Posteado por: joseandresgallego | 12/11/2011

Entre asesinar o salvar en nombre de Dios: Aquella blasfemia…

ZS11111003 – 10-11-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40867?l=spanish

MADRID, jueves 27 octubre 2011 (ZENIT.org).- De nuevo en De la otra memoria, el historiador José Andrés-Gallego ofrece una historia de humanidad en medio de la barbarie irracional que estalla en los conflictos armados. Con modos poco ortodoxos, un buen cura rural salvó unas cuantas vidas en su pueblo.

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En el pasado mes de octubre, se celebraron unas jornadas sobre Los mártires del siglo XX en la Conferencia Episcopal Española. Las primeras ponencias se centraron en una idea capital: la de que fue una época de martirio para cristianos de las más variopintas confesiones. El profesor Roccucci –de una de las universidades romanas- abrió boca con el recuerdo de lo ocurrido en Rusia entre 1917 y 1939 y otro profesor no menos romano ni menos prestigioso –Fidel González- no dudó en evocar a los portugueses que fueron víctimas propiamente religiosas en la persecución que comenzó tras la revolución de 1910 y a los cristeros mexicanos asesinados en los años veinte. Y ésas no son más que unas pocas muestras. Quien se quiera asomar a la magnitud de ese hecho hallará una buena ventana en el libro de Andrea Riccardi El siglo de los mártires (Plaza & Janés, 2001).

Lo que a mí me correspondió fue explicar la relación que pudo haber entre todo ese enorme conjunto y lo sucedido en España entre 1936 y 1939. Y eso fue lo que me propuse. Para un historiador –la verdad sea dicha- no es tarea difícil. Hay multitud de estudios sobre la historia de las explicaciones que se daban en esos mismos días para justificar o, al menos, disculpar la violencia. En España, tuvieron importancia especial las mismas que en el resto de Occidente; sobre todo estas dos: una, la idea de que la religión es el opio del pueblo; la otra, que “el Estado burgués” se apoya en el Ejército y la Iglesia como pilares principales y es preciso, por tanto, destruir uno y otra si se quiere lograr la libertad universal.

En España, no tuvieron un peso semejante, en cambio, las ideas racistas de exterminio. Pero, como contrapartida, hubo quienes mataron a otros en el nombre de Dios, y no sólo en defensa propia o de terceros. En la retaguardia de los dos bandos, hubo demasiados cobardes que no se jugaron la vida en el frente, sino que se armaron para matar a quienes no estaban armados. Y –algunos- incluso se atrevieron a invocar el nombre de Dios. Esta sección, ya sé, no ha nacido para recordar ese hecho. Pero, en estos días, un campesino de Castilla a quien conozco de hace mucho me ha hecho llegar una historia que me conmueve enormemente, y eso por el protagonista –el cura de su pueblo- y por el empleo que hizo, en 1936, del nombre de Dios. Les pido que la acepten con la serenidad y la comprensión con que la escuchó hace ahora una semana un cardenal de la Iglesia en Roma, adonde tuve que ir en esos días.

El pueblo es Rioseco –uno de tantos pueblos que, en España, se llaman “Rioseco”-; también allí llegaron los “valientes” de retaguardia y mataron a dos vecinos que se consideraban del otro bando. El asesinato causó estupor en la comarca; uno de ellos era un zapatero ambulante, conocido y querido en todo el entorno. Su muerte fue el revulsivo que sirvió para que la gente de aquellos pueblos tomase conciencia de que el horror de la guerra había llegado, al cabo, hasta allí.

También tomó conciencia del horror el cura de Rioseco, que era un joven fornido, grande y fuerte, además de mañoso. Iba a cazar con los vecinos y pasaba por ser de los mejores, si es que no era el mejor. Tenía una escopeta que parecía milagrosa. Todo obliga a pensar que sintió la más santa (y aguda) de las iras al enterarse de lo que había ocurrido.

Al cabo de unos días, los “valientes” se presentaron nuevamente en Rioseco, a buscar gente que no fuese muy “ortodoxa”, aunque no se declarase de izquierdas. El campesino que lo cuenta lo relaciona con su propio padre y la media docena de jóvenes que no iban a misa. El cura, que lo supo, armó la escopeta; salió a buscar a los “valientes”; se plantó frente a ellos; les apuntó con el arma y les dijo: “Me c… en Dios que no os lleváis ni a uno más”. No se llevaron ni uno más.

Quizás en otro artículo busque un ejemplo semejante del otro bando. Ahora déjenme que guarde silencio. Lo merece aquel cura (y, sobre todo, Dios).

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Por un error, he incluido un artículo que no es el que apareció en Zenit la semana pasada. Ahí va. Cambio el que había puesto por éste y reanudo los relatos.

ZS11102701 – 27-10-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40771?l=spanish

Por José Andrés-Gallego

MADRID, jueves 27 octubre 2011 (ZENIT.org).- De nuevo en De la otra memoria, el historiador José Andrés-Gallego ofrece una historia de humanidad en medio de la barbarie que se desencadena en los conflictos armados. El buen hacer de un sacerdote educador y caritativo en la guerra de España de 1936-39 le salvó la vida porque antes se había ganado el respeto y la estimación de sus vecinos.

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El artículo anterior (“Sagunto y la frustración del mal absoluto”) ha tenido cierta repercusión y estoy a la espera de comprobar los datos que me piden. Mientras tanto, copio (del otro bando) y esta vez cito nombres y apellidos, puesto que así me lo permite quien ha incluido el relato en el blog (joseandresgallego.wordpress.com):

“El que suscribe, Enrique Berenguer León, nació en Madrid el 8 de agosto de 1938. Mis padres vivían aquellos días de guerra en el primer piso de la calle Narváez 19 y mi madre, Antonia León Crespo, me dio a luz en la habitación que hace el chaflán con la calle Duque de Sesto (el edificio está tal cual actualmente). Vivían también en aquel piso el sacerdote diocesano don Fernando Palatín Martínez, tutor de la familia de mi madre, huérfana de padre desde muy joven, mi padre, don Enrique Berenguer Pérez y mis hermanos mayores, Daniel y Fernando.

“El reverendo don Fernando había trasladado a sus pupilos (mi abuela, y sus hijos: una chica –mi madre– y dos adolescentes varones -mis tíos-) desde Sevilla (ciudad natal de todos ellos) a Madrid, donde fundó un colegio titulado “Sagrado Corazón de Jesús”, para niños y niñas, como medio de subsistencia de toda la familia. La fecha no la sé, pero, unos años después, el 24 de septiembre de 1931 contrajeron matrimonio canónico y civil mis padres. (El tiempo de noviazgo tampoco lo sé, pero creo que fue breve; ambos tenían 29 años el día de la boda).

“El 18 de julio de 1936 vivían todos en el colegio, que constaba de dos chalets comunicados interiormente, con tres pisos cada uno, en la misma calle Narváez, pero el nº 18 (frente por frente a mi casa natal). Tras la inevitable incautación del colegio por la FAI, los anarquistas instalaron allí un “Ateneo Libertario”. Mi madre me contó el sufrimiento de la familia al ver cómo, en los primeros días, tiraron por las ventanas los pupitres y los enseres de las clases.

“Conocí de sobra a don Fernando Palatín (murió en el colegio restaurado, cuando yo tenía nueves años, en 1947), y recuerdo que años más tarde me vino la pregunta que no podía faltar. Tras oír relatos de tantos asesinatos de sacerdotes, pregunté a mi madre: Mamá, ¿cómo es que no mataron a Don Fernando? Mi madre me dijo:

“Sí, al principio de la guerra se presentaron en el portal del edificio unos cuantos milicianos armados y desde el pie de la escalera (no debían conocer el piso en que vivía mi familia) empezaron a gritar: ¡Que baje don Fernando, que baje don Fernando!
Y ocurrió lo inesperado. Empezaron a abrirse las puertas de los vecinos de al lado y de arriba y las amas de casa, con gran entereza, contestaron con voces y con tono similar: ¡De ninguna manera, a don Fernando no se lo llevan ustedes!

“Mi madre me aclaró que, como director del colegio, había facilitado económicamente el acceso a la enseñanza a familias con carencias de recursos. Cosa que era conocida en el barrio y envalentonó a las mujeres del edificio a salir en su defensa.

“Mi madre me dijo que los milicianos se fueron. Y lo que es más admirable no volvieron más, estando los edificios de mi casa y el del Ateneo [Libertario] frente por frente”.

“Me parece es un “Testimonio de Bondad” en el que se reconoció la generosa atención de aquel sacerdote para con los pobres, no solo por las valientes vecinas, sino también por los mismos milicianos”.

Por la copia, José Andrés-Gallego

                                                                                                        www.joseandresgallego.com.

Posteado por: joseandresgallego | 21/10/2011

De la otra memoria italiana, ¿un espléndido “contagio”?

Puede que no sea así; pero el título que se ha dado en Zenit al artículo que copio a continuación me hace pensar que, a lo mejor, quiere ser una “ampliación” a Italia de lo que se propone en esta sección. Si es así, claro que me alegro muchísimo.

José Andrés-Gallego

ZS11101809 – 18-10-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40703?l=spanish

LA OTRA MEMORIA ITALIANA: ESCONDIDOS EN UN CONVENTO

Los héroes desconocidos que salvaron a los perseguidos

ROMA, martes 18 de octubre de 2011 (ZENIT.org).- El pasado 16 de octubre se recordó en Roma la incursión que los nazis hicieron en el gueto judío. Una acción bárbara e inhumana.

Eran las cinco y media de una mañana lluviosa, el 16 de octubre de 1943, cuando los nazis entraron por la fuerza en las viviendas para deportar a hombres, niños, mujeres y ancianos.

Hicieron prisioneros a más de mil judíos, destinados junto a muchos otros en Europa a ser eliminados.

Pero justo cuando los nazis, cegados por el odio racial, estaban poniendo en práctica la “solución final”, cuando parecía que el destino estaba marcado para los judíos, miles de héroes desconocidos arriesgaron sus propias vidas, las de sus cónyuges, sus hermanos y hermanas para salvar a los perseguidos.

A pesar de las divisiones marcadas por las leyes raciales y el riesgo de perder la vida, las puertas de las iglesias y de los conventos, colegios y universidades pontificias se abrieron para acogerlos y protegerlos como a hermanos. Historias conmovedoras y desgarradoras, muchas de las cuales todavía no aparecen en los libros de historia.

El árbol de la vida duramente herido por las ofensas de la guerra, por las divisiones políticas y por la intolerancia racial, continuó siendo alimentado por la valentía y por la caridad de millares de personas. Gracias a las indicaciones precisas impartidas por el pontífice Pío XII, la obra de asistencia de las instituciones eclesiásticas fue inmensa.

Según el historiador Emilio Pinchas Lapide, entonces cónsul de Israel en Milán, “la Santa Sede, los nuncios y la Iglesia católica han salvado de una muerte cierta de 700.000 a 850.000 judíos”.

Y Luciano Tas, representante autorizado de la comunidad judía de Roma escribió en Historia de los judíos italianos que “centenares de conventos, después de la orden impartida en este sentido por el Vaticano, acogieron a judíos, miles de sacerdotes los ayudaron, prelados con altos cargos organizaron una red clandestina para la distribución de documentos falsos,…”.

La obra de protección de la Iglesia está ampliamente testificada por el alto porcentaje de católicos que han recibido la medalla de Justos entre las Naciones.

El Yad Vashem, el organismo nacional para la memoria de la Shoah, instituido en 1953 para recordar a los Justos entre las Naciones, que arriesgaron sus vidas para ayudar a los judíos durante el Holocausto, contaba al final de 2010 con 23.788 Justos entre las Naciones.

La gran mayoría de estos Justos es católica, destacable es también el gran número de miembros del clero, entre los que se cuentan cardenales, obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, muchos de los cuales perdieron la vida para salvar a los judíos.

Liana Millu, superviviente de Auschwitz recordó que en aquellos años de guerra, “los hombres mostraron lo mejor y lo peor de sí mismos”.

El mal perpetrado fue tan grande que muchos dudaron de la presencia de Dios.

Pero como explicó san Pablo, “Dios nunca estuvo ausente, incluso cuando la gente adoró a los ídolos”. Sabemos, de hecho, que frente a tantos males, hubo mucho bien. La sangre y los sufrimientos de cada uno de los héroes desconocidos salvaron la humanidad.

Se descubre así que el sentimiento de caridad, el amor a los demás, sobre todo a los más débiles y perseguidos, es un acto que consigue derrotar incluso a la muerte.

Este es el motivo por el que el sufrimiento puede estar lleno de significado. Con respecto a esto cabe destacar las historias de Odoardo Focherini y Mafalda Pavia.

Odoardo Focherini muerto a los 37 años de edad, no era un superhéroe. Padre de 7 hijos, director de la Acción Católica y administrador del Avvenire de Italia, salvó a 105 judíos de la deportación, pero fue capturado por los alemanes y llevado a Hersbruck donde murió el 27 de diciembre de 1944.

En su última carta escribió: “A mis siete hijos… quisiera volver a verlos antes de morir. Sin embargo acepta, oh Señor, este sacrificio y cuidalos tú, junto a mi mujer, a mis padres, a todos mis seres queridos. Declaro morir en la más pura fe católica apostólica romana y en la plena sumisión a la voluntad de Dios, ofreciendo mi vida en holocausto por mi diócesis, por la Acción Católica, por el Papa y por la vuelta de la paz al mundo. Os ruego que le digáis a mi mujer que le soy siempre fiel, que me he acordado mucho de ella y que la he amado inmensamente”.

Mafalda Pavia, una doctora de fe judía, docente libre universitaria en la Clínica Pediátrica, fue salvada por san Juan Calabria, que la escondió en el noviciado de las Pobres Siervas de la Divina Providencia de Roncà en la provincia de Verona.

En un libro de cartas enviadas a san Juan Calabria, la doctora Pavia escribió: “Jesús el hermano sublime se ha ofrecido a nuestro pueblo”.

“Sublime este judío que se ofreció en holocausto por todos los pecados de los hombres… este Hombre que parece morir cada año, cada día, cada minuto por la maldad de todos, de ayer, de hoy, de mañana… este Hombre que parece resucitar cada instante para darnos la dulcísima esperanza del perdón divino”.

Las historias de Odoardo Focherini y de Mafalda Pavia son ejemplos de cómo en una lucha desigual, el bien puede vencer sobre el mal, y como donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

Por Antonio Gaspari

[Traducción del italiano por Carmen Álvarez]

Posteado por: joseandresgallego | 06/10/2011

SAGUNTO Y LA FRUSTRACIÓN DEL MAL ABSOLUTO

En el artículo anterior de esta sección de Zenit, les comenté que había asistido en Munster a un seminario sobre la represión en la guerra civil española y que me  sorprendió que se empleara en él el concepto de “mal absoluto”. Uno estaba seguro de que el mal absoluto ni existe ni puede existir. Es metafísica y ontológicamente imposible. El mal es –siempre- relativo. Y lo paradójico es que esa “relación” suya es, necesariamente, relación con el bien. Comprendo que esta última idea haga zozobrar a más de uno (y eso, precisamente, entre la gente bondadosa). Si la existencia del bien es requisito para que exista el mal, a lo mejor se arregla todo sin hacer el bien (ni tampoco el mal, claro).

El problema es que nadie -absolutamente nadie- puede vivir tomando decisiones que no sean buenas ni malas, y eso a lo largo de tres años (que fue lo que duró la última guerra española). Es imposible hasta el extremo de que no hay forma de encontrar un caso de alguien que, por lo menos, lo intentase. Lo que intentaban en 1936-1939, en España, los de ambos bandos, era ganar la guerra. Para unos y otros, el bien era vencer. Y unos y otros sabían que, para lograrlo, tenían que derrotar (hacer el mal) a los contrarios. El bien dependía del mal y viceversa.

¿Y si no se conformaban con vencer y lo que querían era llegar más lejos y exterminarse mutuamente? Para que eso sea posible, es necesario que todos los militantes del bando que lo intenta sean unánimes en el deseo de exterminar al otro. Si no se da esa unanimidad, siempre podrá haber alguien que haga lo que esté en su mano para impedir el exterminio. Pondré un ejemplo. Durante unas semanas de la guerra civil española, la ciudad valenciana de Sagunto se convirtió en tierra de nadie. Los nacionales la asediaban por el norte y los republicanos la defendían desde el sur. Y hubo momentos en que no fue de unos ni de otros. Cuando unos lograban entrar en ella, conseguían los otros rechazarlos y obligarlos a abandonarla. Pero no podían quedarse porque, enseguida, sucedía lo contrario. En una de esas, apareció un camión, se detuvo en el centro de la ciudad y todo el mundo se dio cuenta de que eran milicianos –anarquistas concretamente- los que iban en él. Había una diferencia tan grande entre los uniformes de uno y de otro ejército, que no hacía falta preguntar. Se bajaron y comenzaron a gritar que hacían falta más soldados para impedir que los nacionales entraran en la ciudad. La apelación dio resultados y comenzaron a presentarse voluntarios (por supuesto, de izquierdas). Entre ellos, dos muchachos de 15 y 18 años muy conocidos por la militancia izquierdista de toda la familia. Subieron a la caja del camión, dispuestos a ir al frente, y hete aquí que, de pronto, apareció una mujer de la casa vecina a la suya, quien, con gran energía, ordenó a los dos chicos que se bajasen de inmediato. Y ellos -perplejos- la obedecieron. La perplejidad se comprende. Era la abuela de una familia de derechas, a la que unos anarquistas ya le habían matado al marido y a un hijo. Vivían junto a ellos, en un azagador de Sagunto al que sólo daban (y dan) tres casas: las de esas dos familias enemistadas desde siempre (casi el mal absoluto) y la de otra familia que era también de izquierdas, pero que endulzaba la vida elaborando turrón.

Es sorprendente desde luego que los dos jóvenes de izquierdas hicieran caso a la mujer de una familia odiada, de derechas, que les daba la orden insólita de bajar del camión que iba a llevarles a defender su propia causa (la de “izquierdas”). Pero la psique humana es así. A veces, percibimos algo que no sabemos explicar y que nos lleva, sin embargo, a obedecer a verdaderos despropósitos. Tiene que ver, seguramente, con los gestos, más que con las palabras. Pero dejo la explicación a los psicólogos, que saben, de esas cosas, mucho más que este historiador.

Hubo, además, otro hecho curioso, y es que los del camión no protestaron ni arremetieron contra aquella mujer. Arrancaron y desaparecieron del lugar. Fue entonces cuando la odiada vecina de derechas hizo llamar –por persona interpuesta- a los padres de los muchachos –sus enemigos de izquierdas- y les dijo que se había fijado en que los que acababan de marchar llevaban botas del Ejército Nacional. Estaba segura de que eran “nacionales” disfrazados de “milicianos”. Pensaba que habían ido a reclutar gentes de izquierdas, pero no era para llevarlos a defender Sagunto, sino para matarlos.

Comprenderán ustedes que, con mujeres del temple de esa viuda saguntina a la que le habían matado al marido y a un hijo y no quería que ocurriera lo mismo a sus vecinos (y enemigos), no hay manera de exterminar a los contrarios y lograr el mal absoluto.

Usted puede decir que esa historia (real) solo demuestra que hay gente buena en todas partes, pero que el exterminio es cosa de los jefes y que los jefes son los que tienen el poder (de exterminar, entre otras cosas) con mayor eficacia que una viuda con buenos sentimientos que solo salva a un par de jóvenes.

A eso replicaría (i) que salvar a dos jóvenes basta para que el mal no sea absoluto; (ii) que la eficacia numérica dependerá del número de personas que actúen de esa manera y (iii) que esta sección es fruto de una evidencia de años, como he dicho desde el principio: la de que, en todos y cada uno de los relatos que he leído o que he escuchado sobre la represión en la guerra civil, aparecen acciones buenas (casi todas las veces, además, eficaces); por tanto, no hablo de una excepción, sino de una de las muchas variedades en que el bien se hizo realidad.

Aun así y todo, recojo el guante y hablaré –Dios mediante- de los jefes. Pero, antes, les invito a demostrarme –con sus propios relatos- que hubo mal absoluto (de izquierdas o derechas). Este blog está a su disposición.

José ANDRÉS-GALLEGO

blog: joseandresgallego.wordpress.com

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Publicado en ZS11100606 – 06-10-2011
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Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

EL BIEN DE UN JUEZ SOCIALISTA Y EL DE UN FRAILE

Publicado el 22 de septiembre de 2011 en http://www.zenit.org/article-40467?l=spanish

EL BIEN DE UN JUEZ SOCIALISTA Y EL DE UN FRAILE

Hace catorce días, en esta misma sección de ZENIT, quise probar la afirmación de que no se puede contar el mal sin contar asimismo con el bien y que eso tiene que ver con todo. También con la guerra civil española de 1936-1939. Pues bien, fue como si nos hubieran oído (o leído). No pude adivinar que, ese mismo día, iba a escuchar en Munster exactamente lo contrario: que las guerras del siglo XX han puesto de relieve la existencia del mal absoluto y que eso está detrás del afán de exigir justicia contra quienes lo hicieron.
La reunión tenía lugar en la Westfälische Wilhelms-Universität, en el Seminario de Historia Medieval y Moderna de la Iglesia que dirige el profesor Wolf. No era lugar para el oportunismo ni el afán de medro. Se emplearon argumentos importantes y me propongo planteármelos como hipótesis. La primera comprobación, ciertamente, es la que se deduce del artículo anterior de esta sección de ZENIT. Y creo francamente que el resultado es negativo: no hay manera de contar el mal sin contar con el bien. Así que el mal, si es absoluto, no se deja contar como absoluto.

¿Y el bien? Tampoco. Hay –también- que asumirlo. Copio el relato de una de las personas que han acudido a esta llamada (a la que sigue abierto –y crece- el blog joseandresgallego.wordpress.com): Nieves San Martín. Recuerden que se trata de probar que el mal se mezcla –siempre- con el bien y que, si es que es así, es así como se ha de contar y recordar la historia. Toda la historia.

Nieves San Martín nos relata la historia de un un primo hermano de su padre: Luis San Martín Adeva, miembro del Partido Socialista Obrero Español (como lo era su esposa, la psicopedagoga y doctora en derecho Matilde Huici Navaz); Luis San Martín era juez del Tribunal Tutelar de Menores de Madrid cuando estalló la guerra. Era católico y socialista, además de republicano, y hacía cuanto podía en favor de los niños que vivían en medios que podían llevarles a la delincuencia. Había llegado a crear un taller de asistencia social para menores a fin de dar un paso más en esa línea y no quedarse en quejas. El periodista Antonio Vidal (en el Heraldo de Madrid del 3 de enero de 1934) había llegado a concluir que aquel “prestigioso y joven abogado” infundía en esas tareas “todas sus nobles ideas de juventud, dándoles un vivo calor de emoción fraterna y un efectivo sello de amor a la humanidad infantil”. Hacía, en suma, el bien.

Al estallar la guerra, el mal tomó otras formas y, por lo mismo, el bien. Luis San Martín se dedicó salvar a la gente que pudo, entre los amenazados de muerte en Madrid. Le apoyaba su esposa, Matilde Huici, que también era abogada y, además, feminista. Una de las maneras eficaces de salvar gente era llevarla a las oficinas del propio Tribunal Tutelar de Menores, donde, en definitiva, era Luis quien daba órdenes. Recogía allí a esas personas y buscaba pensiones de Madrid donde las aceptasen (y dieran garantías de respetarlas) o se las confiaba a familias amigas. A ser posible, les proporcionaba un salvoconducto y, de ese modo, podían arriesgarse a ir a la calle. Así salvaron la vida, entre otros, varios religiosos “amigonianos” –congregación de capuchinos terciarios-, entre ellos el hermano Francisco Tomás Serer y el superior de la comunidad que había en Carabanchel, José Subiela Balaguer. A Subiela, lo sometieron sin embargo a juicio, ante un Tribunal Popular, y Luis San Martín no dudó en prestar testimonio. Probablemente, él mismo se ofreció a elevar un informe al juez especial del juzgado número 1 del Tribunal de Espionaje; ese juez especial (que, por lo visto, también estaba abierto al bien) lo aceptó y cumplió el formalismo de solicitarle justamente un informe. En él, San Martín dejó escrito que conocía al padre Subiela porque, al incorporarse al Tribunal de Madrid (mayo de 1933), se encontró con que el religioso dirigía el Laboratorio de Psicología Experimental del Reformatorio de Menores de Carabanchel Bajo y pudo comprobar “el celo e inteligencia de dicho director en el ejercicio de su función, su criterio liberal en el trato con los menores, desconociendo su filiación política y sin que al exponente haya llegado noticia alguna de actividad contraria al régimen”. Así lo hacía saber y se ponía “a disposición de ese Juzgado de su cargo para las ampliaciones que se estimen convenientes”. Subiela se había mantenido como encargado del laboratorio ya iniciada la guerra, hasta agosto de 1936. En estas fechas, se impuso el cambio del personal del establecimiento y se acogió al amparo de Luis San Martín.

El otro capuchino que citábamos -el hermano Francisco Tomás Serer- también tenía razones para que se le viera como un hombre de bien: contaba 24 años; se había ordenado en 1934 y, en el verano de 1935, había hecho un viaje de estudios por Francia y Bélgica para dar solidez científica a los métodos pedagógicos de la congregación, a la vez que iniciaba la carrera de medicina en la Universidad Central de Madrid. En su caso, pudo salir del Tribunal Tutelar de Menores hacia una casa cuyos vecinos lo acogieron. También estaban dispuestos a cobijar al superior de la comunidad, el padre Bienvenido María de Dos Hermanas. Pero Francisco Tomás llegó antes a la casa; tanto, que empezó a preocuparse por Bienvenido y optó por salir en su busca. Al amanecer del día siguiente, 3 de agosto, hallaron su cadáver –el de Francisco Tomás- junto a las tapias del Reformatorio del Príncipe de Asturias, en Madrid. Había salido a hacer el bien y se había encontrado con el mal.

Puestos a hacer el bien, el papa Juan Pablo II lo beatificó el 11 de marzo de 2001 junto a otros 232 mártires más.

No veo forma de separar el bien del mal ni de que, por lo tanto, el bien o el mal sean absolutos.

José Andrés-Gallego (que copió el testimonio de Nieves San Martín)
blog: joseandresgallego.wordpress.com
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Nota: Lo relativo a la relación del matrimonio San Martín-Huici con los amigonianos consta en el libro de Tomás Roca Chust, Historia de la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores (1968-2011, 7 volúmenes). Hay –al menos- dos biografías de Matilde Huici (cuyo título empieza con su nombre, lógicamente), donde se habla también de Luis San Martín: la de Ángel García Sanz (Universidad Pública de Navarra, 2010) y la de la propia Nieves San Martín (Narcea, 2009).

Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

¿DOS ACTOS DE GENEROSIDAD HEROICA?

Publicado en ZS11090810 – 08-09-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40313?l=spanish

¿DOS ACTOS DE GENEROSIDAD HEROICA?

El paréntesis de las vacaciones me ha permitido hacer balance de la primera etapa de esta sección de Zenit, “De la otra memoria”. No han sido muchos días, pero los suficientes para sacar alguna conclusión. Ya saben que se trata, simplemente, de recordar que, en la guerra civil española de 1936-1939, no sólo hubo horror. Hubo también bondad. Y, sin tenerla en cuenta, no se puede entender la propia guerra ni el horror, que hubiera sido aún mucho mayor.

No es asunto de consolarse según el dicho hispano: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Tampoco es moralina. Es algo más profundo: a priori, no se puede aceptar que la maldad sea más eficaz que la bondad y que, por tanto, los historiadores sólo deban hablar de aquélla. Basta la sumaria metafísica que uno estudió en su día –como todos los españoles que llegaban a la enseñanza secundaria- para concluir que el mal en sí no existe. Paradójicamente, para que exista el mal, tiene que existir el bien. En realidad, el mal sólo puede existir en el bien (aunque la magnitud de aquél sea tal, que tape la de éste).

Supongo que, por eso, me ha ocurrido lo que ya dije en el primer artículo de esta sección de Zenit: que, cada vez que leo el relato de un drama concreto –ocurrido realmente durante la guerra civil española-, advierto que quien habla incluye –siempre- referencias a acciones buenas, que forman parte de esa historia y que tiene que relatar para que esa historia se entienda. Y, sin embargo, se diría que no les da importancia.

Pues bien, esta primera etapa de esta sección de Zenit brinda la posibilidad de someter a prueba esa afirmación metafísica. En estos meses, ha surgido una iniciativa –entre otras- que se diría pensada para probar exactamente lo contrario. Los responsables de un importante grupo editorial han lanzado una página en la que se publican entrevistas con personas que sufrieron horrores o que conocen bien los horrores que otros sufrieron. Todo tipo de personas: de izquierdas y derechas.

Esto último importa mucho porque no es lo habitual. La mayoría de las publicaciones –con diferencia- son de un lado o de otro y, en consecuencia, suelen tener un aire maniqueo, por más que sus autores no lo intenten. En este caso, no es así. Y eso honra el intento. Nos sirve, por lo pronto, para poner a prueba nuestra tesis en relatos de las dos zonas, redactados con un estilo semejante.

No puedo hablar de todos ellos, claro. Pero empiezo por el primero, sin más: sin elegir el que cuadre mejor con mi tesis. Se trata del relato del fusilamiento de un testigo de Jehová que se negó a jurar lealtad a la bandera y a tomar las armas cuando lo llamaron a filas, en agosto de 1937. Era radicalmente pacifista y creía ofender a Dios si disparaba contra otro, aunque fuese en defensa propia o para defender a terceros. Se podrá discutir este criterio. Pero ésa era su convicción y fue coherente con ella hasta dejarse matar. Lo encarcelaron; escapó; lo cogieron cerca de la frontera con Francia; fue sometido a un consejo de guerra, como sucede en esos casos; lo condenaron a muerte, lo fusilaron y debieron llevar el cadáver a la fosa común del camposanto de Jaca, la ciudad aragonesa. El juez correspondiente no pudo asegurar esto último y lo hizo constar así.

La narradora glosa esto con la siguiente frase: fue “el primer insumiso por el movimiento que se opuso al servicio militar obligatorio” (se deduce que en todo el mundo). Y explica de este modo que el juez no dijese dónde estaba enterrado: “La España católica, apostólica y romana prefería ocultar la existencia de un individuo que, además de desertor, era un apóstata”. Al parecer, se niega –tácitamente- que el juez ignorase dónde lo enterraron. Por otra parte, ese juez es –aquí- “la España católica”.

Vamos ahora a lo nuestro. Se dice que aquel panadero de 19 años se negó a tomar las armas y a jurar lealtad a la bandera, que huyó y, por tanto, desertó, y se desprende que fue eso lo que lo llevó ante un consejo de guerra. Pero hete aquí que se añade que los militares que lo formaban le dieron a elegir entre luchar o morir fusilado. Asombroso. Cualquier persona que sepa rudimentos de derecho de guerra –de cualquier país y de cualquier momento de la historia- sabe lo extraño de esa oferta. Es incluso posible que aquellos militares arriesgaran su propia suerte al no aplicar, sin más, la pena máxima, como ordenaba el reglamento para cualquiera de los tres delitos.

La narradora añade que, a un amigo de la víctima, también testigo de Jehová, le ocurrió algo parecido. Pero era hombre casado y, “cuando estaba ante el pelotón de fusilamiento –explica-, su esposa se echó a los pies del capitán del pelotón para rogarle que le dejara marchar; que su marido había perdido la cabeza con la Biblia”.

Asombroso otra vez: una mujer que se mueve entre los militares sin aparente dificultad –hasta el punto de aproximarse (físicamente) a un pelotón de ejecución- y un capitán que incumple la orden que le han dado –ajusticiar al reo, por sentencia firme de un consejo de guerra- sin que le importe cometer, de esa forma, un delito de enorme gravedad, que podría acarrearle a él mismo la muerte: “dejó marchar” a un condenado a la pena capital. Es difícil hallar una actitud más generosa en gentes de guerra.

Sólo la encuentro –en la página de que hablo- en la séptima entrevista. Se trata de una militante del partido socialista que pasó la guerra en Madrid. El hambre llegó a ser espantosa. “Me levantaba a las cinco para ponerme a la cola y conseguir comida -cuenta-, pero, cuando llegaba, no había nada”. Un día vio a joven líder comunista “que siempre iba cargado con grandes bolsas”. Y fue testigo –añade- de cómo se las entregaba a los curas. “Con tal desesperación fui hacia él, le cogí de las solapas y le dije: ‘Si tu padre te viera, te fusilaba’. Le estaban quitando la comida a la gente del Frente para dársela a los curas. ¡Mi marido estaba en el Frente!”

Esto aún asombra más que aquello de los testigos de Jehová: un comunista preocupado por alimentar a “los curas”. Naturalmente, no puedo asegurar la veracidad de ambos relatos. Me limito a concluir que es verdad lo que suponía: no hay forma de narrar el horror sin contar con el bien.

José Andrés-Gallego

Por: joseandresgallego el 09/09/2011
a las 19:27

Responder

Jose, ¿por qué no has puesto el nombre de ese joven comunista?

    Eneko

Por: Eneko el 24/09/2011
a las 11:23

Responder

Porque quiero evitar polémicas. Era Santiago Carrillo, según la persona que lo cuenta. Lo que me gustaría es que se pronunciase Santiago Carrillo en persona sobre la veracidad y sobre las razones de actuar así, si es que es verdad (como desearía, la verdad)… Pero no sé cómo hacérselo llegar.
Besos, pppppppppppppp

Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

LA CONTINUACIÓN DE “LA VIDA ES BELLA” DE BEGNINI (II)

  1. Publicado en Zenit: ZS11072801 – 28-07-2011
    Permalink: http://www.zenit.org/article-40038?l=spanish
    La continuación de “La vida es bella”, de Benigni (II)

    Historia de un niño que aprendió a perdonar a quienes mataron a su padre

    MADRID, jueves 28 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores una nueva entrega de la serie La otra memoria con la que ZENIT está sacando a la luz actos de bondad en la guerra civil española que ayuden verdaderamente a la reconciliación y la paz.

    El historiador José Andrés Gallego continúa contando la historia uno de los testimonios que han llegado a su blog: el de un niño que aprendió a perdonar a quienes mataron a su padre (ver http://www.zenit.org/article-39921?l=spanish).

    * * * * *

    Quizá recuerden que, en la entrega anterior, hablábamos de un niño cuya historia real podía servir de continuación para “La vida es bella”, la película de Benigni. En la película, la madre se encontró con su hijo cuando caminaba con las demás reclusas que habían sobrevivido en el campo de concentración. Caminaban con dejadez, no se sabe hacia dónde. Podía correr el año 1944 ó 1945. En cambio, la madre de aquel niño del pueblo de Quero, en La Mancha española, a cuyo padre fusilaron en Paracuellos en 1936, nunca se había separado de sus hijos. Pero a Quero llegó un rumor que llevaba esperanza. Se decía que algunos fusilados en Paracuellos sobrevivían a las balas y había gente del pueblo que los recogía y llevaba a sus casas e intentaba curarlos. Y a la mujer se le pasó por la cabeza la posibilidad de que su esposo fuera uno de los salvados.

    No lo podía comprobar. Noticias como ésa no se daban en los periódicos. Y resulta que Paracuellos dista de Quero unos ciento cincuenta kilómetros. Así que no se le ocurrió sino ponerse en camino con los hijos, a buscar al marido. Son locuras que sólo pueden explicarse por amor. Sabía cómo llegar a Madrid. Quero está a unos quince kilómetros de Alcázar de San Juan, que era ya un nudo ferroviario importante. Desde Alcázar, en tren, llegaría a la capital y, a partir de ahí, habría que saber dónde quedaba Paracuellos y, en Paracuellos, en qué lugar podía refugiarse su marido, si es que había sobrevivido.

    Pero eso lo abordaría en su momento. Como primera providencia, hizo un ato con pan y alguna cosa más y echó a andar con los hijos a la estación de Quero, que debía quedar entonces a dos o tres kilómetros. Se subieron a un tren de mercancías y se plantaron en Alcázar. No pudieron pasar de allí. El jefe de estación se lo impidió. Le dijo –con razón- que aquello era una locura, entre otras cosas porque la aviación del bando contrario bombardeaba a veces los trenes, si creían que podían llevar soldados o armas. Y no le dejó continuar.

    La mujer y los niños tuvieron que regresar a Quero. Pero no había tren que los llevara y no tuvieron más remedio que echar a andar por la vía del tren. Y es justo en ese punto donde las dos historias coinciden. La de Benigni se detiene ahí, cuando la madre, en el camino, al encontrar al hijo, parece olvidar el dolor de la probable muerte del esposo y desborda alegría. Begnini no nos cuenta qué sucedió después: cuando tuvieron que reemprender la marcha, a pie, para llegar a algún lugar donde pudieran refugiarse, y cómo pudo soportarlo aquel niño de pocos años. En la realidad de la madre de don Julián –el cura del barrio del Pilar, un niño entonces, de seis años-, sí sabemos cómo se las arreglaron su hija –de ocho años- y ella para rebosar alegría que contagiase al niño y le hiciese capaz de andar quince o veinte kilómetros para volver a Quero. Hicieron lo que había hecho el padre de la película de Begnini al convertir el cautiverio en el campo de concentración en un juego infantil para que su hijo sobreviviera. La hermana de Julián empezó a simular que desfilaban a paso militar; Julián entró en el juego y desfilaron mucho rato, junto a los raíles del tren, divertidos de ser soldados en la imaginación. Y, cuando la fatiga apareció, la madre dio en cantar lo que a Julián solía gustarle: zarzuelas. La condición de madre que tenía que sacar del atolladero a sus hijos se sobrepuso a su tremendo dolor de esposa y a la angustia por la vida de su marido.

    Setenta y cinco años después, al contarlo, don Julián centra de nuevo la atención en aquello con le distrajeron entonces. La pieza de zarzuela de la que más se acuerda –de aquellas que le cantó su madre- es la que dice: “Ay, ay, ay, qué trabajos nos manda el Señor: levantarse y volverse a agachar…”. También, de aquella otra de “Vale más un labrador con fajones y alpargatas que la serranía con todo su terciopelo”. Y “Las mocitas de Talavera son niñas de cara bonita y limpias de corazón”. Pero la que más le gustaba era la canción de los pajaritos. Y le pedía a su madre que la cantara una y otra vez. Es una canción en la que los distintos pájaros van a escuchar a san Antonio, que predica. A Julián, le gustaban los pájaros. Buscar nidos era lo más divertido para los chicos de Quero, comenta.

    Aquel día, era plenamente consciente de lo que sucedía en aquella jornada, de la razón por la que hacían ese viaje e incluso de la intención de distraerle de su hermana y su madre. Pero, como su hermana y su madre iban así –rebosando alegría (comiéndose la pena), él fue del mismo modo, tan feliz. Recuerda que el cielo estaba encapotado y que llovía; que era a finales del otoño, cuando los días son más cortos, y que se echó la noche encima y, con la noche, el frío; que tuvieron que saltar al terraplén cuando oyeron que se acercaba un tren; que se calentaron un poco con las ascuas de carbonilla que arrojaba al pasar… Pero no recuerda que se le hiciera el viaje insoportable. Llegó un momento en el que preguntó cuándo llegaban y su hermana le respondió: “Detrás de esa colina está el pueblo”. No le añadió que entre pueblo y colina había otras colinas; de manera que la respuesta le sirvió para algunas más. Llegaron a Quero y se fue enseguida a la cama. Le dijeron, después, que había dormido dos días seguidos. Pero piensa que exageraron.

    La madre hizo aún algo más cuando perdió toda esperanza de que su marido viviera: les dijo que aquello había pasado y que, por tanto, no había que darle vueltas. Había, simplemente, que rezar y hacer el bien. Ellos dos –su hermana y Julián- dedujeron que su madre preferiría que no se hablase nunca más de llegar hasta Paracuellos. Setenta y cinco años después, don Julián no conoce el lugar, por respeto a su madre. Ha podido poner y ha puesto, eso sí, a su padre en la patena unas veinte mil veces. Calculo que más. Tantas como misas ha dicho desde el día en que se ordenó.

    José Andrés-Gallego, con información de Valvanera Andrés Urtasun

    https://joseandresgallego.wordpress.com

    Por: José Andrés-Gallego el 31/07/2011
    a las 16:12

    Responder

  2. Le felicito por esta necesaria iniciativa, D. José. Así que aprovechándome de la ocasión que me brinda, voy a relatar un suceso, comentado siempre por mi familia paterna, cuyo protagonista ha sido un tío mío que luchó con la República y finalizada la contienda estuvo en un campo de trabajo en Torremolinos (Málaga). Después de finalizado el período de reclusión, regresó a su casa, en una pequeña aldea asturiana, en la cual vivía todavía su madre, una hermana mayor, viuda con tres hijos, y dos hermanos varones solteros, uno de ellos -el menor- cumpliendo el servicio militar; el otro hermano, también había sido soldado de la República, y estaba pendiente de un trabajo en una fábrica en una localidad próxima; el resto de la familia lo componía seis hermanos más, todos casados y con hijos, independientes del hogar materno. La persona que nos ocupa, siempre se dedicó a las labores agrícolas y ganaderas (propias de “las caserías”; pequeños minifundios) -actividad que realizó hasta la hora de su muerte, ya nonagenario-. Por las razones antes mencionadas -de su participación en la guerra y posterior reclusión-, recibía la visita de una pareja de la Guardia Civil, con bastante frecuencia, y un sargento de la misma le amenazaba de manera constante, sin cuidar el detalle de que estuviera presente cualquier otro miembro de la familia, incluida mi abuela, la cual sufría mucho temiendo lo que le pudiera ocurrir a su hijo por las amenazas del sargento. Así que un cuñado suyo se puso en contacto con un amigo -destacado miembro de Falange Española, y a su vez conocido de mi tío- y le informó de lo que ocurría; éste Buen Hombre, a su vez, le pidió a un amigo, militar de alta graduación, el que interviniera ante el sargento de la Guardia Civil, lo cual hizo y desde entonces se acabaron las visitas y las amenazas. Hasta aquí, como indico más arriba, era lo que se contaba en la familia, pero no se si por olvido se omitía la parte que ahora voy a relatar. Por azares de la vida, yo soy amigo de un hijo del Buen Hombre -que a su vez, también pertenece a Falange Española- y, en una ocasión, me habló de toda mi familia, ensalzando a todos los miembros de la misma, que les tenía gran aprecio y estima, pues también es amigo de otros primos míos. Ante ésta efusión, le dije que también nosotros sentíamos lo propio por él y los suyos y que teníamos muy presente lo que su padre había hecho por nuestro tío; entonces él me comentó que, en plena guerra, su padre era perseguido por una “brigada” de milicianos con intención de acabar con él y el cuñado de mi tío le mandó ir a la aldea al anochecer y dirigirse a mi tío y que éste lo ayudara en lo que fuera; eran tiempos difíciles y en la aldea, la mayoría, era afín a la República, por lo cual lo que se hiciera de signo contrario tenía que ser con mucha discreción (“que no sepa tu mano derecha lo que hace tu mano izquierda”). Así que mi tío se ocupó personalmente de ése buen hombre y lo tuvo guardado hasta que en cuanto tuvo oportunidad lo llevó -de noche- hasta las filas del bando Nacional.
    Mi tío y el Buen Hombre se han profesado una gran amistad y cariño el resto de su vida.

    Por: Ramón Luis Fernández el 02/08/2011
    a las 22:25

    Responder

    • Muchísimas gracias. Sin duda, es una historia ejemplar. Espero que no tenga inconveniente en que haga uso de ella en alguno de los artículos de Zenit, cuando se presente la ocasión. No me dice los nombres de los dos principales protagonistas, sin duda porque prefiere que no aparezcan. Lo comprendería perfectamente. Se lo digo porque esa vigilancia de la Guardia civil debió tener un respaldo documental que podríamos buscar en el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, al que voy a trabajar con cierta frecuencia.
      Gracias de nuevo!

      Por: joseandresgallego el 02/08/2011
      a las 22:51

      Responder

  3. Muchas gracias, D. José, por su atención con mi escrito. Le autorizo a que haga del mismo el uso que estime oportuno. Efectivamente, creo que la Guardia Civil para ejercer esa vigilancia tendría un respaldo documental; jamás he puesto en duda el buen hacer de dicho cuerpo, el que al parecer se extralimitaba en sus funciones era el sargento.
    A su correo le enviaré los datos de que dispongo de los dos protagonistas.
    Un cordial saludo.

    Por: Ramón Luis Fernández el 03/08/2011
    a las 15:31

    Responder

    • No deje de enviarme los datos que me ofreció, por favor.
      Un saludo muy cordial,
      jag

Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

LA CONTINUACIÓN DE “LA VIDA ES BELLA” DE BEGNINI (I)

    • Publicado en ZS11071408 – 14-07-2011
      Permalink: http://www.zenit.org/article-39921?l=spanish
      La continuación de “La vida es bella”, de Begnini (I)

      Historia de un niño que aprendió a perdonar a quienes mataron a su padre

      MADRID, jueves 14 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores una nueva entrega de la serie La otra memoria con la que ZENIT está sacando a la luz actos de bondad en la guerra civil española que ayuden verdaderamente a la reconciliación y la paz.
      El historiador José Andrés Gallego recoge uno de los testimonios que han llegado a su blog: el de un niño que aprendió a perdonar a quienes mataron a su padre, gracias a un sacerdote que iba, familia por familia, invitando a la reconciliación.
      * * * * *
      Recordarán, sin duda, la película “La vida es bella”, en la que Benigni relataba la historia de un niño judío y su padre, llevados a un campo de concentración. Contaba cómo el padre no sólo evitó que mataran al hijo, sino que le mantuvo en la ilusión de que todo aquello era un juego realmente gigantesco, y eso hasta el final de los finales: cuando lo llevaban a matar y pasó delante de su hijo –que estaba escondido-, le hizo un guiño de complicidad, que hizo sonreír al pequeño en su escondite.
      También recordarán que la película termina cuando el niño se reencontró con su madre, que caminaba en fila con las demás mujeres liberadas del campo, y que, en “off” (creo que se dice así), se escuchaba la voz de ese hijo, ya mayor, que comprendía la heroicidad magistral de su padre.
      Pues bien, esa última parte (la voz en “off” sobre el reencuentro entre madre e hijo) implica sobreponer dos momentos distintos y muy distantes, entre los cuales tuvo que pasar mucho tiempo -años- y, en ese tiempo, fue cuando el niño no sólo se hizo mayor, sino que comprendió el alcance de lo que su padre había hecho por él. Algo le diría la madre, supongo.
      Ahora sepan que una de las visitantes del blog (ya saben: http://joseandresgallego.worldpress.com) me ha brindado una historia que permitiría a Benigni continuar la película y -quizá- quebrar la idea de que nunca segundas partes fueron buenas. De lo que me habla mi visitante –Valvanera- es de un hombre que ya ha pasado los ochenta años de edad, tiene la mente lúcida, un recuerdo muy positivo de la vida, y se llama Julián. Vive en un barrio de Madrid -el del Pilar- que se citaba, hace años, como uno de los de mayor hacinamiento de España. Julián ha consagrado a él -y a su gente- gran parte de la vida; contribuyó a crear y mantener con su presencia y actividad, primero, un lugar donde esa gente pudiera reunirse, hablar, oír y sentirse a gusto y, cuando el barrio lo exigió -porque crecía más y más-, pasó a crear otro lugar semejante, y así hasta ahora.
      No hablo de ningún lugar misterioso (aunque debo reconocer que es el albergue del misterio por excelencia). Hablo de un tipo de lugar muy conocido, y eso hasta el punto de que se ha olvidado su verdadero origen, que está en la Roma clásica y, en la Roma imperial, no tenía nada de misterioso. En el mundo de habla hispana, lo llamamos “parroquia”.
      A don Julián, hoy sacerdote, le ha mantenido en esas lides el recuerdo de la fortaleza y la generosidad de su madre. Tampoco olvida la fortaleza y la generosidad de su hermana, dos años mayor que él. Además, hace acaso setenta años (o más), cuando volvieron los del pueblo que se salvaron de la persecución del bando contrario, contaron que su padre, en la prisión, repetía frecuentemente “Mis hijos. Mis hijos…” Así que también tiene motivos para recordarle con cariño, aunque desapareciese de su vida cuando él tenía seis años, en octubre de 1936. Se lo llevaron unos hombres armados que venían de la Puebla de Don Fadrique, otro lugar cercano.
      Pero lo que indujo a Julián, de niño, a vivir del modo en que ha vivido fue –según Valvanera, mi visitante- algo que vio después de la guerra: al cura de su pueblo (Quero, en La Mancha), lo mantuvieron escondido diversas familias y, cuando todo terminó y volvió a salir a la calle, se dio cuenta de que había mucha gente que había sufrido enormemente y que deseaba el mal a los del bando contrario, o así lo parecía. Así que su tarea –además de la misa y otras- consistió en dedicarse a visitar a esas familias las veces que hiciera falta para animarles a olvidar. Debía decir “olvidar”; porque sabemos de una mujer, al menos, que le replicó alguna vez que perdonaba, pero que también pedía justicia.
      El caso es que, a Julián, le encantaba asistir a esas conversaciones de su familia con el cura. Habían perdido al padre y marido y también iba el cura a verlos y animarles a ellos. En realidad, a Julián le gustaba enterarse de qué hablaban los mayores, fuera cual fuese el asunto del que trataban. Pero lo cierto fue que, de aquellas visitas, en él nació la idea de ser como aquel sacerdote y dedicarse a hacer el bien. Así que, con nueve años, le dijo a su madre que él también quería ser cura. Su madre dejó pasar un tiempo; al cabo de los días, le preguntó si seguía con esa idea y, como le dijo que sí, pusieron manos a la obra. No les cuento cómo se arregló la cosa económica porque no tengo espacio. Sí se deduce, del relato, que la madre no hizo ascos a la posibilidad de irse de portera de una casa de Madrid; aunque se resolvió por la vía de una beca.
      Y se ordenó sacerdote y etcétera etcétera.
      ¿Es ésa la continuación que pudo tener la historia de la película de Benigni? Hombre, por poder… Es probable que no; la vida es un carnaval de posibilidades y aquel niño italiano, vaya usted a saber por dónde salió. Pero es que la historia de don Julián -que he contado hacia atrás- no empieza ahí y, por tanto, tampoco acaba en eso. Al padre de don Julián lo mataron también en Paracuellos del Jarama. En su caso, no llegó a tiempo aquel anarquista salvador –alias “El Ángel Rojo”, lo llamaban-, de quien hablábamos en la entrega anterior de esta sección. Y, sin embargo, lo que ocurrió fue una buena continuación de la película de Benigni.
      Déjenme un poco de respiro y se lo cuento. Añado, de momento, que, no hace mucho, en un Boletín diocesano de aquellos mismos días, noviembre de 1936, encontré un escrito que dirigió el obispo Olaechea, un vizcaino, a todos sus curas para agradecerles por lo mucho que hacían para ayudar a las familias de las víctimas de la represión (como hacían también con las de quienes morían en el frente). Y les recordaba, de paso, que, en el canon 319 del código de derecho canónico –el que entonces estaba en vigor, que era el de 1917- prohibía a los sacerdotes dar testimonio sobre nadie a no ser que fuese un caso de verdadera necesidad (y eso aparte del completo y absoluto silencio que se les exigía si lo sabían por secreto de confesión). Y añadía Olaechea que estaba seguro de que eran conscientes de que, en aquellos días, esa necesidad no se daba bajo ningún concepto. Era una manera, digamos, constructiva de recordarles que no se les pasara por la cabeza acusar a nadie de ser contrario a los católicos o de pensar políticamente de manera distinta a la suya (la del cura correspondiente). Aparte, él mismo -el obispo- se subió a un púlpito y mandó –a gritos- perdonar a diestro y siniestro. El cura de Quero, además, iba de casa en casa y familia a familia.
      [La historia sigue el próximo 28 de julio, en ZENIT]
      José Andrés-Gallego

      Por: joseandresgallego el 16/07/2011
      a las 10:51

      Responder

  1. José Andrés, qué excelente idea pedir colaboración para una memoria histórica positiva de ¡ese gran desastre social y humano que fue la guerra civil!…
    Prometo enviarle un par de relatos, porque nací al terminar la guerra, pero oí a los mayores cosas sobre la guerra (no todas positivas consideradas humanamente).

    Por: Benjamín Gálvez Maestro el 15/07/2011
    a las 20:17

    Responder

    • Muchísimas gracias! Espero esas memorias. Las puede incluir directamente en el blog, si le parece, y a mí me avisan cada vez que aparece algún mensaje. Si no, a mi correo electrónico.
      Un saludo muy cordial,
      jag

      Por: joseandresgallego el 16/07/2011
      a las 06:55

      Responder

  2. He leído su crónica en Zenit, ¡gracias! y no sólo porque “la vida es bella” para quienes ,como usted, saben descubrir y vivir su sentido de reconciliación y dignidad del toda persona, sino por su dedicación a esa “memoria histórica” que todos deberíamos fomentar en su sentipo pleno. No es la primera vez que me comunico con usted, cuando escribía la “Historia de las Carmelitas Misioneratas Teresianas. Guerra Civil y Refundación” acudí a usted en demanda de ayuda. Los dos tomos que forman ese vol III ya vieron la luz y en ellos hay “hisotrias” como la que usted cuenta en Zenit. Merecen ser rescatadas del olvido, de un lado y de otro, porque son testimonios patentes de humanidad y heroicidad. Gracias. Con afecto, Josefa, CMT.

    Por: Josefa el 16/07/2011
    a las 07:00

    Responder

    • Muchísimas gracias, de veras. Buscaré esos libros. De todas formas, si puede enviarme en un archivo informático las páginas en que relata ese tipo de historias, se lo agradecería aún más; porque me permitiría “aprovecharlas” directamente en alguno de los artículos.
      Aprovecho para lanzar un SOS que tiene que ver con las Carmelitas Misioneras Teresianas quizás. Busco la fase final de la vida de Caterina (en castellano, Catalina) Canals Riera, espesa de Rovirosa, el fundador de la HOAC, hoy en proceso de canonización. Puede que ella, hacia 1950 (muy grosso modo), se acogiera a algún albergue o casa de “recogidas” relacionado con las Carmelitas Misioneras. Pudo ser en Granada, en Barcelona, en Gerona… No sé. Sele pierde el rastro hacia esa fecha.
      Un saludo muy cordial,
      jag

      Por: José Andrés-Gallego el 16/07/2011
      a las 07:07

      Responder

  3. Estimado amigo:
    En su artículo “La continuación de La vida es bella, …”, que publica Zenit, cita al obispo Olaechea, indicando que era guipuzcoano. Supongo se referirá a D. Marcelino Olaechea Loizaga, que era natural de Baracaldo (Vizcaya).
    Un cordial saludo y enhorabuena por sus trabajos.
    Carlos

    Por: Carlos el 16/07/2011
    a las 09:38

    Responder

  4. No sé muy bien dónde colocar este comentario al blog: “¿Se podría ensayar con otro formato de columnas más gruesas o dobles para no leer mientras “ruedas” la página? Sería más cómodo.” Digo…

Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

MÁS ALLÁ DE TORREJÓN Y PARACUELLOS

  1. Segunda entrega, recién publicada en http://www.zenit.org/article-39774?l=spanish

    Más allá de Torrejón y Paracuellos

    MADRID, jueves 30 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores la segunda entrega de la serie La otra memoria con la que ZENIT está sacando a la luz actos de bondad en la guerra civil española que ayuden verdaderamente a la reconciliación y la paz.

    En esta ocasión, el historiador José Andrés Gallego invita a fijarse en los millares de personas que se salvaron de morir en Paracuellos del Jarama y en Torrejón de Ardoz gracias a la valentía del anarquista Melchor Rodríguez García, que se plantó ante los ejecutores y comenzó una lucha personal para conseguir que cesaran las muertes.

    * * *

    Hace quince días, abrimos esta sección de ZENIT con el propósito de mostrar que también se hizo el bien en la guerra civil española de 1936-1939, ya que todo el mundo se empeña en recordarnos los horrores y sólo los horrores. Pusimos un ejemplo (el de dos personas encarceladas por sus ideas políticas y salvadas por soldados del propio bando de quienes las habían encarcelado) y abrí, como les dije, el blog que ven abajo, en la firma, por si se animan a contar sus propios recuerdos (los buenos) y podemos incorporarlos a esta sección. Varios lo han hecho ya; aunque algo pasa que la gente es más propicia a escribir por correo electrónico. Bienvenidos sean y agradecidos son esos mensajes.

    Sin embargo, voy a empezar por hacer de abogado del diablo y recordarme que salvar a dos personas no es lo mismo que matar a cinco mil. Pues bien, agarremos ese toro por las astas. Uno de los debates más siniestros a que ha dado lugar esa guerra civil fue lo ocurrido en Paracuellos del Jarama, un pueblo próximo a Madrid, al que llevaron varios millares de presos políticos y los mataron. Es quizá la mayor matanza “represiva” que se dio en esos años. Corría noviembre de 1936 y los soldados “nacionales” estaban ya a las puertas de Madrid. Se temió que, si entraban, los doce mil presos políticos que se calcula había en las cárceles madrileñas, desencadenaran una venganza de proporciones gigantescas. Así que las autoridades optaron por trasladarlos a otras cárceles de poblaciones cercanas a Madrid, sobre todo Alcalá de Henares (a veinticinco kilómetros) y Guadalajara (a cincuenta). Empezaron a hacerlo; pero la mayoría de los convoyes que salieron de Madrid no llegaron a su destino. Fueron desviados en Torrejón de Ardoz o hacia Paracuellos y, allí, digan ustedes “ejecutados” o “asesinados” según les plazca.

    Desde hace muchos años, se discute si el número de muertos no pasó de 2.000 o si llegó a 5.000 y si el responsable de la matanza fue o no fue un famoso político que -gracias a Dios- vive. Digo gracias a Dios, porque saben ustedes que, mientras hay vida, hay esperanza y, por lo tanto, tiempo para el perdón (que, además, por fortuna, administra el Señor de la Historia, y no ustedes ni yo).

    Pues bien, basta echar cuentas para advertir que, en el peor de los casos, si murieron 5.000 y había 12.000, se salvaron 7.000 (claro es que en números redondos). ¿Es que el instigador y los ejecutores de las muertes se sintieron saciados y pararon o es que no pudieron seguir? No pudieron seguir. Un líder anarquista –Melchor Rodríguez García– se plantó ante los ejecutores y comenzó una lucha personal para conseguir que aquello cesara. Y lo consiguió.

    En la guerra civil, hubo muchos más crímenes. Pero, en concreto, los de Paracuellos y Torrejón no duplicaron o triplicaron su enorme envergadura porque uno de los enemigos de esos presos se jugó la vida por ellos. Está probado y habrá ocasión –espero– de volver sobre esa persona. Si alguien desea saber más sobre él y no quiere esperar, sepa que, a mi modo de ver, hará bien –para empezar a desintoxicarse– y que lo mejor es que lea el libro de Alfonso Domingo Álvaro El ángel rojo: La historia de Melchor Rodríguez García, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano (Córdoba, Almuzara Ediciones, 2009).

    Mientras tanto, me permito proponer a mis colegas historiadores que continuemos discutiendo, pero no sobre si fueron 2.000 ó 5.000 las víctimas, sino sobre si fueron 7.000 ó 10.000 los que se salvaron. Es probable que, así, salgan mejor las cuentas y se sepa toda la historia (o, al menos, mucho más y no menos importante). Cifras cantan.

    Por: joseandresgallego el 01/07/2011
    a las 08:59

    Responder

    • Un saludo y gracias por la nota. Mi abuelo fue ejecutado en Paracuellos o Porlier. Sobre la fecha que se indica aquí, supongo que es un error, pues se habla de noviembre de 1937 cuando en realidad los hechos ocurrieron en noviembre de 1936.

      Con un saludo cordial, suyo

      Fernando Pascual Aguirre de Cárcer

      Por: Fernando Pascual el 01/07/2011
      a las 09:23

      Responder

      • Efectivamente, es un error. Siento, de veras, que su abuelo no figurase entre los salvados.
        Un saludo muy cordial y no dude, por favor, en contar con esta plataforma para ayudar a que la gente se habitúe a pensar también en lo que algunos hicieron bien,
        jag

        Por: joseandresgallego el 01/07/2011
        a las 10:48

  2. La gente prefiere el correo electrónico, está claro. Me llega ahora este comentario:
    “Es estupendo comprobar como el espíritu de Dios sopla donde y como quiere.
    Felicidades a los que buscan estos casos con rigor de historiadores.
    Preciosa labor.
    Nieves”

    Por: Nieves el 01/07/2011
    a las 09:00

    Responder

  3. Me llega otro mensaje con este texto:

    Así, de buenas a primeras, recuerdo alguna anécdota chula. Estos días me venía a la mente la Historia de una monja joven de las que vivían en la Plaza de Chamberí que fue rodeada por los milicianos porque era guapa. No recuerdo si le preguntaron de dónde era, que ella contestó que del País Vasco. ¿Y sabes euskera? Pues sí. Pues dinos tal cosa… Y, entonces, le dijeron, señalando a uno de ellos, -pues éste también es vasco- Alah! Llévatela y entendéos… Y se apartaron. Bueno, pues no sé exactamente si la pareja habló más o no habló, la cosa es que el miliciano la llevó a una familia, que salía no sé si hacia el País Vasco o a dónde estaban otras monjas, pero le ayudó a salir de allí. Y me parece que la chica pudo contarlo con su condición religiosa consolidada.
    Pero, no recuerdo ni quién me lo contó. Supongo que alguna de las religiosas que haya allí. ¿? (M)

    Por: valvanera el 01/07/2011
    a las 12:12

    Responder

  4. Acabo de almorzar con una historiadora chilena; le he contado todo esto y ha sucedido ya lo que era de esperar: “También en Chile…” y la correspondiente historia, en este caso la de soldados que se negaron a fusilar y fueron fusilados por ello. Chile, lo sé, es un “avispero” más acerado aún que el español porque lo tienen más reciente. Pero tienen que curar las heridas con la única medicina eficaz, que -sobre la base del perdón- consiste en reconocer y aceptar toda la verdad, incluida también lo mejor de “los otros”.
    Por cierto que, si a alguien no le convence lo del perdón, recordaré lo que escribió el cardenal Gomá a los españoles nada más terminar la guerra en 1939, en una pastoral cuya difusión impidió el Gobierno (lo he documentado y puedo afirmarlo de forma taxativa). Decía que comprendía que, en aquellos momentos, a muchos podía costarles enormemente perdonar; pero que lo dejó dicho Jesucristo y no había más que hablar.
    Gracias por el mensaje.

    Por: joseandresgallego el 01/07/2011
    a las 12:18

    Responder

  5. Hace años me contaron una historia, para mi, preciosa: En Algarrobo (Málaga) no murió nadie durante la guerra civil. Cuando mandaban los del Frente Popular e iban a buscar personas a Algarrobo para detenerlas, la gente del pueblo las escondía y decían que habían huido o cualquier otra disculpa. Y cuando llegaron los nacionales, pues ocurrió lo mismo. Creo que es una historia digna de ser investigada y, de ser cierta y comprobada, merecedora de ser puesta de ejemplo.

    Por: m.e.g. el 02/07/2011
    a las 09:12

    Responder

    • Me pongo a ello. Es curioso que, en la web del Ayuntamiento, pasen de largo por la guerra civil, sin más que decir que´no le afectó.
      Gracias!

      Por: joseandresgallego el 04/07/2011
      a las 08:10

      Responder

  6. Un testimonio sobre un “Acto de bondad” en la guerra 1936 – 1939

    El que suscribe, Enrique Berenguer León, nació en Madrid el 8 de agosto de 1938. Mis padres vivían aquellos días de guerra en el primer piso de la calle Narváez 19 y mi madre, Antonia León Crespo, me dio a luz en la habitación que hace el chaflán con la calle Duque de Sesto. (el edificio está tal cual actualmente). Vivian también en aquel piso el sacerdote diocesano don Fernando Palatín Martínez, tutor de la familia de mi madre, huérfana de padre desde muy joven, mi padre, don Enrique Berenguer Pérez y mis hermanos mayores, Daniel y Fernando.

    El Rvdo. D. Fernando había trasladado a sus pupilos (mi abuela, y sus hijos: una chica –mi madre– y dos adolescentes varones -mis tíos-) desde Sevilla (ciudad natal de todos ellos) a Madrid, donde fundó un colegio titulado “Sagrado Corazón de Jesús”, para niños y niñas, como medio de subsistencia de toda la familia. La fecha no la sé, pero, unos años después, el 24 de septiembre de 1931 contrajeron matrimonio canónico y civil mis padres. (El tiempo de noviazgo tampoco lo sé, pero creo que fue breve; ambos tenían 29 años el día de la boda).

    El 18 de julio de 1936 vivían todos en el colegio, que constaba de dos chalets comunicados interiormente, con tres pisos cada uno, en la misma calle Narváez, pero el nº 18 (frente por frente a mi casa natal). Tras la inevitable incautación del colegio por la FAI, los anarquistas instalaron allí un “Ateneo Libertario”. Mi madre me contó el sufrimiento de la familia al ver cómo, en los primeros días, tiraron por las ventanas los pupitres y los enseres de las clases.

    Conocí de sobra a Don Fernando Palatín (murió en el colegio restaurado, cuando yo tenía 9 años, en 1947), y recuerdo que años más tarde me vino la pregunta que no podía faltar. Tras oír relatos de tantos asesinatos de sacerdotes, pregunté a mi madre: Mamá, ¿cómo es que no mataron a Don Fernando? Mi madre me dijo:

    Sí, al principio de la guerra se presentaron en el portal del edificio unos cuantos milicianos armados y desde el pie de la escalera (no debían conocer el piso en que vivía mi familia) empezaron a gritar: ¡¡Que baje Don Fernando, que baje don Fernando!!
    Y ocurrió lo inesperado. Empezaron a abrirse las puertas de los vecinos del lado y de arriba y las amas de casa, con gran entereza, contestaron con voces y con tono similar: ¡¡De ninguna manera, a Don Fernando no se lo llevan Vds.!!

    Mi madre me aclaró que, como director del Colegio, había facilitado económicamente el acceso a la enseñanza a familias con carencias de recursos. Cosa que era conocida en el barrio y envalentonó a las mujeres del edificio a salir en su defensa.

    Mi madre me dijo que los milicianos se fueron. Y lo que es más admirable no volvieron más, estando los edificios de mi casa y del Ateneo frente por frente.

    Me parece es un “Testimonio de Bondad” en el que se reconoció la generosa atención de aquel sacerdote para con los pobres, no solo por las valientes vecinas sino también por los mismos milicianos.

    Por: Enrique Berenguer León el 02/07/2011
    a las 17:15

    Responder

    • Gracias! La historia no puede ser más bonita y más reveladora. sin duda, la incluiré en un envio próximo a Zenit. Una pregunta: los dos chalets ¿fueron los que ocuparon los milicianos y, por eso, ustedes se trasladaron a la casa de enfrente? ¿Cuántos podían ser los vecinos que vivieran en ella, según el número de pisos y los portales? Es un dato completamente secundario; pero, a veces, al escribir, hay que acudir a ese tipo de cosas.
      Gracias de nuevo,
      jag

      Por: joseandresgallego el 04/07/2011
      a las 07:28

      Responder

  7. Un anciano que pasa de los ochenta años me cuenta esto:
    Su familia era de Quero, Ciudad Real. Su padre trabajaba en un taller de carpintería. Aún puede describir aquellas máquinas con las que cortaba los troncos y las maderas. Había una máquina que tenía unas sierras en alto. Consistía su funcionamiento en hacer girar velozmente unas cintas de hierro que cortaban los maderos. Si se calentaban demasiado podía romperse y herir, incluso cortar un miembro a quien pillaba por medio. Una vez se sintió atraído por el ruido y el movimiento de una máquina. Le parecía que de alguna ranura salía un aire fuerte y quiso tocarlo con la mano. Su padre le paró en el intento. En realidad eran dos cuchillas que cruzaban con velocidad, cortando lo que ahí se le ponía. Recuerda, tal vez con cinco años, ir de Quero a Madrid en mula a buscar madera. Fueron hasta Aranjuez a recogerlas.
    Iban a Misa los domingos. Y cuando llegaba el momento de la comunión todo el mundo se acercaba a los primeros bancos. Él hacía lo mismo. Se arrodillaba entre sus padres y esperaba el turno de recibir la comunión. Pero no tenía ni seis años, y el sacerdote se lo saltaba. Él lo advertía en voz alta, para que se diera cuenta el cura: “¡Señor cura, que a mí no me ha dado!” y lo repetía sin ser atendido. Su madre le cogía el brazo: “¡Calla, hijo!”
    En la guerra hicieron prisioneros a los hombres del pueblo que, incluso supuestamente, eran “desafectos” a la República. Vinieron de Villa de don Fadrique. Allí había muchos comunistas y se organizaron para controlar la zona. Su familia votaba a Gil Robles, a la CEDA y todo el mundo lo sabía. Todos sabían de las inclinaciones políticas de todos. Se llevaron a su padre y a su tío. Al abuelo no, por estar enfermo. Primero los metieron en la ermita del pueblo, que está en una loma, saliendo del pueblo. A partir de entonces, su madre iba todos los días a llevar la comida a su padre.
    Hay más pero esto es lo primero que me llama la atención como algo bueno, aunque parezca natural y lo hicieran muchas personas en situaciones parecidas.
    Valvanera Andres

    Por: Valvanera Andres el 13/07/2011
    a las 09:35

    Responder

    • Sí, pero nos parece natural precisamente porque es bueno lo que hicieron tantísimas mujeres con sus maridos, cuando los encerraron (unos u otros). Habrá que hablar también de eso, digo yo.
      jag

      Por: joseandresgallego el 13/07/2011
      a las 09:38

      Responder

      • Bueno, pues sigo:
        Un día los guardianes les advirtieron que debían entregar todo lo metálico que llevaran encima. Su padre esperó a ver a la madre para darle unas pequeñas tijeras que tenía encima. Aquellas tijeras las guardó hasta que Julián fuera joven. Entonces la madre se las dio a él. Y él siempre las ha llevado encima, sin haberlas perdido nunca.
        El día que tomaron al padre prisionero contaba él, el padre, con 33 ó 34 años. Su madre tendría 32. Su hermana mayor 8 y él 6. Estuvo encerrado en la ermita seis… o tal vez llegaran a ser 10 meses. De allí se lo llevaron a Madrid. No recuerda exactamente en qué cárceles de la capital estuvo su padre. Oía hablar de Ventas y de la cárcel Modelo. Algunos, (me parece recordar que dijo sus -tíos-) aprovecharon la oportunidad que se les dio para no acabar fusilados. En un momento dado, se pidieron voluntarios para el frente y algunos se ofrecieron. Después, ya en el frente, buscaron la ocasión para pasarse al otro bando.
        El pueblo, Quero, quedó sin hombres, pero en su casa tenían cultivos que se siguieron trabajando. No pasaron hambre. Recuerda una infancia volcada en los trabajos del campo. Cogían la flor del azafrán. Debían salir pronto, cuando el rocío aún humedecía la planta. Antes de que el olor se perdiera. También salían a escardar, que consistía en quitar las malas hierbas. Y a arrancar garbanzos. Como me extraño de que utilice el verbo “arrancar” me aclara: Se arrancaba la planta y luego en la casa se desgranaba. El trigo lo cosechaba entre todos los del pueblo. La familia contrataba a vecinos para la cosecha.
        Aquí veo otra cosa, que es la actitud de colaboración entre la gente de la retagurdia.
        Valvanera Andres

        Por: Valvanera Andrés el 13/07/2011
        a las 09:41

      • Claro. De eso tengo alguna cosa publicada. Si la guerra estalló en julio, en los días de la cosecha en gran parte de España, ¿quién cosechó?
        jag

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 09:45

      • Sobre esta rutina se impuso el régimen de guerra. La intendencia comunista requisaba la mitad, a veces más, de lo cosechado. Según fueran las necesidades de cada momento se requisaba más o menos y se redistribuía entre las familias del pueblo.
        Sobre este sistema de reparto cuenta otra anécdota: Quedaron en casa la abuela, la tía Juana, su madre, su prima y su hermana. Pero la tía Juana se había despedido de su marido, cuando se lo llevaron, quedando ella embarazada. Julián veía que su panza era cada vez mayor. También oía que el niño estaba al llegar. Pero no terminaba de entender de qué se hablaba realmente. Cuando llegó un nuevo niño a la casa, su primo, quedó perplejo. No acababa de entender de dónde había salido. Y no dejaba de preguntarlo. Las mujeres se lo quitaron de en medio diciéndole que se lo habían dado en la comuna. A él le pareció lógico, ya que de ahí venía todo. Así que se fue decidido a reclamar su propio bebé. “Oiga, a mi tía Juana le han dado un niño y a mi madre no”. El miliciano entendió la lógica del chico: “Se nos han terminado los niños”. Aún hoy los mayores se recuerdan: “Ese es el que pidió un bebé en la Intendencia”.
        ¿Hubo milicianos que mataron a niños y milicianos que jugaron con los niños?
        Valvanera Andres

        Por: valvanera el 13/07/2011
        a las 09:47

      • Sobre todo, los niños siguieron jugando. Lo he estudiado en una ciudad española. Es trágico y, al mismo tiempo, un poco conmovedor. Jugaban a la guerra, claro.
        jag

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 09:50

      • Pues sigo con la conversación con este anciano de Quero.
        En la guerra perdió a su padre. Con él los republicanos fueron más estrictos que con otros, que terminaron siendo liberados. Cada cierto tiempo hacían una saca. Esto es, les decían que salían para ser liberados, pero luego los enfilaban y fusilaban. Su padre y los demás iban viviendo la salida de presos que estaban con ellos y de los que no volvían a saber nada. Los compañeros han contado luego que su padre repetía mucho: “Mis hijos. Mis hijos…” Solían llevar a los que sacaban a Torrejón de Ardoz y a Paracuellos, y allí morían. Otras veces decían los milicianos que aquellos viajes eran para trasladarlos a Valencia, donde supuestamente debían ser liberados. Pero el tono de aquellas promesas era el de una sentencia de muerte. El 27 octubre debió ser el día que sacaron a su padre del pueblo. Los vecinos corrieron la voz de que se lo habían llevado por la noche y que no había vuelto.
        Su padre acabó la odisea de su prisión en Paracuellos. Y allí debió ser fusilado. Hubo un día en que se supo en el pueblo que algunos enterradores de los fusilados, vecinos de Paracuellos, habían rescatado cuerpos mal fusilados, aún con vida. Los habían llevado a las casas cercanas y allí los habían tratado de recuperar. Algunos salvaron así la vida.
        ¿Sabía alguien esto?
        Valvanera

        Por: Valvanera el 13/07/2011
        a las 09:54

      • Pues no sé si se sabía o no se sabía. Lo miraré en los libros que conozco sobre ello. Pero es fundamental. Capital. Paracuellos, así, deja de ser el nombre del terror. Resulta que también es el nombre de la caridad más arriesgada… Habría que saber más de esto. Es, me parece, especialmente importante.

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 09:57

      • Pues ahora viene lo mejor. Cuando la madre supo que había campesinos de Paracuellos que habían salvado a gente, pensó que, a lo mejor, su marido estaba entre ellos y decidió ir a buscarle. Había un cuñado trabajando como jefe de estación en Alcázar de San Juan. Se le ocurrió a la mujer que era la persona idónea para ayudarla a llegar hasta Madrid. La tía trató de persuadirla, pidiéndole que se tomara un tiempo para pensarlo mejor. “Quédate y lo organizamos con más tiempo”. Pero la mujer estaba resuelta a llegar hasta su marido.
        Para ir a entrevistarse con el cuñado, montó a los niños en un tren de mercancías que iba de Quero a Alcázar. Pero una vez llegados y hablando con el cuñado, les trató de quitar esa idea de la cabeza. Les dijo que de allí, desde Aranjuez hasta el resto de la provincia no se podía tomar un tren sin correr peligro de ser bombardeados por la aviación franquista. La mujer se enfadó. Dijo que si no quería ayudarla lo haría ella sola. Estaba resuelta a llegar hasta su marido.
        Así que se dispuso a volver al pueblo para prepararlo todo: “Me voy”. Se hizo un atillo de pan y alguna otra cosa y, como no podían coger allí otro tren para Quero, decidió seguir la vía del tren para hacer el viaje más directo. Porque en carretera hay 5 leguas, entre Alcázar de San Juan y Quero, ambas en Ciudad Real. Unos 20 kilómetros. Pero en el tren eran menos: entre 10 y 15.
        Valvanera

        Por: Valvanera Andrés el 13/07/2011
        a las 10:14

      • No, es al revés. Y supongo que entonces sería igual que ahora. Desde Quero a Alcázar hay 15 kilómetros por carrera y unos 20 por la vía del tren. Puede que no lo supiera y puede también que se fiara más de la soledad de la vía del tren que de una carretera por la que podía pasar gente que se fijara en ellos. No sé, claro.
        jag

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 10:17

      • Bueno, la cosa es que, cuando salieron de Alcázar hacia Quero, su madre, su hermana y él -mi amigo, el que ahora tiene más de ochenta años-, era ya tarde. Su hermana se hizo perfecto cargo de que iba a ser una caminata dura para el pequeño. Estuvo todo el tiempo pendiente de que no decayera. Jugaba a marcar el paso con él. Le distraía. Su madre también los distraía: cantaba zarzuelas. De la que más se acuerda es de aquella que decía: “Ay, ay, ay qué trabajo nos manda el Señor: levantarse y volverse a agachar…”, también “Vale más un labrador con fajones y alpargatas que la serranía con todo su terciopelo” y “Las mocitas de Talavera son niñas de cara bonita y limpias de corazón”. Pero la que más le gustaba a él era la canción de los pajaritos. Y le pedía a su madre que la cantara una y otra vez. Es una canción en la que los distintos pájaros van a escuchar la predicación de San Antonio. Le gustaban los pájaros. Buscar nidos era lo más divertido para los chicos del pueblo.
        El se daba cuenta de todo lo que estaba sucediendo, de la razón por la que hacían ese viaje. Pero, como su hermana y su madre iban así, él fue del mismo modo, tan feliz.
        ¿No es maravilloso?
        Valvanera

        Por: Valvanera Andrés el 13/07/2011
        a las 10:20

      • Es ni más ni menos que la continuación de “La vida es bella”. La película acaba cuando el hijo y la madre se reencontraron y, de fondo, se oye al niño que habla, ya mayor, de la entereza y la generosidad de su padre. Pero no se nos cuenta lo sucedió en medio, primero de todo cuando se reencontraron en el camino, saliendo a pie -ella- del campo de concentración. Quizá mantuvo la alegría del niño de una forma parecida a esta madre de Quero.
        Sólo que esto sucedió de verdad.
        jag

        Por: joseandresgallego el 13/07/2011
        a las 10:24

      • Bueno, pues acabo.
        En aquel viaje de Alcázar de San Juan a Quero se fue haciendo de noche. Era entre noviembre y diciembre y hacía frío. Estaba nublado y llovía. Así que aquella noche no se veían las estrellas. En un momento dado, oyeron que se acercaba un tren. Saltaron los tres al terraplén. El tren hizo un estruendo al pasar y pudo ver hombres que alimentaban de carbonilla la caldera. Y saltaban algunos pedazos cerca de ellos. Una vez pasó la máquina aprovecharon las ascuas encendidas para calentarse un poco.
        No recuerda que se le hicera el viaje insoportable. Tampoco lo recuerdan de él su madre y su hermana. Si preguntó en algún momento si llegaba ya, su hermana le entretuvo con un: “Detrás de esa colina está el pueblo”. Y si volvía a preguntar le señala otra y así iban avanzando. Hasta que llegaron a Quero. Era de noche y aún les esperaban despiertos en casa. Él se fue enseguida a su cama. Y luego le dijeron que había dormido dos días seguidos. Pero piensa que exageraron.
        Sus primos no le creían cuando les contó que había caminado tanto. Pero a partir de aquello sus tíos le ponían de ejemplo de hombría cuando alguno se quejaba de algo: “Mirad a Julían que no se quejó en su viaje a pie desde Alcázar”.
        Él fue fuerte, como lo era su hermana y como era su madre. Su madre era una mujer extraordinaria, entera. No consiguió acercarse a Madrid porque después de discutirlo con su cuñado en Alcázar tampoco encontró manera de resolver su propósito una vez volvió al pueblo. Para entonces ya se había dado cuenta de que Madrid debía ser algo más grande y más complejo de lo que ella calculaba. Todo el mundo, la familia de Quero, le disuadía de su plan de búsqueda de su marido. Le hicieron entender que estaba muerto. Y desde entonces asumió la pérdida de su marido.
        Aún después de la guerra se mantuvieron ajenos a resquemores y críticas. El que había sido cura del pueblo antes de la guerra, había salvado la vida, acogiéndose en casas de particulares. A su vuelta encontró que mucha gente que había sufrido deseaba el mal a los del bando contrario. Él iba visitando a las familias castigadas durante la dominación comunista, la suya, para alentarles a olvidar. A él le encantaba participar en estas conversaciones de la familia con el sacerdote. En realidad, le gustaba enterarse de qué hablaban los mayores. Pero esto siempre, fuera lo que fuera el asunto que trataban. Su madre le decía al cura que ella perdonaba pero que también pedía justicia.
        A partir de aquellas visitas en él nació la idea de ser como aquel sacerdote que difundía el Bien. Así que con nueve años le dijo a su madre que él también quería ser sacerdote. La madre simuló no hacerle mucho caso… pero poco tiempo después le preguntó si seguía con aquella idea.
        Hablaron con el sacerdote, quien recomendó al chico que empezara a ir diariamente a misa. Debía tener 10 años. Con la vuelta de la población que había emigrado en la guerra, se reanudaron las celebraciones religiosas. Él hizo la primera comunión. El sacerdote, don Salvador, le preguntaba, de vez en cuando, si seguía con la idea de hacerse sacerdote. “Sí”, contestaba él. Entonces supo aquel hombre que en Madrid se ofrecía la portería de algunas casas a las viudas de la guerra. Y pensó que era la forma de traerse a la familia a Madrid.
        Luego supo de unas becas para vocaciones sacerdotales. Los destinaban al seminario de Comillas, Santander. A ella se acogió Julián, cuando tenía 11 años. No tenía conocimientos de ningún tipo. Tampoco religiosos. Aunque sí tenía prácticas de piedad. Sabía el padrenuestro y poco más. Se acuerda de la primera vez que lo recitó él solo. Su madre acostumbraba a desvestirle cuando se iba a acostar rezando el padrenuestro. Como era pequeño ella le decía la primera frase y esperaba a que él la repitiera. Una noche, cambiándose, llamaron a la madre y esta le dejo solo: “Continúa desvistiéndote y termina el padrenuestro”. Y cuando volvió se aseguró de que se había desnudado bien y también le preguntó: “¿Rezaste?” Y como él asintió, ella quiso asegurarse de que lo había recitado bien. “A ver, ¿Qué has rezado?” Y él empezó: “Padre nuestro” y otra vez “Padre nuestro” y en la siguiente frase “que estás en el Cielo” y se repetía el mismo a sí mismo: “que estás en el Cielo”… Entonces la madre le enseñó a rezarlo de seguido. Durante la guerra rezaban por padre, y después, por padre y por quiénes habían matado a padre.
        La muerte del padre era ajena a juicios y odios o rencores. En el 41 la madre fue llamada para ir a reconocer a su marido en el foso común. Fue imposible. Aquello era todo trapos imposibles de identificar. Volvió a casa diciendo que no había podido ver nada. Salvo aquella vez, no se volvió a hablar de Paracuellos. Si se hablaba de la guerra y de recuerdos de la familia entonces cuidaban de no caer en la tristeza o el odio. “Eso está olvidado”, decía la madre, “Tenemos que perdonar porque somos cristianos”. Él no ha participado después en homenajes ni concentraciones para recordar aquello. Sí ha oficiado alguna vez allí, pero nunca para recordar un pasado doloroso. Su padre era recordado en las oraciones y en sus misas diarias. Su hermana y él fueron respetuosos con aquel olvido como lo había hecho su madre.
        Su madre ha sido para él su modelo de vida. Recuerda que en el pueblo lloraba mucho, por la desaparición de su padre. Y recuerda que le desconcertaban los profundos suspiros que oía en su casa. Los sábados solían hacer una limpieza un poco más profunda de la casa del pueblo. Con frecuencia pagaban a alguna vecina para que las ayudara. Lo llamaban: “hacer sábado”. Él las oía trajinar, salir y entrar de las habitaciones. En alguna ocasión escuchaba un: “Ay, Jesús!” en un cuarto y en otro otra lamentación. Se levantaba a ver qué ocurría. “¿Pasa algo?” Y su tía le sonreía: “No. Es que las mujeres hacemos mucho eso”.
        Con su corta edad comprendía que era el único hombre de la casa. Con él vivían la abuela, la madre, su tía, su hermana y sus dos primos. El más pequeño había nacido comenzada la guerra. Era casi un bebé.
        La familia continuó sacando adelante el trabajo de las tierras. Aclara, de nuevo, que no pasaron hambre. Tenían además un gallinero. Con frecuencia los comunistas entraban en la casa para registrarla, por si los prisioneros de la familia habían escondido algo, o por si retenían alimentos sin conocimiento de la Intendencia. Ponían a todos contra la pared y comenzaban a levantar muebles y rajaban los colchones. Se solían despedir con un: “Nos llevamos una gallineja para cenar”.
        Fuera de la casa pero dentro de la familia, tenía un tío de 13 años. Se juntaban los dos para ir a trabajar al campo. Regaban por inundación. Hacían primero una era y luego abrían las compuertas de los canales para que se inundara. Así obtenían patatas, zanahorias y judías. Cuando se trataba de escardar una plantación o de recolectar, entonces se juntaban todos los que podían del pueblo. Hacían pan, tenían patatas, judías y gallinas para comer. Al comenzar la guerra tenían dos pares de mulas: la Capitana, la Coronela, la Generala y no recuerda el nombre de la cuarta. Tenían también una galera, además de un carro. La galera es un medio de transporte de mercancía con mayor capacidad que el carro. Si el carro tiene dos barras para uncir las mulas, la galera tiene una lanza, para atar a ella dos mulas, una a cada lado de la lanza. El carro tendía a llevar mucha hierba o mucha mercancía, de madera que con cierta frecuencia volcaba. Una vez su madre guiaba las mulas, tirando de un carro que había llenado mucho. Los niños se habían acomodado encima de todo. Ya casi entrando en el pueblo el carro topó con un bache y cayó toda la mercancía y los chicos con ella. Recuerda sangrar de la nariz por haberse dado un buen golpe con algo (trata de describir ese algo pero no se termina de hacer entender). Su madre volvió a cargarlo y entraron al pueblo. No pasó nada grave.
        Quero era una población con 105 familias al comenzar la guerra. Se calculaba que vivían allí unas 800 personas. Junto al pueblo había una laguna que se llenaba con las lluvias. Era una laguna asentada sobre salitre que dejaba a sus márgenes la sal arrastrada. Tenía en su interior una isla que se llenaba de nidos de pájaros. Allí se encontraban en paz. La mejor aventura era adentrarse arremangados en el lago y alcanzar la isla. Al volver a casa tenían que asegurarse de llegar con la ropa seca. Pero aún así las madres se daban cuenta de que habían estado en la laguna y los regañaban. Él no entendía cómo podían adivinar que había ido allí, si estaban secos.
        Antes de irse de casa, su padre le había fabricado un carro de arrastrar pequeño, como de hortelano. Allí metía a su primo con uno y con dos años. Y aunque él tenía 6 ó 7 las mujeres confiaban de su cuidado del primo. En el pueblo se hacía un estupendo charco cuando llovía. Una vez quiso atravesarlo con el carro y el primito en él metido. Pero plena travesía se topó con un obstáculo que debía haber dentro. Y volcó el carro y el bebé cayó en el barro. Aquel niño no llegaba a tener dos años. Y lloró desconsolado. Pero Julián le rogó: “No llores, que me regañarán”. Y el chiquito empezó a esforzarse por atajar los hipidos y sorberse los mocos. No sabía aún ni andar. Pero demostró una asombrosa hombría. Cuando llegaron a casa las mujeres notaron que el menor había caído: “¿Qué ha pasado?”, a lo que contestó Julián: “Que se ha caído”. “Pero si no sabe andar”, entonces aclaro un poco más: “Se ha caído en un charco mientras lo llevaba en el carrito”. Ahora su primo es abuelo y también recuerda divertido aquellos juegos: “Quién se hiciera con aquél carrito para jugar con los nietos”.
        Pero la principal diversión, para Julián y los chicos del pueblo eran los pájaros, como ya dijimos. Los controlaban. Quién más nidos conociera mayor admiración tenía de los demás. Sabían que si tocaban los nidos y sobre todo, las crías, estas podían ser rechazadas por los padres, que abandonaban el nido al oler peligro.
        Eran niños-niño y niños-hombre cuando se trataba de cuidar de los suyos. Una de aquellas noches de registro, vino otra partida de milicianos a inspeccionar, habiendo pasado otro grupo poco antes. La abuela salió a recibirles: “Ya habéis estado aquí”. “Y se han llevado una gallina”. De ahí pasó a reconocer a alguno de los milicianos y comenzó a entretenerse preguntando por la familia de ellos y por lo conocidos. Entonces él, Julián, con el primo, se arrastró hasta sus faldas, tratando de no llamar mucho la atención. Y le tiró del vestido, mientras le susurraba: “Cállese ya, abuela, que les va a animar a entrar”.
        Como le insisto en dar algún nombre de los milicianos, algún recuerdo doloroso, se esfuerza en recordar algún detalle de cierta alegría en casa por la mala suerte de algún miliciano. Fue cuando descolgaron las campanas del pueblo y se empeñaron en destruirlas. Era un sonido querido en el pueblo y escuchado desde Alcázar, como homenaje a la convecinidad. Las bajaron para fundirlas y hacer munición. Pero quisieron enviarlas a Madrid ya deshechas. Y aquello fue un trabajo hercúleo. Se empeñaron en golpearlas con grandes mazos. Y era raro oir, de nuevo, aquel bello repicar, ahora convertido en queja. Pero sólo a una de ellas lograron quitarle el “vibrar” (¿?) y partirla en pedazos. Uno de los trozos dañó a un miliciano en una pierna. Cuando lo supieron en el pueblo, se oyó comentar, sigilosamente, que había sido un castigo del cielo.
        Y esa fue mi conversación con él.
        Valvanera

        Por: Valvanera Andrés el 13/07/2011
        a las 10:32

      • ¡Qué bien has reconstruido todo; alguna de las cosas que cuentas ya se me habían olvidado!
        Te matizo algunas cosas que yo entendí con ligeras diferencias,
        Un beso,
        Mari Trini
        En la guerra hicieron prisioneros a todos los hombres del pueblo.
        Creo que a esta frase le sobra la palabra todos, ya que él se refería a lo que cuentas más abajo, los comunistas encerraron a los de derechas.

        hasta que Julián se fue al seminario, con once años.
        Esto se lo volví a preguntar yo, no era a esa edad sino cuando ya adulto y todavía debía estar en el seminario, su madre consideró que ya era suficientemente responsable.

        Pero la tía Juana había despedido a su marido estando ella embarazada. Julián veía que su panza era cada vez mayor.
        Aquí 2 COSAS:
        Al marido de la tía Juana también se lo llevaron y lo encarcelaron cuando ella estaba embarazada. Tiempo después volvió (me imagino yo que cuando acabó la guerra)

        dicho Misa alguna vez, allí,
        Yo entendí que le invitaron a decir misa allí, pero que él siguiendo el criterio de su madre de perdonar y olvidar no aceptó la invitación (aunque si pidió interiormente por ellos en misas por él celebradas).

        Mt

        Por: Mari Trini el 13/07/2011
        a las 10:37

  8. Bueno, pues acabo de llamarle para confirmar si volvió o no volvió después de la guerra a Paracuellos. Y me ha aclarado que no es que no volviera, es que nunca fue a aquel pueblo. No lo conoce.
    Eso tienes que corregirlo, como me indicaba Trini, en mi versión. ¡Qué bien que viniera esta testigo fenomenal! y eso que, como el hombre habla despacio y claro, me dió tiempo a tomar nota de lo que iba contando. Pero en esto de Paracuellos le entendí mal. ¡Puf!
    ¿Sería yo capaz de no buscar el lugar dónde mataron a mi padre? ¿Querría más la paz que la justicia?
    Qué paz tan sobrecogedora, tan imponente.
    Me dice que cuando esté publicado, le avisemos,
    Valvanera

    Por: Valvanera Andres el 13/07/2011
    a las 17:36

    Responder

    • oye, pues dile que lo lea ya en el blog; así corrige lo que pueda estar mal, si hay algo.
      jag

      Por: joseandresgallego el 13/07/2011
      a las 17:38

      Responder

      • Ey, un comentario demasiado ligero dónde quien relata pregunta si hubo “republicanos para todo, para matar niños y para jugar con niños”, o algo así. Me suena muy fuerte. Siendo el tono de todo el relato e intervenciones muy amable, supongo que se ha hecho sin caer mucho en la cuenta del significado de la cuestión y de que se pueden herir sensibilidades y, en general, sería injustamente. Por supuesto que no niego los crímenes, pero hemos quedado que para recordarlos ya están los otros miles de blogs y demás foros sobre la guerra. Así que, no nos despistemos, ni aún con las bromas. Sigamos con este homenaje a la Humanidad en la guerra.

        Por: valvanera36 el 25/07/2011
        a las 19:42

      • Cierto. Lo tendré en cuenta.

        Por: joseandresgallego el 31/07/2011
        a las 16:18

      • Todo está bien. No me gusta que se haya colado, en un momento dado, esa frase sobre que hubo ¨republicanos que mataron niños y los que no¨. Es un comentario que compara la historia de este niño con vivencias de otros niños que sobrevivieron a peor suerte. Sin saber a qué otros niños no referimos no tiene sentido esa frase. Pero, bueno, espero que no decaiga por eso el tono positivo de la anécdota.
        Del relato aquí contado me encanta la Infancia como estado del alma, la candidez de un hombre de 80 años, que aún recuerda cómo los suyos protegieron su niñez y como él hizo lo posible por estar a la altura de las circunstancias, con 6 años. Se pierden vds, los lectores, la parsimonia al hablar del protagonista y unos ojos oscuros, que como piedras minerales brillan, y que facilitan ver al niño que fue.

        Por: valvanera36 el 31/07/2011
        a las 15:07

      • Quise rizar el rizo al contar al revés la historia de don Julián y creo que hubiera sido mejor contarla por el orden en que se desarrolló. Pero lo hecho, hecho está.
        Espero el informe sobre el cuestionario del Archivo de La Pasa.

        Por: joseandresgallego el 31/07/2011
        a las 16:17

  9. Me escribe una de mis informadoras:

    “Hola,
    “Ayer estuve con Maruja pero no tenía la cabeza para recordar, el viernes la operan del otro ojo en Pamplona (cataratas).
    “Pero estuvimos acordándonos las dos un poco de la historia y, bueno, he quedado con ella. Me gustaría grabarla para sacar la historia con sus palabras exactas (la emoción ya la explicaré yo, si es de recibo). Lo que sí se acordó fue de la historia de la mili de su hermano Pepe. Empezó voluntario y (por conocidos) se quedó en Soria, de conductor del mando que lo instó a quedarse. Me contó la tía algo así como que un día aparecieron en Navaleno y ella salió a saludarlo. Él iba con el cochazo del militar pero… el coche iba lleno de sangre. Por lo visto mi abuelo (tu padre) tuvo la desgracia de ver como fusilaban a otras personas, allí en Soria. Es fácil que conociera a alguna de ellas. ¡Qué dura tuvo que ser esa guerra! Cualquier cosa que nos cuenten es poco. Según la tía, eso motivó que, en cuanto le tocó a su reemplazo (sus quintos), marchara con él.
    “En cuanto a otras historias, la cosa es más complicada de lo que esperaba. La gente, a pesar de los años, sigue muy conectada con la tristeza, el dolor y la impotencia que supuso esa guerra. Sea del bando que sea, incluso los que nunca fueron de ningún bando…
    “Pero sigo buscando. Es lo bueno de este trabajo, conozco mucha gente mayor y de diferentes lugares.
    “Al hilo, te mando una información de Soria que me ha llegado.
    “Sigo en ello. Te iré contando.
    “Un abrazo!!
    “Itxaso”

    No te preocupes; ya verás cómo, al final, cuando te cuenten lo malo, verás tú misma algo bueno y podrás tirar de ese hilo. En cuanto a “Pepe”, una de dos: o fue voluntario, como dices al principio, o fue luego con su quinta. Pues bien, fue voluntario. Ya verás: los de “derechas” (algunos, parientes suyos y, probablemente, todos amigos) lo cogieron -no sé si de noche o de día- y lo llevaron en camioneta a Soria con los demás de izquierdas del pueblo. No los mataron, felizmente. Al menos, no me lo dijo la única vez que me contó esta historia y no he oído nunca hablar de que mataran a nadie allí.
    Pero es que, en su caso -el de Pepe-, cuando decidieron hacer lo que fuere con los de la camioneta, él ya no iba en ella. Cuando pasaron por delante del Gobierno civil, se tiró, entró como una exhalación, subió las escaleras de cuatro en cuatro, abrió la puerta del despacho de un capitán de la Guardia civil, creo recordar, al que acompañaba a cazar en el pueblo, se cuadró y le dijo “A sus órdenes, mi capitán”. El guardia civl le respondió “Así me gusta, Pepe, así me gusta” y lo hizo voluntario del Ejército Nacional.
    Sólo me lo contó una vez, ya muy mayor.
    Antes me había contado que fue al frente y que disparaba al aire porque no le cabía en la cabeza matar a nadie. Pero lo hirieron a él en un brazo. No sé si fue antes o después cuando debieron buscar un chófer para el comandante (creo que era comandante) y, como conducía muy bien, lo eligieron a él y no tuvo que tirar más tiros.
    Eso sí me lo contó varias veces. Lo de la sangre no. Sí me contó también que, yendo en el coche, un día, vio un cadáver en la cuneta y le hizo tal impresión que, al regresar, dio una vuelta de cuarenta kilómetros para no pasar otra vez por allí.
    Y el caso es que, en la guerra, demostró una valentía enorme; lo condecoraron por salvar una compañía de Artillería entera… y de los de derechas!, con quienes tuvo que hacer la guerra.
    Luego, en 1942, lo acusaron formalmente de afiliación al PSOE y propaganda de esas ideas; pero no lo procesaron. No sé si se quedaron atónitos al recibir, por una parte, ese informe (de la Guardia civil del pueblo) y, por otro, ver lo de la salvación de la compañía… nacional. El informe lo he encontrado en un archivo estatal.
    Besos, ppppppppppppppppp

Posteado por: joseandresgallego | 07/06/2011

DE LA OTRA MEMORIA

El que suscribe es español, historiador de profesión. Y, en virtud de esas dos circunstancias -la de español e historiador-, lleva años escuchando relatos muy distintos de las barbaridades que se hicieron en la guerra civil de 1936-1939. Estoy seguro de que más de un lector -que no sea español- dirá que es eso mismo lo que le ocurre a él, solo que referido a las atrocidades que se cometieron en su propio país y en tales años. Pues bien, ya tienen algo que advertirme en el blog que indico abajo, si creen que lo que voy a plantearles vale la pena también para sus países. Será la manera de ayudarme a “alimentar” la sección que, con este título (“De la otra memoria”), ha comenzado a recorrer el mundo gracias a la agencia de noticias Zenit, donde se han publicado estas líneas y espero que se publiquen las que sigan, con ayuda de ustedes.

Somos pocos los españoles de mi generación -la de posguerra- que no han oído en casa, desde niños, relatos del calvario que le tocó sufrir a su familia. La verdad es que hubo españoles que pensaron que ese calvario –el de los suyos- fue algo tan indignante y tan indigno que optaron por callar y no hablaron jamás de la guerra a sus hijos. Pero hasta ese silencio no pudo ser más elocuente y el resultado fue que esos otros españoles de mi generación -los que no oyeron nada en casa- se formaron, seguramente, la misma idea que nos formamos los demás: la de que todo aquello fue horrible.

El silencio no resolvía las cosas. Hubo padres y madres que -hasta con su silencio- pudieron inculcar sentimientos de odio o de revancha entre sus propios hijos (muchas veces, sin pretenderlo). Otros hubo, por el contrario, que -conscientemente o no- suscitaron la idea contraria: la de que ese horror que nos relataban -traducido en hechos concretos- no debe repetirse jamás y hay que vivir de modo –y convivir- que eso sea así: que nunca vuelva a suceder.

Pues bien, este historiador -cuando no lo era-, de niño y, luego, de muchacho, tuvo la suerte de formarse en una familia que no le escatimó los relatos del sufrimiento que les tocó vivir, pero lo hicieron de tal modo que lo que le inculcaron -como si lo grabaran con un hierro candente- es que todo eso sirve como recuerdo permanente de lo que jamás se ha de repetir, para lo cual -claro está- no importan tanto las palabras como la forma de vivir de cada cual.

Es posible -no sé- que esa formación infantil me indujera a hacerme preguntas cuando empecé a oír otros calvarios a otros españoles. Fueron muchas esas preguntas, pero la que hace al caso es ésta: en casi todos los calvarios -de izquierdas y derechas, dicho coloquialmente- se mezcla de forma un tanto extraña el bien y el mal. El narrador relata casi siempre un calvario. Pero, al detallarlo, se pueden observar retazos de bondad que paliaron aquel horror, o, al menos, lo intentaron –aunque fracasaran- y, en más de una ocasión consiguieron impedirlo. Recuerdo, por ejemplo, que, en mi pueblo -una pequeña ciudad aragonesa-, quien sacó de la cárcel -dónde podía pasarles cualquier cosa- a dos hermanas de una familia de comerciantes apodada Los Zamoranos fue su hermano, que pidió auxilio para ello a los jefes del batallón en que se había alistado para escurrir el bulto y evitar que fuera él el encarcelado y, previsiblemente, el fusilado. Era obvio que esos jefes y compañeros de
armas -que, con seguridad, no eran tontos- debieron comprender que aquél mocetón pensaba, en realidad, como los del bando enemigo. Por lo menos, estaba claro que lo hacían sus hermanas. Por eso, justamente, las habían encarcelado. Y, sin embargo, no indagaron sobre las verdaderas ideas de su compañero, si no que recorrieron con él los cien kilómetros que distaban de Zaragoza para poner a salvo -y en su casa, sin necesidad de esconderse- a esas dos personas.

Luego, el hermano se pasó a las filas de los suyo (o sea, en términos militares, desertó); en realidad, era cosa de coherencia. Y tampoco hubo represalia alguna contra sus hermanas.

Desde que me di cuenta de que estas historias son tan ciertas (e históricamente eficaces) como las del horror, he repetido donde me han querido oír que los historiadores –y toda persona cabal- tiene que explicar la historia no sólo por el mal, sino también por el bien que se ha hecho. Y es esa otra historia de la guerra civil española la que querría traer a estas páginas y, sobre todo, a las de Zenit. Con su ayuda. Si no, supera por completo mis fuerzas. Así que lo primero que he hecho es abrir un blog, que es el que va debajo de la firma. Conozco historias suficientes para probar lo que digo. Pero sería importante que las contásemos todos. Zenit nos ha abierto la posibilidad de que hablemos de ello.

José ANDRES-GALLEGO

blog: joseandresgallego.wordpress.com
www.joseandresgallego.com

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