujer y los niños tuvieron que regresar a Quero. Pero no había tren que los llevara y no tuvieron más remedio que echar a andar por la vía del tren. Y es justo en ese punto donde las dos historias coinciden. La de Benigni se detiene ahí, cuando la madre, en el camino, al encontrar al hijo, parece olvidar el dolor de la probable muerte del esposo y desborda alegría. Begnini no nos cuenta qué sucedió después: cuando tuvieron que reemprender la marcha, a pie, para llegar a algún lugar donde pudieran refugiarse, y cómo pudo soportarlo aquel niño de pocos años. En la realidad de la madre de don Julián –el cura del barrio del Pilar, un niño entonces, de seis años-, sí sabemos cómo se las arreglaron su hija –de ocho años- y ella para rebosar alegría que contagiase al niño y le hiciese capaz de andar quince o veinte kilómetros para volver a Quero. Hicieron lo que había hecho el padre de la película de Begnini al convertir el cautiverio en el campo de concentración en un juego infantil para que su hijo sobreviviera. La hermana de Julián empezó a simular que desfilaban a paso militar; Julián entró en el juego y desfilaron mucho rato, junto a los raíles del tren, divertidos de ser soldados en la imaginación. Y, cuando la fatiga apareció, la madre dio en cantar lo que a Julián solía gustarle: zarzuelas. La condición de madre que tenía que sacar del atolladero a sus hijos se sobrepuso a su tremendo dolor de esposa y a la angustia por la vida de su marido.

    Setenta y cinco años después, al contarlo, don Julián centra de nuevo la atención en aquello con le distrajeron entonces. La pieza de zarzuela de la que más se acuerda –de aquellas que le cantó su madre- es la que dice: “Ay, ay, ay, qué trabajos nos manda el Señor: levantarse y volverse a agachar…”. También, de aquella otra de “Vale más un labrador con fajones y alpargatas que la serranía con todo su terciopelo”. Y “Las mocitas de Talavera son niñas de cara bonita y limpias de corazón”. Pero la que más le gustaba era la canción de los pajaritos. Y le pedía a su madre que la cantara una y otra vez. Es una canción en la que los distintos pájaros van a escuchar a san Antonio, que predica. A Julián, le gustaban los pájaros. Buscar nidos era lo más divertido para los chicos de Quero, comenta.

    Aquel día, era plenamente consciente de lo que sucedía en aquella jornada, de la razón por la que hacían ese viaje e incluso de la intención de distraerle de su hermana y su madre. Pero, como su hermana y su madre iban así –rebosando alegría (comiéndose la pena), él fue del mismo modo, tan feliz. Recuerda que el cielo estaba encapotado y que llovía; que era a finales del otoño, cuando los días son más cortos, y que se echó la noche encima y, con la noche, el frío; que tuvieron que saltar al terraplén cuando oyeron que se acercaba un tren; que se calentaron un poco con las ascuas de carbonilla que arrojaba al pasar… Pero no recuerda que se le hiciera el viaje insoportable. Llegó un momento en el que preguntó cuándo llegaban y su hermana le respondió: “Detrás de esa colina está el pueblo”. No le añadió que entre pueblo y colina había otras colinas; de manera que la respuesta le sirvió para algunas más. Llegaron a Quero y se fue enseguida a la cama. Le dijeron, después, que había dormido dos días seguidos. Pero piensa que exageraron.

    La madre hizo aún algo más cuando perdió toda esperanza de que su marido viviera: les dijo que aquello había pasado y que, por tanto, no había que darle vueltas. Había, simplemente, que rezar y hacer el bien. Ellos dos –su hermana y Julián- dedujeron que su madre preferiría que no se hablase nunca más de llegar hasta Paracuellos. Setenta y cinco años después, don Julián no conoce el lugar, por respeto a su madre. Ha podido poner y ha puesto, eso sí, a su padre en la patena unas veinte mil veces. Calculo que más. Tantas como misas ha dicho desde el día en que se ordenó.

    José Andrés-Gallego, con información de Valvanera Andrés Urtasun

    https://joseandresgallego.wordpress.com

    Por: José Andrés-Gallego el 31/07/2011
    a las 16:12

    Responder

  2. Le felicito por esta necesaria iniciativa, D. José. Así que aprovechándome de la ocasión que me brinda, voy a relatar un suceso, comentado siempre por mi familia paterna, cuyo protagonista ha sido un tío mío que luchó con la República y finalizada la contienda estuvo en un campo de trabajo en Torremolinos (Málaga). Después de finalizado el período de reclusión, regresó a su casa, en una pequeña aldea asturiana, en la cual vivía todavía su madre, una hermana mayor, viuda con tres hijos, y dos hermanos varones solteros, uno de ellos -el menor- cumpliendo el servicio militar; el otro hermano, también había sido soldado de la República, y estaba pendiente de un trabajo en una fábrica en una localidad próxima; el resto de la familia lo componía seis hermanos más, todos casados y con hijos, independientes del hogar materno. La persona que nos ocupa, siempre se dedicó a las labores agrícolas y ganaderas (propias de “las caserías”; pequeños minifundios) -actividad que realizó hasta la hora de su muerte, ya nonagenario-. Por las razones antes mencionadas -de su participación en la guerra y posterior reclusión-, recibía la visita de una pareja de la Guardia Civil, con bastante frecuencia, y un sargento de la misma le amenazaba de manera constante, sin cuidar el detalle de que estuviera presente cualquier otro miembro de la familia, incluida mi abuela, la cual sufría mucho temiendo lo que le pudiera ocurrir a su hijo por las amenazas del sargento. Así que un cuñado suyo se puso en contacto con un amigo -destacado miembro de Falange Española, y a su vez conocido de mi tío- y le informó de lo que ocurría; éste Buen Hombre, a su vez, le pidió a un amigo, militar de alta graduación, el que interviniera ante el sargento de la Guardia Civil, lo cual hizo y desde entonces se acabaron las visitas y las amenazas. Hasta aquí, como indico más arriba, era lo que se contaba en la familia, pero no se si por olvido se omitía la parte que ahora voy a relatar. Por azares de la vida, yo soy amigo de un hijo del Buen Hombre -que a su vez, también pertenece a Falange Española- y, en una ocasión, me habló de toda mi familia, ensalzando a todos los miembros de la misma, que les tenía gran aprecio y estima, pues también es amigo de otros primos míos. Ante ésta efusión, le dije que también nosotros sentíamos lo propio por él y los suyos y que teníamos muy presente lo que su padre había hecho por nuestro tío; entonces él me comentó que, en plena guerra, su padre era perseguido por una “brigada” de milicianos con intención de acabar con él y el cuñado de mi tío le mandó ir a la aldea al anochecer y dirigirse a mi tío y que éste lo ayudara en lo que fuera; eran tiempos difíciles y en la aldea, la mayoría, era afín a la República, por lo cual lo que se hiciera de signo contrario tenía que ser con mucha discreción (“que no sepa tu mano derecha lo que hace tu mano izquierda”). Así que mi tío se ocupó personalmente de ése buen hombre y lo tuvo guardado hasta que en cuanto tuvo oportunidad lo llevó -de noche- hasta las filas del bando Nacional.
    Mi tío y el Buen Hombre se han profesado una gran amistad y cariño el resto de su vida.

    Por: Ramón Luis Fernández el 02/08/2011
    a las 22:25

    Responder

    • Muchísimas gracias. Sin duda, es una historia ejemplar. Espero que no tenga inconveniente en que haga uso de ella en alguno de los artículos de Zenit, cuando se presente la ocasión. No me dice los nombres de los dos principales protagonistas, sin duda porque prefiere que no aparezcan. Lo comprendería perfectamente. Se lo digo porque esa vigilancia de la Guardia civil debió tener un respaldo documental que podríamos buscar en el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, al que voy a trabajar con cierta frecuencia.
      Gracias de nuevo!

      Por: joseandresgallego el 02/08/2011
      a las 22:51

      Responder

  3. Muchas gracias, D. José, por su atención con mi escrito. Le autorizo a que haga del mismo el uso que estime oportuno. Efectivamente, creo que la Guardia Civil para ejercer esa vigilancia tendría un respaldo documental; jamás he puesto en duda el buen hacer de dicho cuerpo, el que al parecer se extralimitaba en sus funciones era el sargento.
    A su correo le enviaré los datos de que dispongo de los dos protagonistas.
    Un cordial saludo.

    Por: Ramón Luis Fernández el 03/08/2011
    a las 15:31

    Responder

    • No deje de enviarme los datos que me ofreció, por favor.
      Un saludo muy cordial,
      jag


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