Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

MÁS ALLÁ DE TORREJÓN Y PARACUELLOS

  1. Segunda entrega, recién publicada en http://www.zenit.org/article-39774?l=spanish

    Más allá de Torrejón y Paracuellos

    MADRID, jueves 30 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores la segunda entrega de la serie La otra memoria con la que ZENIT está sacando a la luz actos de bondad en la guerra civil española que ayuden verdaderamente a la reconciliación y la paz.

    En esta ocasión, el historiador José Andrés Gallego invita a fijarse en los millares de personas que se salvaron de morir en Paracuellos del Jarama y en Torrejón de Ardoz gracias a la valentía del anarquista Melchor Rodríguez García, que se plantó ante los ejecutores y comenzó una lucha personal para conseguir que cesaran las muertes.

    * * *

    Hace quince días, abrimos esta sección de ZENIT con el propósito de mostrar que también se hizo el bien en la guerra civil española de 1936-1939, ya que todo el mundo se empeña en recordarnos los horrores y sólo los horrores. Pusimos un ejemplo (el de dos personas encarceladas por sus ideas políticas y salvadas por soldados del propio bando de quienes las habían encarcelado) y abrí, como les dije, el blog que ven abajo, en la firma, por si se animan a contar sus propios recuerdos (los buenos) y podemos incorporarlos a esta sección. Varios lo han hecho ya; aunque algo pasa que la gente es más propicia a escribir por correo electrónico. Bienvenidos sean y agradecidos son esos mensajes.

    Sin embargo, voy a empezar por hacer de abogado del diablo y recordarme que salvar a dos personas no es lo mismo que matar a cinco mil. Pues bien, agarremos ese toro por las astas. Uno de los debates más siniestros a que ha dado lugar esa guerra civil fue lo ocurrido en Paracuellos del Jarama, un pueblo próximo a Madrid, al que llevaron varios millares de presos políticos y los mataron. Es quizá la mayor matanza “represiva” que se dio en esos años. Corría noviembre de 1936 y los soldados “nacionales” estaban ya a las puertas de Madrid. Se temió que, si entraban, los doce mil presos políticos que se calcula había en las cárceles madrileñas, desencadenaran una venganza de proporciones gigantescas. Así que las autoridades optaron por trasladarlos a otras cárceles de poblaciones cercanas a Madrid, sobre todo Alcalá de Henares (a veinticinco kilómetros) y Guadalajara (a cincuenta). Empezaron a hacerlo; pero la mayoría de los convoyes que salieron de Madrid no llegaron a su destino. Fueron desviados en Torrejón de Ardoz o hacia Paracuellos y, allí, digan ustedes “ejecutados” o “asesinados” según les plazca.

    Desde hace muchos años, se discute si el número de muertos no pasó de 2.000 o si llegó a 5.000 y si el responsable de la matanza fue o no fue un famoso político que -gracias a Dios- vive. Digo gracias a Dios, porque saben ustedes que, mientras hay vida, hay esperanza y, por lo tanto, tiempo para el perdón (que, además, por fortuna, administra el Señor de la Historia, y no ustedes ni yo).

    Pues bien, basta echar cuentas para advertir que, en el peor de los casos, si murieron 5.000 y había 12.000, se salvaron 7.000 (claro es que en números redondos). ¿Es que el instigador y los ejecutores de las muertes se sintieron saciados y pararon o es que no pudieron seguir? No pudieron seguir. Un líder anarquista –Melchor Rodríguez García– se plantó ante los ejecutores y comenzó una lucha personal para conseguir que aquello cesara. Y lo consiguió.

    En la guerra civil, hubo muchos más crímenes. Pero, en concreto, los de Paracuellos y Torrejón no duplicaron o triplicaron su enorme envergadura porque uno de los enemigos de esos presos se jugó la vida por ellos. Está probado y habrá ocasión –espero– de volver sobre esa persona. Si alguien desea saber más sobre él y no quiere esperar, sepa que, a mi modo de ver, hará bien –para empezar a desintoxicarse– y que lo mejor es que lea el libro de Alfonso Domingo Álvaro El ángel rojo: La historia de Melchor Rodríguez García, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano (Córdoba, Almuzara Ediciones, 2009).

    Mientras tanto, me permito proponer a mis colegas historiadores que continuemos discutiendo, pero no sobre si fueron 2.000 ó 5.000 las víctimas, sino sobre si fueron 7.000 ó 10.000 los que se salvaron. Es probable que, así, salgan mejor las cuentas y se sepa toda la historia (o, al menos, mucho más y no menos importante). Cifras cantan.

    Por: joseandresgallego el 01/07/2011
    a las 08:59

    Responder

    • Un saludo y gracias por la nota. Mi abuelo fue ejecutado en Paracuellos o Porlier. Sobre la fecha que se indica aquí, supongo que es un error, pues se habla de noviembre de 1937 cuando en realidad los hechos ocurrieron en noviembre de 1936.

      Con un saludo cordial, suyo

      Fernando Pascual Aguirre de Cárcer

      Por: Fernando Pascual el 01/07/2011
      a las 09:23

      Responder

      • Efectivamente, es un error. Siento, de veras, que su abuelo no figurase entre los salvados.
        Un saludo muy cordial y no dude, por favor, en contar con esta plataforma para ayudar a que la gente se habitúe a pensar también en lo que algunos hicieron bien,
        jag

        Por: joseandresgallego el 01/07/2011
        a las 10:48

  2. La gente prefiere el correo electrónico, está claro. Me llega ahora este comentario:
    “Es estupendo comprobar como el espíritu de Dios sopla donde y como quiere.
    Felicidades a los que buscan estos casos con rigor de historiadores.
    Preciosa labor.
    Nieves”

    Por: Nieves el 01/07/2011
    a las 09:00

    Responder

  3. Me llega otro mensaje con este texto:

    Así, de buenas a primeras, recuerdo alguna anécdota chula. Estos días me venía a la mente la Historia de una monja joven de las que vivían en la Plaza de Chamberí que fue rodeada por los milicianos porque era guapa. No recuerdo si le preguntaron de dónde era, que ella contestó que del País Vasco. ¿Y sabes euskera? Pues sí. Pues dinos tal cosa… Y, entonces, le dijeron, señalando a uno de ellos, -pues éste también es vasco- Alah! Llévatela y entendéos… Y se apartaron. Bueno, pues no sé exactamente si la pareja habló más o no habló, la cosa es que el miliciano la llevó a una familia, que salía no sé si hacia el País Vasco o a dónde estaban otras monjas, pero le ayudó a salir de allí. Y me parece que la chica pudo contarlo con su condición religiosa consolidada.
    Pero, no recuerdo ni quién me lo contó. Supongo que alguna de las religiosas que haya allí. ¿? (M)

    Por: valvanera el 01/07/2011
    a las 12:12

    Responder

  4. Acabo de almorzar con una historiadora chilena; le he contado todo esto y ha sucedido ya lo que era de esperar: “También en Chile…” y la correspondiente historia, en este caso la de soldados que se negaron a fusilar y fueron fusilados por ello. Chile, lo sé, es un “avispero” más acerado aún que el español porque lo tienen más reciente. Pero tienen que curar las heridas con la única medicina eficaz, que -sobre la base del perdón- consiste en reconocer y aceptar toda la verdad, incluida también lo mejor de “los otros”.
    Por cierto que, si a alguien no le convence lo del perdón, recordaré lo que escribió el cardenal Gomá a los españoles nada más terminar la guerra en 1939, en una pastoral cuya difusión impidió el Gobierno (lo he documentado y puedo afirmarlo de forma taxativa). Decía que comprendía que, en aquellos momentos, a muchos podía costarles enormemente perdonar; pero que lo dejó dicho Jesucristo y no había más que hablar.
    Gracias por el mensaje.

    Por: joseandresgallego el 01/07/2011
    a las 12:18

    Responder

  5. Hace años me contaron una historia, para mi, preciosa: En Algarrobo (Málaga) no murió nadie durante la guerra civil. Cuando mandaban los del Frente Popular e iban a buscar personas a Algarrobo para detenerlas, la gente del pueblo las escondía y decían que habían huido o cualquier otra disculpa. Y cuando llegaron los nacionales, pues ocurrió lo mismo. Creo que es una historia digna de ser investigada y, de ser cierta y comprobada, merecedora de ser puesta de ejemplo.

    Por: m.e.g. el 02/07/2011
    a las 09:12

    Responder

    • Me pongo a ello. Es curioso que, en la web del Ayuntamiento, pasen de largo por la guerra civil, sin más que decir que´no le afectó.
      Gracias!

      Por: joseandresgallego el 04/07/2011
      a las 08:10

      Responder

  6. Un testimonio sobre un “Acto de bondad” en la guerra 1936 – 1939

    El que suscribe, Enrique Berenguer León, nació en Madrid el 8 de agosto de 1938. Mis padres vivían aquellos días de guerra en el primer piso de la calle Narváez 19 y mi madre, Antonia León Crespo, me dio a luz en la habitación que hace el chaflán con la calle Duque de Sesto. (el edificio está tal cual actualmente). Vivian también en aquel piso el sacerdote diocesano don Fernando Palatín Martínez, tutor de la familia de mi madre, huérfana de padre desde muy joven, mi padre, don Enrique Berenguer Pérez y mis hermanos mayores, Daniel y Fernando.

    El Rvdo. D. Fernando había trasladado a sus pupilos (mi abuela, y sus hijos: una chica –mi madre– y dos adolescentes varones -mis tíos-) desde Sevilla (ciudad natal de todos ellos) a Madrid, donde fundó un colegio titulado “Sagrado Corazón de Jesús”, para niños y niñas, como medio de subsistencia de toda la familia. La fecha no la sé, pero, unos años después, el 24 de septiembre de 1931 contrajeron matrimonio canónico y civil mis padres. (El tiempo de noviazgo tampoco lo sé, pero creo que fue breve; ambos tenían 29 años el día de la boda).

    El 18 de julio de 1936 vivían todos en el colegio, que constaba de dos chalets comunicados interiormente, con tres pisos cada uno, en la misma calle Narváez, pero el nº 18 (frente por frente a mi casa natal). Tras la inevitable incautación del colegio por la FAI, los anarquistas instalaron allí un “Ateneo Libertario”. Mi madre me contó el sufrimiento de la familia al ver cómo, en los primeros días, tiraron por las ventanas los pupitres y los enseres de las clases.

    Conocí de sobra a Don Fernando Palatín (murió en el colegio restaurado, cuando yo tenía 9 años, en 1947), y recuerdo que años más tarde me vino la pregunta que no podía faltar. Tras oír relatos de tantos asesinatos de sacerdotes, pregunté a mi madre: Mamá, ¿cómo es que no mataron a Don Fernando? Mi madre me dijo:

    Sí, al principio de la guerra se presentaron en el portal del edificio unos cuantos milicianos armados y desde el pie de la escalera (no debían conocer el piso en que vivía mi familia) empezaron a gritar: ¡¡Que baje Don Fernando, que baje don Fernando!!
    Y ocurrió lo inesperado. Empezaron a abrirse las puertas de los vecinos del lado y de arriba y las amas de casa, con gran entereza, contestaron con voces y con tono similar: ¡¡De ninguna manera, a Don Fernando no se lo llevan Vds.!!

    Mi madre me aclaró que, como director del Colegio, había facilitado económicamente el acceso a la enseñanza a familias con carencias de recursos. Cosa que era conocida en el barrio y envalentonó a las mujeres del edificio a salir en su defensa.

    Mi madre me dijo que los milicianos se fueron. Y lo que es más admirable no volvieron más, estando los edificios de mi casa y del Ateneo frente por frente.

    Me parece es un “Testimonio de Bondad” en el que se reconoció la generosa atención de aquel sacerdote para con los pobres, no solo por las valientes vecinas sino también por los mismos milicianos.

    Por: Enrique Berenguer León el 02/07/2011
    a las 17:15

    Responder

    • Gracias! La historia no puede ser más bonita y más reveladora. sin duda, la incluiré en un envio próximo a Zenit. Una pregunta: los dos chalets ¿fueron los que ocuparon los milicianos y, por eso, ustedes se trasladaron a la casa de enfrente? ¿Cuántos podían ser los vecinos que vivieran en ella, según el número de pisos y los portales? Es un dato completamente secundario; pero, a veces, al escribir, hay que acudir a ese tipo de cosas.
      Gracias de nuevo,
      jag

      Por: joseandresgallego el 04/07/2011
      a las 07:28

      Responder

  7. Un anciano que pasa de los ochenta años me cuenta esto:
    Su familia era de Quero, Ciudad Real. Su padre trabajaba en un taller de carpintería. Aún puede describir aquellas máquinas con las que cortaba los troncos y las maderas. Había una máquina que tenía unas sierras en alto. Consistía su funcionamiento en hacer girar velozmente unas cintas de hierro que cortaban los maderos. Si se calentaban demasiado podía romperse y herir, incluso cortar un miembro a quien pillaba por medio. Una vez se sintió atraído por el ruido y el movimiento de una máquina. Le parecía que de alguna ranura salía un aire fuerte y quiso tocarlo con la mano. Su padre le paró en el intento. En realidad eran dos cuchillas que cruzaban con velocidad, cortando lo que ahí se le ponía. Recuerda, tal vez con cinco años, ir de Quero a Madrid en mula a buscar madera. Fueron hasta Aranjuez a recogerlas.
    Iban a Misa los domingos. Y cuando llegaba el momento de la comunión todo el mundo se acercaba a los primeros bancos. Él hacía lo mismo. Se arrodillaba entre sus padres y esperaba el turno de recibir la comunión. Pero no tenía ni seis años, y el sacerdote se lo saltaba. Él lo advertía en voz alta, para que se diera cuenta el cura: “¡Señor cura, que a mí no me ha dado!” y lo repetía sin ser atendido. Su madre le cogía el brazo: “¡Calla, hijo!”
    En la guerra hicieron prisioneros a los hombres del pueblo que, incluso supuestamente, eran “desafectos” a la República. Vinieron de Villa de don Fadrique. Allí había muchos comunistas y se organizaron para controlar la zona. Su familia votaba a Gil Robles, a la CEDA y todo el mundo lo sabía. Todos sabían de las inclinaciones políticas de todos. Se llevaron a su padre y a su tío. Al abuelo no, por estar enfermo. Primero los metieron en la ermita del pueblo, que está en una loma, saliendo del pueblo. A partir de entonces, su madre iba todos los días a llevar la comida a su padre.
    Hay más pero esto es lo primero que me llama la atención como algo bueno, aunque parezca natural y lo hicieran muchas personas en situaciones parecidas.
    Valvanera Andres

    Por: Valvanera Andres el 13/07/2011
    a las 09:35

    Responder

    • Sí, pero nos parece natural precisamente porque es bueno lo que hicieron tantísimas mujeres con sus maridos, cuando los encerraron (unos u otros). Habrá que hablar también de eso, digo yo.
      jag

      Por: joseandresgallego el 13/07/2011
      a las 09:38

      Responder

      • Bueno, pues sigo:
        Un día los guardianes les advirtieron que debían entregar todo lo metálico que llevaran encima. Su padre esperó a ver a la madre para darle unas pequeñas tijeras que tenía encima. Aquellas tijeras las guardó hasta que Julián fuera joven. Entonces la madre se las dio a él. Y él siempre las ha llevado encima, sin haberlas perdido nunca.
        El día que tomaron al padre prisionero contaba él, el padre, con 33 ó 34 años. Su madre tendría 32. Su hermana mayor 8 y él 6. Estuvo encerrado en la ermita seis… o tal vez llegaran a ser 10 meses. De allí se lo llevaron a Madrid. No recuerda exactamente en qué cárceles de la capital estuvo su padre. Oía hablar de Ventas y de la cárcel Modelo. Algunos, (me parece recordar que dijo sus -tíos-) aprovecharon la oportunidad que se les dio para no acabar fusilados. En un momento dado, se pidieron voluntarios para el frente y algunos se ofrecieron. Después, ya en el frente, buscaron la ocasión para pasarse al otro bando.
        El pueblo, Quero, quedó sin hombres, pero en su casa tenían cultivos que se siguieron trabajando. No pasaron hambre. Recuerda una infancia volcada en los trabajos del campo. Cogían la flor del azafrán. Debían salir pronto, cuando el rocío aún humedecía la planta. Antes de que el olor se perdiera. También salían a escardar, que consistía en quitar las malas hierbas. Y a arrancar garbanzos. Como me extraño de que utilice el verbo “arrancar” me aclara: Se arrancaba la planta y luego en la casa se desgranaba. El trigo lo cosechaba entre todos los del pueblo. La familia contrataba a vecinos para la cosecha.
        Aquí veo otra cosa, que es la actitud de colaboración entre la gente de la retagurdia.
        Valvanera Andres

        Por: Valvanera Andrés el 13/07/2011
        a las 09:41

      • Claro. De eso tengo alguna cosa publicada. Si la guerra estalló en julio, en los días de la cosecha en gran parte de España, ¿quién cosechó?
        jag

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 09:45

      • Sobre esta rutina se impuso el régimen de guerra. La intendencia comunista requisaba la mitad, a veces más, de lo cosechado. Según fueran las necesidades de cada momento se requisaba más o menos y se redistribuía entre las familias del pueblo.
        Sobre este sistema de reparto cuenta otra anécdota: Quedaron en casa la abuela, la tía Juana, su madre, su prima y su hermana. Pero la tía Juana se había despedido de su marido, cuando se lo llevaron, quedando ella embarazada. Julián veía que su panza era cada vez mayor. También oía que el niño estaba al llegar. Pero no terminaba de entender de qué se hablaba realmente. Cuando llegó un nuevo niño a la casa, su primo, quedó perplejo. No acababa de entender de dónde había salido. Y no dejaba de preguntarlo. Las mujeres se lo quitaron de en medio diciéndole que se lo habían dado en la comuna. A él le pareció lógico, ya que de ahí venía todo. Así que se fue decidido a reclamar su propio bebé. “Oiga, a mi tía Juana le han dado un niño y a mi madre no”. El miliciano entendió la lógica del chico: “Se nos han terminado los niños”. Aún hoy los mayores se recuerdan: “Ese es el que pidió un bebé en la Intendencia”.
        ¿Hubo milicianos que mataron a niños y milicianos que jugaron con los niños?
        Valvanera Andres

        Por: valvanera el 13/07/2011
        a las 09:47

      • Sobre todo, los niños siguieron jugando. Lo he estudiado en una ciudad española. Es trágico y, al mismo tiempo, un poco conmovedor. Jugaban a la guerra, claro.
        jag

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 09:50

      • Pues sigo con la conversación con este anciano de Quero.
        En la guerra perdió a su padre. Con él los republicanos fueron más estrictos que con otros, que terminaron siendo liberados. Cada cierto tiempo hacían una saca. Esto es, les decían que salían para ser liberados, pero luego los enfilaban y fusilaban. Su padre y los demás iban viviendo la salida de presos que estaban con ellos y de los que no volvían a saber nada. Los compañeros han contado luego que su padre repetía mucho: “Mis hijos. Mis hijos…” Solían llevar a los que sacaban a Torrejón de Ardoz y a Paracuellos, y allí morían. Otras veces decían los milicianos que aquellos viajes eran para trasladarlos a Valencia, donde supuestamente debían ser liberados. Pero el tono de aquellas promesas era el de una sentencia de muerte. El 27 octubre debió ser el día que sacaron a su padre del pueblo. Los vecinos corrieron la voz de que se lo habían llevado por la noche y que no había vuelto.
        Su padre acabó la odisea de su prisión en Paracuellos. Y allí debió ser fusilado. Hubo un día en que se supo en el pueblo que algunos enterradores de los fusilados, vecinos de Paracuellos, habían rescatado cuerpos mal fusilados, aún con vida. Los habían llevado a las casas cercanas y allí los habían tratado de recuperar. Algunos salvaron así la vida.
        ¿Sabía alguien esto?
        Valvanera

        Por: Valvanera el 13/07/2011
        a las 09:54

      • Pues no sé si se sabía o no se sabía. Lo miraré en los libros que conozco sobre ello. Pero es fundamental. Capital. Paracuellos, así, deja de ser el nombre del terror. Resulta que también es el nombre de la caridad más arriesgada… Habría que saber más de esto. Es, me parece, especialmente importante.

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 09:57

      • Pues ahora viene lo mejor. Cuando la madre supo que había campesinos de Paracuellos que habían salvado a gente, pensó que, a lo mejor, su marido estaba entre ellos y decidió ir a buscarle. Había un cuñado trabajando como jefe de estación en Alcázar de San Juan. Se le ocurrió a la mujer que era la persona idónea para ayudarla a llegar hasta Madrid. La tía trató de persuadirla, pidiéndole que se tomara un tiempo para pensarlo mejor. “Quédate y lo organizamos con más tiempo”. Pero la mujer estaba resuelta a llegar hasta su marido.
        Para ir a entrevistarse con el cuñado, montó a los niños en un tren de mercancías que iba de Quero a Alcázar. Pero una vez llegados y hablando con el cuñado, les trató de quitar esa idea de la cabeza. Les dijo que de allí, desde Aranjuez hasta el resto de la provincia no se podía tomar un tren sin correr peligro de ser bombardeados por la aviación franquista. La mujer se enfadó. Dijo que si no quería ayudarla lo haría ella sola. Estaba resuelta a llegar hasta su marido.
        Así que se dispuso a volver al pueblo para prepararlo todo: “Me voy”. Se hizo un atillo de pan y alguna otra cosa y, como no podían coger allí otro tren para Quero, decidió seguir la vía del tren para hacer el viaje más directo. Porque en carretera hay 5 leguas, entre Alcázar de San Juan y Quero, ambas en Ciudad Real. Unos 20 kilómetros. Pero en el tren eran menos: entre 10 y 15.
        Valvanera

        Por: Valvanera Andrés el 13/07/2011
        a las 10:14

      • No, es al revés. Y supongo que entonces sería igual que ahora. Desde Quero a Alcázar hay 15 kilómetros por carrera y unos 20 por la vía del tren. Puede que no lo supiera y puede también que se fiara más de la soledad de la vía del tren que de una carretera por la que podía pasar gente que se fijara en ellos. No sé, claro.
        jag

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 10:17

      • Bueno, la cosa es que, cuando salieron de Alcázar hacia Quero, su madre, su hermana y él -mi amigo, el que ahora tiene más de ochenta años-, era ya tarde. Su hermana se hizo perfecto cargo de que iba a ser una caminata dura para el pequeño. Estuvo todo el tiempo pendiente de que no decayera. Jugaba a marcar el paso con él. Le distraía. Su madre también los distraía: cantaba zarzuelas. De la que más se acuerda es de aquella que decía: “Ay, ay, ay qué trabajo nos manda el Señor: levantarse y volverse a agachar…”, también “Vale más un labrador con fajones y alpargatas que la serranía con todo su terciopelo” y “Las mocitas de Talavera son niñas de cara bonita y limpias de corazón”. Pero la que más le gustaba a él era la canción de los pajaritos. Y le pedía a su madre que la cantara una y otra vez. Es una canción en la que los distintos pájaros van a escuchar la predicación de San Antonio. Le gustaban los pájaros. Buscar nidos era lo más divertido para los chicos del pueblo.
        El se daba cuenta de todo lo que estaba sucediendo, de la razón por la que hacían ese viaje. Pero, como su hermana y su madre iban así, él fue del mismo modo, tan feliz.
        ¿No es maravilloso?
        Valvanera

        Por: Valvanera Andrés el 13/07/2011
        a las 10:20

      • Es ni más ni menos que la continuación de “La vida es bella”. La película acaba cuando el hijo y la madre se reencontraron y, de fondo, se oye al niño que habla, ya mayor, de la entereza y la generosidad de su padre. Pero no se nos cuenta lo sucedió en medio, primero de todo cuando se reencontraron en el camino, saliendo a pie -ella- del campo de concentración. Quizá mantuvo la alegría del niño de una forma parecida a esta madre de Quero.
        Sólo que esto sucedió de verdad.
        jag

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 10:24

      • Bueno, pues acabo.
        En aquel viaje de Alcázar de San Juan a Quero se fue haciendo de noche. Era entre noviembre y diciembre y hacía frío. Estaba nublado y llovía. Así que aquella noche no se veían las estrellas. En un momento dado, oyeron que se acercaba un tren. Saltaron los tres al terraplén. El tren hizo un estruendo al pasar y pudo ver hombres que alimentaban de carbonilla la caldera. Y saltaban algunos pedazos cerca de ellos. Una vez pasó la máquina aprovecharon las ascuas encendidas para calentarse un poco.
        No recuerda que se le hicera el viaje insoportable. Tampoco lo recuerdan de él su madre y su hermana. Si preguntó en algún momento si llegaba ya, su hermana le entretuvo con un: “Detrás de esa colina está el pueblo”. Y si volvía a preguntar le señala otra y así iban avanzando. Hasta que llegaron a Quero. Era de noche y aún les esperaban despiertos en casa. Él se fue enseguida a su cama. Y luego le dijeron que había dormido dos días seguidos. Pero piensa que exageraron.
        Sus primos no le creían cuando les contó que había caminado tanto. Pero a partir de aquello sus tíos le ponían de ejemplo de hombría cuando alguno se quejaba de algo: “Mirad a Julían que no se quejó en su viaje a pie desde Alcázar”.
        Él fue fuerte, como lo era su hermana y como era su madre. Su madre era una mujer extraordinaria, entera. No consiguió acercarse a Madrid porque después de discutirlo con su cuñado en Alcázar tampoco encontró manera de resolver su propósito una vez volvió al pueblo. Para entonces ya se había dado cuenta de que Madrid debía ser algo más grande y más complejo de lo que ella calculaba. Todo el mundo, la familia de Quero, le disuadía de su plan de búsqueda de su marido. Le hicieron entender que estaba muerto. Y desde entonces asumió la pérdida de su marido.
        Aún después de la guerra se mantuvieron ajenos a resquemores y críticas. El que había sido cura del pueblo antes de la guerra, había salvado la vida, acogiéndose en casas de particulares. A su vuelta encontró que mucha gente que había sufrido deseaba el mal a los del bando contrario. Él iba visitando a las familias castigadas durante la dominación comunista, la suya, para alentarles a olvidar. A él le encantaba participar en estas conversaciones de la familia con el sacerdote. En realidad, le gustaba enterarse de qué hablaban los mayores. Pero esto siempre, fuera lo que fuera el asunto que trataban. Su madre le decía al cura que ella perdonaba pero que también pedía justicia.
        A partir de aquellas visitas en él nació la idea de ser como aquel sacerdote que difundía el Bien. Así que con nueve años le dijo a su madre que él también quería ser sacerdote. La madre simuló no hacerle mucho caso… pero poco tiempo después le preguntó si seguía con aquella idea.
        Hablaron con el sacerdote, quien recomendó al chico que empezara a ir diariamente a misa. Debía tener 10 años. Con la vuelta de la población que había emigrado en la guerra, se reanudaron las celebraciones religiosas. Él hizo la primera comunión. El sacerdote, don Salvador, le preguntaba, de vez en cuando, si seguía con la idea de hacerse sacerdote. “Sí”, contestaba él. Entonces supo aquel hombre que en Madrid se ofrecía la portería de algunas casas a las viudas de la guerra. Y pensó que era la forma de traerse a la familia a Madrid.
        Luego supo de unas becas para vocaciones sacerdotales. Los destinaban al seminario de Comillas, Santander. A ella se acogió Julián, cuando tenía 11 años. No tenía conocimientos de ningún tipo. Tampoco religiosos. Aunque sí tenía prácticas de piedad. Sabía el padrenuestro y poco más. Se acuerda de la primera vez que lo recitó él solo. Su madre acostumbraba a desvestirle cuando se iba a acostar rezando el padrenuestro. Como era pequeño ella le decía la primera frase y esperaba a que él la repitiera. Una noche, cambiándose, llamaron a la madre y esta le dejo solo: “Continúa desvistiéndote y termina el padrenuestro”. Y cuando volvió se aseguró de que se había desnudado bien y también le preguntó: “¿Rezaste?” Y como él asintió, ella quiso asegurarse de que lo había recitado bien. “A ver, ¿Qué has rezado?” Y él empezó: “Padre nuestro” y otra vez “Padre nuestro” y en la siguiente frase “que estás en el Cielo” y se repetía el mismo a sí mismo: “que estás en el Cielo”… Entonces la madre le enseñó a rezarlo de seguido. Durante la guerra rezaban por padre, y después, por padre y por quiénes habían matado a padre.
        La muerte del padre era ajena a juicios y odios o rencores. En el 41 la madre fue llamada para ir a reconocer a su marido en el foso común. Fue imposible. Aquello era todo trapos imposibles de identificar. Volvió a casa diciendo que no había podido ver nada. Salvo aquella vez, no se volvió a hablar de Paracuellos. Si se hablaba de la guerra y de recuerdos de la familia entonces cuidaban de no caer en la tristeza o el odio. “Eso está olvidado”, decía la madre, “Tenemos que perdonar porque somos cristianos”. Él no ha participado después en homenajes ni concentraciones para recordar aquello. Sí ha oficiado alguna vez allí, pero nunca para recordar un pasado doloroso. Su padre era recordado en las oraciones y en sus misas diarias. Su hermana y él fueron respetuosos con aquel olvido como lo había hecho su madre.
        Su madre ha sido para él su modelo de vida. Recuerda que en el pueblo lloraba mucho, por la desaparición de su padre. Y recuerda que le desconcertaban los profundos suspiros que oía en su casa. Los sábados solían hacer una limpieza un poco más profunda de la casa del pueblo. Con frecuencia pagaban a alguna vecina para que las ayudara. Lo llamaban: “hacer sábado”. Él las oía trajinar, salir y entrar de las habitaciones. En alguna ocasión escuchaba un: “Ay, Jesús!” en un cuarto y en otro otra lamentación. Se levantaba a ver qué ocurría. “¿Pasa algo?” Y su tía le sonreía: “No. Es que las mujeres hacemos mucho eso”.
        Con su corta edad comprendía que era el único hombre de la casa. Con él vivían la abuela, la madre, su tía, su hermana y sus dos primos. El más pequeño había nacido comenzada la guerra. Era casi un bebé.
        La familia continuó sacando adelante el trabajo de las tierras. Aclara, de nuevo, que no pasaron hambre. Tenían además un gallinero. Con frecuencia los comunistas entraban en la casa para registrarla, por si los prisioneros de la familia habían escondido algo, o por si retenían alimentos sin conocimiento de la Intendencia. Ponían a todos contra la pared y comenzaban a levantar muebles y rajaban los colchones. Se solían despedir con un: “Nos llevamos una gallineja para cenar”.
        Fuera de la casa pero dentro de la familia, tenía un tío de 13 años. Se juntaban los dos para ir a trabajar al campo. Regaban por inundación. Hacían primero una era y luego abrían las compuertas de los canales para que se inundara. Así obtenían patatas, zanahorias y judías. Cuando se trataba de escardar una plantación o de recolectar, entonces se juntaban todos los que podían del pueblo. Hacían pan, tenían patatas, judías y gallinas para comer. Al comenzar la guerra tenían dos pares de mulas: la Capitana, la Coronela, la Generala y no recuerda el nombre de la cuarta. Tenían también una galera, además de un carro. La galera es un medio de transporte de mercancía con mayor capacidad que el carro. Si el carro tiene dos barras para uncir las mulas, la galera tiene una lanza, para atar a ella dos mulas, una a cada lado de la lanza. El carro tendía a llevar mucha hierba o mucha mercancía, de madera que con cierta frecuencia volcaba. Una vez su madre guiaba las mulas, tirando de un carro que había llenado mucho. Los niños se habían acomodado encima de todo. Ya casi entrando en el pueblo el carro topó con un bache y cayó toda la mercancía y los chicos con ella. Recuerda sangrar de la nariz por haberse dado un buen golpe con algo (trata de describir ese algo pero no se termina de hacer entender). Su madre volvió a cargarlo y entraron al pueblo. No pasó nada grave.
        Quero era una población con 105 familias al comenzar la guerra. Se calculaba que vivían allí unas 800 personas. Junto al pueblo había una laguna que se llenaba con las lluvias. Era una laguna asentada sobre salitre que dejaba a sus márgenes la sal arrastrada. Tenía en su interior una isla que se llenaba de nidos de pájaros. Allí se encontraban en paz. La mejor aventura era adentrarse arremangados en el lago y alcanzar la isla. Al volver a casa tenían que asegurarse de llegar con la ropa seca. Pero aún así las madres se daban cuenta de que habían estado en la laguna y los regañaban. Él no entendía cómo podían adivinar que había ido allí, si estaban secos.
        Antes de irse de casa, su padre le había fabricado un carro de arrastrar pequeño, como de hortelano. Allí metía a su primo con uno y con dos años. Y aunque él tenía 6 ó 7 las mujeres confiaban de su cuidado del primo. En el pueblo se hacía un estupendo charco cuando llovía. Una vez quiso atravesarlo con el carro y el primito en él metido. Pero plena travesía se topó con un obstáculo que debía haber dentro. Y volcó el carro y el bebé cayó en el barro. Aquel niño no llegaba a tener dos años. Y lloró desconsolado. Pero Julián le rogó: “No llores, que me regañarán”. Y el chiquito empezó a esforzarse por atajar los hipidos y sorberse los mocos. No sabía aún ni andar. Pero demostró una asombrosa hombría. Cuando llegaron a casa las mujeres notaron que el menor había caído: “¿Qué ha pasado?”, a lo que contestó Julián: “Que se ha caído”. “Pero si no sabe andar”, entonces aclaro un poco más: “Se ha caído en un charco mientras lo llevaba en el carrito”. Ahora su primo es abuelo y también recuerda divertido aquellos juegos: “Quién se hiciera con aquél carrito para jugar con los nietos”.
        Pero la principal diversión, para Julián y los chicos del pueblo eran los pájaros, como ya dijimos. Los controlaban. Quién más nidos conociera mayor admiración tenía de los demás. Sabían que si tocaban los nidos y sobre todo, las crías, estas podían ser rechazadas por los padres, que abandonaban el nido al oler peligro.
        Eran niños-niño y niños-hombre cuando se trataba de cuidar de los suyos. Una de aquellas noches de registro, vino otra partida de milicianos a inspeccionar, habiendo pasado otro grupo poco antes. La abuela salió a recibirles: “Ya habéis estado aquí”. “Y se han llevado una gallina”. De ahí pasó a reconocer a alguno de los milicianos y comenzó a entretenerse preguntando por la familia de ellos y por lo conocidos. Entonces él, Julián, con el primo, se arrastró hasta sus faldas, tratando de no llamar mucho la atención. Y le tiró del vestido, mientras le susurraba: “Cállese ya, abuela, que les va a animar a entrar”.
        Como le insisto en dar algún nombre de los milicianos, algún recuerdo doloroso, se esfuerza en recordar algún detalle de cierta alegría en casa por la mala suerte de algún miliciano. Fue cuando descolgaron las campanas del pueblo y se empeñaron en destruirlas. Era un sonido querido en el pueblo y escuchado desde Alcázar, como homenaje a la convecinidad. Las bajaron para fundirlas y hacer munición. Pero quisieron enviarlas a Madrid ya deshechas. Y aquello fue un trabajo hercúleo. Se empeñaron en golpearlas con grandes mazos. Y era raro oir, de nuevo, aquel bello repicar, ahora convertido en queja. Pero sólo a una de ellas lograron quitarle el “vibrar” (¿?) y partirla en pedazos. Uno de los trozos dañó a un miliciano en una pierna. Cuando lo supieron en el pueblo, se oyó comentar, sigilosamente, que había sido un castigo del cielo.
        Y esa fue mi conversación con él.
        Valvanera

        Por: Valvanera Andrés el 13/07/2011
        a las 10:32

      • ¡Qué bien has reconstruido todo; alguna de las cosas que cuentas ya se me habían olvidado!
        Te matizo algunas cosas que yo entendí con ligeras diferencias,
        Un beso,
        Mari Trini
        En la guerra hicieron prisioneros a todos los hombres del pueblo.
        Creo que a esta frase le sobra la palabra todos, ya que él se refería a lo que cuentas más abajo, los comunistas encerraron a los de derechas.

        hasta que Julián se fue al seminario, con once años.
        Esto se lo volví a preguntar yo, no era a esa edad sino cuando ya adulto y todavía debía estar en el seminario, su madre consideró que ya era suficientemente responsable.

        Pero la tía Juana había despedido a su marido estando ella embarazada. Julián veía que su panza era cada vez mayor.
        Aquí 2 COSAS:
        Al marido de la tía Juana también se lo llevaron y lo encarcelaron cuando ella estaba embarazada. Tiempo después volvió (me imagino yo que cuando acabó la guerra)

        dicho Misa alguna vez, allí,
        Yo entendí que le invitaron a decir misa allí, pero que él siguiendo el criterio de su madre de perdonar y olvidar no aceptó la invitación (aunque si pidió interiormente por ellos en misas por él celebradas).

        Mt

        Por: Mari Trini el 13/07/2011
        a las 10:37

  8. Bueno, pues acabo de llamarle para confirmar si volvió o no volvió después de la guerra a Paracuellos. Y me ha aclarado que no es que no volviera, es que nunca fue a aquel pueblo. No lo conoce.
    Eso tienes que corregirlo, como me indicaba Trini, en mi versión. ¡Qué bien que viniera esta testigo fenomenal! y eso que, como el hombre habla despacio y claro, me dió tiempo a tomar nota de lo que iba contando. Pero en esto de Paracuellos le entendí mal. ¡Puf!
    ¿Sería yo capaz de no buscar el lugar dónde mataron a mi padre? ¿Querría más la paz que la justicia?
    Qué paz tan sobrecogedora, tan imponente.
    Me dice que cuando esté publicado, le avisemos,
    Valvanera

    Por: Valvanera Andres el 13/07/2011
    a las 17:36

    Responder

    • oye, pues dile que lo lea ya en el blog; así corrige lo que pueda estar mal, si hay algo.
      jag

      Por: joseandresgallego el 13/07/2011
      a las 17:38

      Responder

      • Ey, un comentario demasiado ligero dónde quien relata pregunta si hubo “republicanos para todo, para matar niños y para jugar con niños”, o algo así. Me suena muy fuerte. Siendo el tono de todo el relato e intervenciones muy amable, supongo que se ha hecho sin caer mucho en la cuenta del significado de la cuestión y de que se pueden herir sensibilidades y, en general, sería injustamente. Por supuesto que no niego los crímenes, pero hemos quedado que para recordarlos ya están los otros miles de blogs y demás foros sobre la guerra. Así que, no nos despistemos, ni aún con las bromas. Sigamos con este homenaje a la Humanidad en la guerra.

        Por: valvanera36 el 25/07/2011
        a las 19:42

      • Cierto. Lo tendré en cuenta.

        Por: joseandresgallego el 31/07/2011
        a las 16:18

      • Todo está bien. No me gusta que se haya colado, en un momento dado, esa frase sobre que hubo ¨republicanos que mataron niños y los que no¨. Es un comentario que compara la historia de este niño con vivencias de otros niños que sobrevivieron a peor suerte. Sin saber a qué otros niños no referimos no tiene sentido esa frase. Pero, bueno, espero que no decaiga por eso el tono positivo de la anécdota.
        Del relato aquí contado me encanta la Infancia como estado del alma, la candidez de un hombre de 80 años, que aún recuerda cómo los suyos protegieron su niñez y como él hizo lo posible por estar a la altura de las circunstancias, con 6 años. Se pierden vds, los lectores, la parsimonia al hablar del protagonista y unos ojos oscuros, que como piedras minerales brillan, y que facilitan ver al niño que fue.

        Por: valvanera36 el 31/07/2011
        a las 15:07

      • Quise rizar el rizo al contar al revés la historia de don Julián y creo que hubiera sido mejor contarla por el orden en que se desarrolló. Pero lo hecho, hecho está.
        Espero el informe sobre el cuestionario del Archivo de La Pasa.

        Por: joseandresgallego el 31/07/2011
        a las 16:17

  9. Me escribe una de mis informadoras:

    “Hola,
    “Ayer estuve con Maruja pero no tenía la cabeza para recordar, el viernes la operan del otro ojo en Pamplona (cataratas).
    “Pero estuvimos acordándonos las dos un poco de la historia y, bueno, he quedado con ella. Me gustaría grabarla para sacar la historia con sus palabras exactas (la emoción ya la explicaré yo, si es de recibo). Lo que sí se acordó fue de la historia de la mili de su hermano Pepe. Empezó voluntario y (por conocidos) se quedó en Soria, de conductor del mando que lo instó a quedarse. Me contó la tía algo así como que un día aparecieron en Navaleno y ella salió a saludarlo. Él iba con el cochazo del militar pero… el coche iba lleno de sangre. Por lo visto mi abuelo (tu padre) tuvo la desgracia de ver como fusilaban a otras personas, allí en Soria. Es fácil que conociera a alguna de ellas. ¡Qué dura tuvo que ser esa guerra! Cualquier cosa que nos cuenten es poco. Según la tía, eso motivó que, en cuanto le tocó a su reemplazo (sus quintos), marchara con él.
    “En cuanto a otras historias, la cosa es más complicada de lo que esperaba. La gente, a pesar de los años, sigue muy conectada con la tristeza, el dolor y la impotencia que supuso esa guerra. Sea del bando que sea, incluso los que nunca fueron de ningún bando…
    “Pero sigo buscando. Es lo bueno de este trabajo, conozco mucha gente mayor y de diferentes lugares.
    “Al hilo, te mando una información de Soria que me ha llegado.
    “Sigo en ello. Te iré contando.
    “Un abrazo!!
    “Itxaso”

    No te preocupes; ya verás cómo, al final, cuando te cuenten lo malo, verás tú misma algo bueno y podrás tirar de ese hilo. En cuanto a “Pepe”, una de dos: o fue voluntario, como dices al principio, o fue luego con su quinta. Pues bien, fue voluntario. Ya verás: los de “derechas” (algunos, parientes suyos y, probablemente, todos amigos) lo cogieron -no sé si de noche o de día- y lo llevaron en camioneta a Soria con los demás de izquierdas del pueblo. No los mataron, felizmente. Al menos, no me lo dijo la única vez que me contó esta historia y no he oído nunca hablar de que mataran a nadie allí.
    Pero es que, en su caso -el de Pepe-, cuando decidieron hacer lo que fuere con los de la camioneta, él ya no iba en ella. Cuando pasaron por delante del Gobierno civil, se tiró, entró como una exhalación, subió las escaleras de cuatro en cuatro, abrió la puerta del despacho de un capitán de la Guardia civil, creo recordar, al que acompañaba a cazar en el pueblo, se cuadró y le dijo “A sus órdenes, mi capitán”. El guardia civl le respondió “Así me gusta, Pepe, así me gusta” y lo hizo voluntario del Ejército Nacional.
    Sólo me lo contó una vez, ya muy mayor.
    Antes me había contado que fue al frente y que disparaba al aire porque no le cabía en la cabeza matar a nadie. Pero lo hirieron a él en un brazo. No sé si fue antes o después cuando debieron buscar un chófer para el comandante (creo que era comandante) y, como conducía muy bien, lo eligieron a él y no tuvo que tirar más tiros.
    Eso sí me lo contó varias veces. Lo de la sangre no. Sí me contó también que, yendo en el coche, un día, vio un cadáver en la cuneta y le hizo tal impresión que, al regresar, dio una vuelta de cuarenta kilómetros para no pasar otra vez por allí.
    Y el caso es que, en la guerra, demostró una valentía enorme; lo condecoraron por salvar una compañía de Artillería entera… y de los de derechas!, con quienes tuvo que hacer la guerra.
    Luego, en 1942, lo acusaron formalmente de afiliación al PSOE y propaganda de esas ideas; pero no lo procesaron. No sé si se quedaron atónitos al recibir, por una parte, ese informe (de la Guardia civil del pueblo) y, por otro, ver lo de la salvación de la compañía… nacional. El informe lo he encontrado en un archivo estatal.
    Besos, ppppppppppppppppp


Responses

  1. entre yo a trabajar en una enpresa de articulos de descanso de hambito nacional con 17 años escuche una historia del fundador de la enpresa. en el 1936 en madrid amediado 1936 la empresa siguio con su producion llegaron unos señores preguntando por el dueño de la empresa.y digeron que no estaba alli que habia huido pero no hera asin le colocaron un mono y se puso a trabajar, no tenia que ser malo del todo .por cierto a todos sus empleados los ayudo mientra vivio y no se olvido nunca de ellos

    • Muchísimas gracias. ¿Sería posible conocer el nombre de la empresa o el apellido del fundador o su familia?


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