Posteado por: joseandresgallego | 14/04/2012

DONDE JAG CUMPLE EL DESEO DE MIGUEL DE QUE LE EXPLIQUE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Lo sucedido con el fruto del árbol que da el discernimiento entre el bien y el mal, ¿hay que entenderlo como desobediencia? Sí, claro; lo que no está tan claro es que se trate de desobediencia a una orden. Dios ¿avisa u ordena cuando dice que no comamos de esa fruta?

A lo mejor, en Dios, avisar y ordenar es lo mismo; vale; pero el asunto importa porque de ello depende que la muerte la conlleve el discernimiento o sea la pena añadida a la desobediencia. Una cosa es que nos prohíba algo bajo pena de muerte y otra que nos avise e incluso que nos prohíba algo porque conlleva, en sí mismo, la muerte.

Por otro lado, ¿en qué se opone vivir alimentados de la vida a discernir entre el bien y el mal?

El asunto podría entenderse si se ahornaran los “trascendentales” a Dios como puro acto de ser y, en ese caso, no sólo hay que pensar que existir, conocer y amar son mutuamente “convertibles”, sino que es “eso” lo que es Dios: puro acto de existir que es puro acto de amar y puro acto de conocer. Si esa equivalencia (casi diría sinonimia) se ha de entender de manera extremadamente recia, profunda, radical –tal vez ilimitadamente radical- en Dios, en tal caso crear otro ser distinto de Dios en quien fuera también lo mismo el puro existir, el puro conocer y el puro amar, equivaldría a crear otro Dios y ese “desdoblamiento” ya sucede en Dios mismo, en el hijo único que engendra como Dios (el propio Dios que resulta de ese modo que es padre); la Santísima Trinidad en que “consiste” Dios descarta, por lo tanto, esa opción (la de crear otro Dios).

Lo descarta (atención) porque eso ya sucede y no puede suceder de otro modo. Si Dios es puro acto de amor, es pura donación y, por tanto, su ser consiste en darse de tal modo que suscite (engendre) su propia alteridad, que, sin embargo, como se da totalmente, es totalmente Dios.

Eso es en lo que consiste engendrar a Dios Hijo, de manera que se puede decir que, en el origen que es él mismo, Dios desecha desde luego el dualismo pero también y, por lo mismo, el “trialismo” a que podríamos reducirlo si, por insistir en que es Trino, relegásemos que es uno. Ser Uno y Trino es la realidad indisociable y no tiene sentido ni contemplarlo solo y sencillamente como Uno ni contemplarlo aparte o solamente como Trino.

Eso por una parte. Por otra, no parece que podamos decir que no sabemos cómo engendra Dios Padre a Dios Hijo. Él mismo se lo dio a entender a los judíos de los tiempos en que se encarnó en María la Virgen. Y se lo dio a entender de forma muy asequible.

Que lo diera a entender de un modo muy asequible quiere decir, sin duda, que “los cubrió con su sombra”. También a ellos les dio sombra, en el sentido de que los defendió de sí mismo, del deslumbramiento en que habría consistido una revelación total del propio Dios. Deslumbramiento que nos habría aniquilado, creo yo. (La traducción castellana de la Encarnación –la “cubrió con su sombra”- es demasiado fuerte; la palabra griega que se usa es el verbo “sombrear”, no “cubrir con sombra”; lo que ocurre es que, en castellano, no usamos ese verbo, salvo en el participicio o adjetivo “sombreado”. En francés y en italiano sí que lo hay. En catalán, no sé. Pero seguro que sí.)

No significa, pues, que la “sombra” de Dios actúa, sino que Dios pone a la sombra de su propia luz a aquel a quien se manifiesta (o sea que se oculta lo imprescindible para que tengamos claro que está ahí y actúa, pero sin deslumbrarnos-o-sea-aniquilarnos); por eso, creo, guió a los judíos por el desierto “cubierto” por una nube.

Por tanto, darnos una explicación asequible de sí mismo quiere decir explicarse sin mostrarse del todo, a fin de protegernos de su propia infinitud (y, por tanto, de aniquilarnos en el intento de conocer –con capacidad limitada como es la humana- al que es ilimitado).

Es, pues, una explicación asequible, la que nos da. Pero no se me pasa por la cabeza tampoco que esa explicación tan asequible que nos da a entender no sea total y absolutamente veraz aun en su mero carácter de destello de luz.

Lo que nos da a entender es que el Hijo es su palabra y que para expresar esa palabra se sirve de su aliento. Lo cual quiere decir que se explica a sí mismo como vida, que es lo que es de manera radical. Por eso mismo, puro acto, pura acción, puro aliento –aliento de vida- o sea vida que, como vida, alienta. Y, sólo así, es aliento como aliento que alienta (aunque parezca redundante).

Y el aliento que procede de Dios también es Dios porque se da completamente en ese aliento.

Su aliento consiste en darse enteramente porque consiste en amar (si se quiere, aliento de amor o, mejor, amor vivo y real que, como tal –como vivo- alienta).

Y, claro, si se da enteramente en el aliento, ese aliento significa –es “palabra”-; palabra que, como es amorosa constitutivamente, da –significa- exhaustivamente al Dios que la pronuncia. Por eso es también Dios.

Lo diré de otro modo:

Creo recordar que san Ireneo se rió de que algunas personas de su tiempo –finales del siglo II- concibiesen a Dios como pronunciación real de una palabra. Supongo que lo que le hizo sonreír fue deducir que, para ellos, eso quiere decir que Dios es respiración, o sea puro acto de respirar que aprovecha el aire de los pulmones que no tiene para modular la palabra que dice y que es Dios.

Bien, es como para reírse, desde luego. Pero san Ireneo tuvo que pensar que, ciertamente, si Dios es Vida y esa Vida alienta, se trata de un aliento que Dios mismo modula como significado (o sea alienta de tal modo que ese aliento es puro acto de expresarse; por ello, “palabra”).

El quid no está, por tanto, en saber cómo es palabra, sino en saber cómo es aliento. Habiendo aliento, se comprende que haya palabra. Nosotros pronunciamos palabras sonoras gracias a nuestro aliento, cuando espiramos.

Ahora bien, todo eso queda en una nonada si se admite que lo que alienta, expresa y vive no es aire de pulmones que no existen, sino amor. Puro acto de amor. Puro amar. Así, sí se comprende que Dios se me haga asequible como quien es la misma Vida –vida sin límite-, y justo de ese modo, inmutable; inmutablemente infinita de manera que lo que no muda en Él jamás es también la carencia de límite o el rechazo de cualquier forma de descanso -de detención- de la pura acción que es. Una acción y una vida que es amor y que “respira”, por lo tanto, amor como análogamente cada uno de nosotros toma y expulsa el aire. Él -como amor que respira- no lo expulsa, sino que lo es. Sólo que ser amor es dar amor. No puede ser de otra manera. Exhala de continuo amor que expresa y, por lo mismo, no expresa sino amor. Es puro Amén –dice también San Juan-, pura y total sabiduría, puro acto de saber que dice Amén.

No me digas que no lo entiendes…

Ahora bien, si todo eso es así, es Dios mismo el discernimiento. En sentido real y fuerte.
Piensa ahora en los dos árboles.


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