Posteado por: joseandresgallego | 12/11/2011

Entre asesinar o salvar en nombre de Dios: Aquella blasfemia…

ZS11111003 – 10-11-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40867?l=spanish

MADRID, jueves 27 octubre 2011 (ZENIT.org).- De nuevo en De la otra memoria, el historiador José Andrés-Gallego ofrece una historia de humanidad en medio de la barbarie irracional que estalla en los conflictos armados. Con modos poco ortodoxos, un buen cura rural salvó unas cuantas vidas en su pueblo.

*****

En el pasado mes de octubre, se celebraron unas jornadas sobre Los mártires del siglo XX en la Conferencia Episcopal Española. Las primeras ponencias se centraron en una idea capital: la de que fue una época de martirio para cristianos de las más variopintas confesiones. El profesor Roccucci –de una de las universidades romanas- abrió boca con el recuerdo de lo ocurrido en Rusia entre 1917 y 1939 y otro profesor no menos romano ni menos prestigioso –Fidel González- no dudó en evocar a los portugueses que fueron víctimas propiamente religiosas en la persecución que comenzó tras la revolución de 1910 y a los cristeros mexicanos asesinados en los años veinte. Y ésas no son más que unas pocas muestras. Quien se quiera asomar a la magnitud de ese hecho hallará una buena ventana en el libro de Andrea Riccardi El siglo de los mártires (Plaza & Janés, 2001).

Lo que a mí me correspondió fue explicar la relación que pudo haber entre todo ese enorme conjunto y lo sucedido en España entre 1936 y 1939. Y eso fue lo que me propuse. Para un historiador –la verdad sea dicha- no es tarea difícil. Hay multitud de estudios sobre la historia de las explicaciones que se daban en esos mismos días para justificar o, al menos, disculpar la violencia. En España, tuvieron importancia especial las mismas que en el resto de Occidente; sobre todo estas dos: una, la idea de que la religión es el opio del pueblo; la otra, que “el Estado burgués” se apoya en el Ejército y la Iglesia como pilares principales y es preciso, por tanto, destruir uno y otra si se quiere lograr la libertad universal.

En España, no tuvieron un peso semejante, en cambio, las ideas racistas de exterminio. Pero, como contrapartida, hubo quienes mataron a otros en el nombre de Dios, y no sólo en defensa propia o de terceros. En la retaguardia de los dos bandos, hubo demasiados cobardes que no se jugaron la vida en el frente, sino que se armaron para matar a quienes no estaban armados. Y –algunos- incluso se atrevieron a invocar el nombre de Dios. Esta sección, ya sé, no ha nacido para recordar ese hecho. Pero, en estos días, un campesino de Castilla a quien conozco de hace mucho me ha hecho llegar una historia que me conmueve enormemente, y eso por el protagonista –el cura de su pueblo- y por el empleo que hizo, en 1936, del nombre de Dios. Les pido que la acepten con la serenidad y la comprensión con que la escuchó hace ahora una semana un cardenal de la Iglesia en Roma, adonde tuve que ir en esos días.

El pueblo es Rioseco –uno de tantos pueblos que, en España, se llaman “Rioseco”-; también allí llegaron los “valientes” de retaguardia y mataron a dos vecinos que se consideraban del otro bando. El asesinato causó estupor en la comarca; uno de ellos era un zapatero ambulante, conocido y querido en todo el entorno. Su muerte fue el revulsivo que sirvió para que la gente de aquellos pueblos tomase conciencia de que el horror de la guerra había llegado, al cabo, hasta allí.

También tomó conciencia del horror el cura de Rioseco, que era un joven fornido, grande y fuerte, además de mañoso. Iba a cazar con los vecinos y pasaba por ser de los mejores, si es que no era el mejor. Tenía una escopeta que parecía milagrosa. Todo obliga a pensar que sintió la más santa (y aguda) de las iras al enterarse de lo que había ocurrido.

Al cabo de unos días, los “valientes” se presentaron nuevamente en Rioseco, a buscar gente que no fuese muy “ortodoxa”, aunque no se declarase de izquierdas. El campesino que lo cuenta lo relaciona con su propio padre y la media docena de jóvenes que no iban a misa. El cura, que lo supo, armó la escopeta; salió a buscar a los “valientes”; se plantó frente a ellos; les apuntó con el arma y les dijo: “Me c… en Dios que no os lleváis ni a uno más”. No se llevaron ni uno más.

Quizás en otro artículo busque un ejemplo semejante del otro bando. Ahora déjenme que guarde silencio. Lo merece aquel cura (y, sobre todo, Dios).

blog: joseandresgallego.wordpress.com

www.joseandresgallego.com

 


Responses

  1. De info-comentarios@zenit.org, me reenvían este mensaje:

    Estimada redacción de Zenit:

    Lo primero, quiero darles las gracias por su servicio a la Iglesia.

    Sobre el artículo referido, no me parece bien que reproduzcan un texto
    donde un sacerdote dijo una blasfemia (según se sobreentiende por los
    puntos suspensivos).

    Gracias.

    • Querido amigo:
      permítame llamarle así. Soy el autor del artículo publicado en Zenit. No tengo la menor duda de que aquello fue, formalmente, una blasfemia y, constitutivamente, un acto (formalmente brutal) de caridad, en el que una persona hizo saber a unos asesinos hasta dónde estaba dispuesto a llegar para salvar a aquella gente. No es que estuviese dispuesto a llegar a la blasfemia. Probablemente, en ese momento tensísimo y extremo, “soltó” -en el sentido más estricto de la palabra- lo que podía ser más disuasor para los “valientes” que tenía delante, no olvide que armados igual que él.
      Y no olvide tampoco, se lo ruego, que una cosa es la acción libre que uno decide llevar a cabo (en este caso, salvar a unas personas) y otra los medios que brindan al sujeto de esa acción libre sus propios hábitos. El comportamiento “habitual” -por hábitos- no requiere decisión; nos viene dado por nuestra propia mente. Pienso que aquel cura pudo actuar por eso como actuó. Quiso disuadir a aquella gente y soltó lo más convincente de lo que “se le ocurrió” por el simple hecho de compartir cultura -hábitos- con los demás españoles.
      Teniendo en cuenta que la blasfemia estaba entonces gravemente penada -por lo civil y lo penal, aparte lo canónico- por las autoridades militares del bando nacional, aquel cura se puso en manos de aquellos asesinos, que podrían haberle denunciado. Sin entrar en el asunto de los famosos curas nacionalistas vascos (que, según el testimonio de su obispo, no lo eran en la mayoría de los casos y que, como sabe, fueron fusilados por soldados nacionales), sólo conozco un cura que fuese fusilado -también por nacionales- como fruto de una de esas denuncias, y no por blasfemar, sino -a lo que parece- por defender un inmueble de la parroquia cuyos frutos empleaba para ayudar a los pobres, pero cuya propiedad deseaba otra persona. Espero a que se publique el estudio que, al parecer, lo ha puesto en claro (como fruto de un recuerdo mío, de niño) para pronunciarme sobre ello. Se lo cuento como prueba de que aquel cura “blasfemo” no sólo “blasfemó”, sino que arriesgó su vida por los que no iban a misa. Me parece ejemplar. Entiendo perfectamente que hiera la sensibilidad de cualquier buen cristiano. De lo que dudo es de que no sea bueno que se sepa que había curas que llegaron hasta ahí por salvar a sus “peores” feligreses y que hay cristianos -cuya sensibilidad también queda herida- que entendemos que importa más la intención y lo que se logró. Llevamos mucho tiempo sabiendo de noticias de curas que -dicen- hicieron lo contrario.
      Siento, de verdad, haberle molestado y, como le digo, lo comprendo perfectamente. Medí, además, la posibilidad de que sucediera. Pero me decidió el bien que podía hacer a otras personas. No podía asegurarme, claro, de que ocurriese así.
      Un saludo muy cordial,

      Jose Andrés-Gallego

  2. Una duda sin mucha relevancia: Es blasfemia maldecir o insultar a Dios no siendo consciente de hacerlo?? Es blasfemia maldecir o insultar a Dios siendo consciente de que se pretende con ello amedrentar y no, realmente, blasfemar?

    • No es una blasfemia, está claro. No querría complicar las cosas; pero siempre recordaré a aquel requeté al que, cuando hice el servicio militar y me asombré de las blasfemias que oía y se lo dije, me respondió, sin más explicaciones, que era eso mismo lo que ocurría entre ellos -en el tercio de requetés- durante la guerra, “Y mira que sabíamos a lo que íbamos”, añadió. Le entendí sin lugar a dudas que sabían que iban a jugarse la vida por la fe y que, no obstante, muchos de ellos blasfemaban.

  3. Es obvio que imaginarse a un cura con el hábito encarándose ya de por sí infundiría respeto a, seguramente, cuatro jovencillos armados pero, si además acompaña esa presencia con una blasfemia (posiblemente intencionada), saldrían de ahí “escopetaos”. No sólo un historiador tiene que contarlo, también nosotros tenemos derecho a saber hasta dónde fué capaz de llegar un sacerdote para salvar vidas.
    ¡¡Muy bonita historia!!

  4. Esta historia es la q más me ha gustado. Ahora, que yo a este cura no le cuento mis pecados… Es broma. Aquella blasfemia me parece una muestra más de la humanidad q derrochaba aquel hombre. Es una historia preciosa.

  5. ‘Que el árbol no oculte el bosque’. Me parece destacar la seriedad del historiador, que sabiendo que ciertas expresiones pueden herir la sensibilidad moral, – y no quiero desmerecer la inelterabilidad de los valores morales – no cejó en presentar la historia tal cual, y en lo que hay que centrarse no tanto en la vida del agustino, sino en los acontecimientos que rodearon su vida, de los cuales nos deben servir para sacar nuestras conclusiones históricas y morales, por lo que felicito a su autor por respetar el ajuste histórico de los hechos.


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