Posteado por: joseandresgallego | 08/01/2012

LA HISTORIA DE PILECKI

El relato que sigue está copiado de la revista electrónica “Hispanidad”, sábado, 7 de enero de 2012. El autor dice ser el ángel custodio de Pilecki. Temo que, del relato, todo sea cierto menos eso. En mis modestísimas investigaciones exegéticas (y va en serio), he comprobado que, en el judaísmo palestino de los días en que el cristo Jesús vivió vida mortal, se creía o se sabía que cada ángel sólo tiene una misión, o sea que, a cada ángel, no se le van asignando misiones, sino que sólo lo crea Dios para una. Eso me ha llevado a deducir que, desde el punto de vista, digamos, “ontológico”, un ángel podría ser una relación; esto es: consistir en la relación (consciente de sí misma; por tanto, personal) que vincula al Creador con lo creado. Y, si fuera así, nuestro ángel nos “constituiría” (sin confundirse con aquel a quien constituye), y eso podría explicar -de otro modo- lo sucedido en el lamentable episodio de la manzana (que, en realidad, no tuvo por qué ser una manzana).
Eso se podría conciliar, es cierto, con lo que afirma el presunto ángel que narra lo que sigue: que un ángel puede tener varios custodiados a lo largo de la historia. Todo dependería -según el judaísmo palestino que profesaban los futuros apóstoles- de que ese conjunto de custiodados constituyera una misma misión. Pero la explicación no la veo clara: la razón no es que el ángel esté fuera de la historia; el ángel -según se desprende de las creencias de aquellos judíos- podría ser la relación constitutiva entre el Creador y lo creado y, por lo tanto, el “gozne” entre lo intemporal y lo temporal.
Bueno, mejor que no siga y copie; porque todo lo demás me induce a copiar este texto como algo que también forma parte “De la otra memoria” de un pueblo que, en realidad, es parte del pueblo del que yo, al menos, intento formar parte.
                                                                                                                                                                                                           José Andrés-Gallego
                                                                                                                                                                                           www.joseandresgallego.com

LA HISTORIA DE PILECKI

(Marcos 1, 7-11).

(Lucas 3, 1-21).

He recibido permiso para narrar la historia de un hombre del que fui nombrado ángel tutelar. Sí, los ángeles vivimos fuera del tiempo. Por tanto, cada custodio puede tener varios custodiados a lo largo de la historia.

Al protagonista de nuestra historia le considero el prototipo de hombre del siglo XX. En su peripecia se condensa lo mejor y lo peor de aquella centuria: el martirio y el homicidio, un tiempo similar al que hizo exclamar a Isaías: “Si rompieses los cielos y descendieses”.

Witold Pilecki nació en Rusia, en 1901, pero su corazón era polaco. Polonia es el país del siglo XX, y de toda la edad moderna, cuyas fronteras más se han movido de un lado a otro de la Europa central, al igual que sus gentes, perseguidas por los enemigos de Cristo, de un lado y del otro. Pilecki se enfrentó a todos ellos.

Como digo, Witold nació en 1901, más que nada para poder recorrer toda la primera mitad del siglo. Sus padres, viejos campesinos polacos, le educaron con el evangelio en la mano, un método bastante seguro. Al pequeño Witold se le quedaron grabados, vaya usted a saber por qué- los episodios de Juan el Bautista, una personalidad que le atrajo desde el minuto uno. En especial, aquello de “después de mí viene uno que era primero que yo y ante el que no soy digno de inclinarme para desatarle la correa de las sandalias”. Con ese descubrimiento de que siempre hay alguien por encima de uno mismo, Pilecki mamó en su propio hogar el espíritu de servicio, que es lo propio del mártir. El Bautista se convirtió en el maestro admirado del pequeño Witold. Era uno de esos patriotas verdaderos, de los que no aman a la patria sino a los valores que ésta representa. Y ya se sabe que Polonia se conformó con esencias cristianas.

Muchos dicen que su vida debería ser llevada al cine pero los custodios también podemos ser egoístas: yo prefiero saborearla en privado.

A sus 17 años se vio obligado a combatir en la recta final de lo que llamáis la Primera guerra mundial, tras la cual resucitó una Polonia que tres potencias –Rusia, Prusia y Austria- habían fagocitado durante más de un siglo. El Único quiso premiar la fidelidad polaca.

En 1920, Pilecki ya era soldado del renacido Ejército polaco, el mismo Ejército nonato que consiguió la gran victoria de la Batalla del Vístula –el milagro del Vístula- sobre la más poderosa y cruel milicia del momento: el Ejército Rojo de Lenin, dispuesto a llevar el ateísmo comunista hasta el mismísimo Gibraltar, a través de un Europa devastada por la guerra.

En el margen derecho del Vístula, en una especie de Covadonga del siglo XX, es donde nació el odio de los soviéticos a Polonia, producto del odio, aún más intenso, que sentían por el Creador. Al igual que sus futuros aliados nazis, los comunistas sabían muy bien quién era el enemigo.

Pilecki no era un soldado profesional. Hasta 1939 no volvería a empuñar las armas. En aquel feliz periodo de entreguerras, el sentido de la justicia que animaba su fe no fue atacado. Así que se comenzó su aventura familiar: volvió a arar la tierra, se casó y tuvo dos hijos.

Pero ante la invasión nazi, Witold se afilia al llamado Ejército Secreto Polaco, que llegó a contar con 8.000 hombres, entre ellos, oficiales del Ejército polaco sobrevivientes de la fosas de Katyn, uno de los asesinatos en masa del siglo XXI: 21.000 religiosos, intelectuales y oficiales polacos prisioneros, asesinados y enterrados en zanjas comunes: el maligno andaba suelto por el mundo. Así que Witold acabó en el AK, el Ejército patriótico, brazo armado del Gobierno polaco en el exilio, con sede en Londres. El enemigo ya no era el ateísmo comunista sino el `paganismo’ nazi, dos caras de una misma moneda homicida, la moneda vigente en los infiernos, de la misma forma que el Bautista se enfrentó a las dos caras de una misma moneda anticristiana: el paganismo del Imperio romano y el odio de los judíos pervertidos por el Mesías a quien decían adorar.

Fue entonces cuando se le ocurrió una idea realmente extraordinaria que a mí, su custodio me dejó sin criterio, algo que a los espíritus nos ocurre raramente. Ciertamente, no supe que aconsejarle, porque nada más ajeno a un mártir que la temeridad fanática, pero se me indicó que no debía tratar de evitarlo.

Witold aceptó la sugerencia de sus mandos de dejarse prender por la Gestapo para poder ingresar en el campo de exterminio de Auschwitz y, de esta forma, una de las más bestiales abyecciones permitidas a Satán durante el siglo XX, para organizar la resistencia desde dentro pero, sobre todo, para poder contar, de primera mano, a un incrédulo Occidente, lo que estaba ocurriendo allí.

Antes de encerrarle los alemanes hicieron con él lo que mejor sabían hacer: torturarle salvajemente. Estaba previsto, por él y por mí. Del mismo modo que era previsible algo no menos grave: que su sacrificio no sirviera para lograr el fin previsto. El Maligno había cosechado tal grado de vileza en una parte de la humanidad que la buena gente no podía concebir estas matanzas colectivas programadas y desarrolladas a nivel industrial.

Como fuere,  ya en Auschwitz, Pilecki se mostró como el hombre preocupado de servir sin esperar recompensa. Organizó la resistencia de unos reclusos que oscilaban entre el instinto animal de supervivencia y la desesperación que les llevaba a aceptar la muerte como la única salida. En aquel mundo de zombis, aquel discípulo del Bautista, bajo el nombre de la guerra de Tomasz Serafinski, creó una llamada Unión de Organizaciones Militares y preparó a los mejores para hacerse con el control del campo, en caso de ataque aliado. Tampoco se olvidó de la ‘logística’: creo un canal de comunicación con el exterior para pasar informes y para recibir, en aquel infierno, alimentos, ropa y medicinas que repartía entre los reclusos de aquel matadero.

Pero hasta sus superiores, que le habían enviado al averno, creyeron que exageraba. Mucho más en Londres, donde sus informes acabarían en la papelera: debieron pensar que ni los endemoniados nazis podían caer tan bajo.

Al final se le ordenó salir del campo. Hasta que llegó ese momento, yo he visto a mi custodiado atar las correas de las sandalias a muchos polacos y aún a más judíos que, gracias a Witold, aprendieron a vivir y algunas veces también a morir.

Logró evadirse y el fracaso de su misión no arrumbó sus esperanzas. Participó en el levantamiento de Varsovia donde a punto estuvieron de hacerse con el control de la ciudad a pesar de no recibir el previsto apoyo aéreo aliado. Otra prisión nazi y salida del fuego para caer en las brasas: los bolcheviques expulsan a los nazis de Varsovia. Desde entonces, Pilecki cambia de enemigo: ahora luchará contra los comunistas para evitar la sovietización de Polonia.

Pilecki se une a los restos del cuerpo de ejército polaco que había combatido en Montecassino y en Normandía. Allí se encontró en su salsa. Eran los mismos hombres que habían dejado escrito, en las lapida del cenobio de San Benito, el sentido de sus vidas: “Nosotros, soldados polacos, ofrecemos nuestros cuerpos al suelo de Italia, nuestras almas a Dios, nuestros corazones a Polonia”.

Pilecki organizó una red clandestina de información contra los rusos. Cuando los líderes del Occidente cristiano ceden ante Stalin en Yalta, los polacos se sienten traicionados pero Pilecki continúa luchando por una Polonia cristiana, es decir, libre. El Gobierno polaco en el exilio ordena a su ejército en el interior que se disuelva y huya al extranjero. Witold quien, como él decía, era “muy bueno obedeciendo”, acata la orden de disolución pero no la de huída. Como combatiente solitario se dedica a proteger a los soldados polacos prisioneros de los comunistas o a los perseguidos por los asesinos del NKVD, el siniestro precedente del KGB del Gulag. Vuelve a enviar informes a Occidente, esta vez narrando las barbaridades soviéticos. Pero Occidente ha firmado la paz con la tiranía de Moscú y ya no quiere escuchar la voz de su conciencia. Al final, Pilecki es capturado por el NVKD. Los nazis no buscan excusas para sus crímenes. Por contra, el imperio de la mentira necesita disfrazar el homicidio de justicia. Los comunistas recluyen a Pilecki en la prisión Mokotov, en Varsovia. Donde nuevamente es brutalmente torturado antes del juicio.

Pilecki no desmaya. Como el Bautista se impone a la mentira. En aquel tribunal de la parodia soviética, testigos sobornados le acusan de crímenes de guerra. Estamos en 1947 y, como en el juicio del Maestro ante el Sanedrín, ni los testigos pagados logran formular una acusación coherente, mientras Pilecki denuncia los crímenes rusos contra los polacos, Katyn incluido. No se sintió un héroe por ello: como había ordenado el Bautista, Witold, como buen soldado, se conformaba con su soldada.

Al final, echan mano del último recurso: la traición, que siempre precede al martirio. Los jueces recurrieron a uno de sus excompañeros de armas con quien había luchado contra Hitler: nada menos que Józef Cyramkiewicz, superviviente de Auschwitz, quien acusó a su ex compañero de haber cometido asesinatos: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia”. Pilecki fue fusilado en el patio de la prisión y Cyrankiewicz se convirtió en ministro de la nueva Polonia comunista.

Pero la conciencia humana es puñetera y se resiste a morir. Por eso, los soviéticos necesitaban ocultar las reliquias de Pilecki. Arrojaron sus restos a un vertedero para que su cuerpo fuera incinerado junto a la basura y sus restos desaparecieran, al igual que su historia. Esto último no lo conseguirán ni en vuestro mundo ni, mucho menos, en el Reino. Herodes, al menos, permitió que los discípulos de Juan honraran el cuerpo de su maestro, pero los soviets no podían permitir que surgiera un modelo de cristiano libre.

Al final, otro polaco, un tal Karol Wojtyla, terminaría con el comunismo, el imperio de la mentira. Y para ello, no necesitó disparar un solo tiro.

Eulogio López

Posteado por: joseandresgallego | 01/01/2012

Yo también estuve en Uclés: La prueba (II)

[Sigo con la lectura del relato del padre Bardón sobre lo sucedido con la comunidad agustina de Uclés (Cuenca, España) en la guerra civil española y, de la narración de los horrores, entresaco las acciones de quienes intentaron paliarlos o impedirlos.

José Andrés-Gallego
blog: joseandresgallego.wordpress.com
www.joseandresgallego.com]

Era ya el 24 de julio de 1936, víspera de la festividad del apóstol Santiago, titular del monasterio [de Uclés, Cuenca, España]. Aquellos días se había organizado un triduo de adoración continua para pedir por la paz. La comunidad entera, compuesta por cerca de 120 personas, estaba presente en la monumental iglesia. Profesos y novicios cantaban las vísperas. […] Sería, aproximadamente, la una y media de la tarde, cuando los jóvenes aspirantes, que estábamos en los claustros y patio interior, vimos entrar en el monasterio al alcalde del pueblo, D. Pío Iniesta. […] ante la proximidad de columnas anarquistas que se dirigían a Madrid, procedentes de Valencia, y que algunos de ellos podrían desviarse hasta el monasterio, las vidas de los religiosos estaban expuestas a serios peligros. […] Comenzaba así, a las dos de la tarde, el desalojo de este monasterio, que había sido morada durante 34 años de los religiosos agustinos. […] Todos salimos por la puerta principal en dos filas y con dirección hacia la plaza del pueblo. Tanto a la derecha como a la izquierda se apiñaba la gente de la localidad, unos curioseando, otros sonriendo y otros con lágrimas en los ojos. Entre ellos estaban más de 30 personas, que diariamente acudían, al terminar la comida, a recoger la ración que generosamente la Orden compartía con los más necesitados. En Uclés abundaba el latifundio, y había muchas personas con verdadera necesidad y, paro continuo, si se exceptuaba la época estival.

Había personas que defendían nuestra inocencia, y sin titubeos, así lo demostraban con palabras de aliento. Un anciano con voz temblorosa nos decía “¡Ánimo, hijos míos, que el morir por Dios no es cobardía. Benditos seáis!” […] Muchas familias de la localidad fueron acogiendo a una o más personas, según sus propias posibilidades. Yo fui a parar a una casa de las más pudientes de Uclés, la de los señores Martínez Villalba. Su primogénito, Manolo, era poco más o menos de mi edad y estudiaba el bachillerato en Madrid. Él recogió a seis aspirantes de mi curso, cuyos nombres recuerdo perfectamente, y nos llevó a su vivienda. Saludamos a sus padres, que se mostraron muy acogedores, y a una hija, de nombre María del Carmen. En el domicilio había otras personas que estaban a su servicio. Tenían, en una habitación, capilla particular, en la que proseguimos nuestras devociones. […]

Al día siguiente, festividad del Apóstol Santiago, oímos la misa en la pequeña iglesia del pueblo. Todavía la clausura de los templos no había llegado a este lugar. […] El 27, lunes, aunque no era de obligación, siguiendo con nuestra costumbre de asistir diariamente a la Eucaristía, escuché la última celebración. La siguiente tardaría dos años en llegar, y fue en la Pascua de 1938, no en tierras manchegas, sino en la montaña de León.

Eliseo Ildefonso Bardón, OSA

Posteado por: joseandresgallego | 25/11/2011

YO TAMBIÉN ESTUVE EN UCLÉS (I): TORMENTA AL INICIAR EL CAMINO

ZS11112401 – 24-11-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40984?l=spanish

MADRID, jueves 24 noviembre 2011 (ZENIT.org).- De nuevo en De la otra memoria, el historiador José Andrés-Gallego ofrece una historia que conviene conocer a las nuevas generaciones porque esta es también memoria y de la buena. La cuenta un “joven” de noventa años, único agustino superviviente de una matanza semejante a la de Paracuellos del Jarama, Madrid, España.

*****

Por José Andrés-Gallego

Conocí a don Eliseo I. Bardón hace unas semanas, en unas jornadas a las que ya me he referido, sobre los mártires españoles del siglo XX. Me lo presentaron como el único agustino que se salvó de morir en Paracuellos, entre los detenidos que acabaron así. Él aclaró enseguida que no era así. Que su sitió estaba en Uclés (Cuenca, España). Los agustinos que murieron en Paracuellos procedían del Escorial. Pero, desde el primer momento, vi que el padre Bardón es un joven –realmente lo es- de noventa años. Entendió divinamente la intención de esta sección de ZENIT. Ya ha publicado su memoria del trance de la guerra en el libro Mártires del siglo XX en España: Don y desafío, Madrid, Edice, 2008, pág. 133-156. Pero la ha reelaborado y, probablemente, ampliado y así me lo ha hecho llegar. Es un regalo. Voy a hacer lo siguiente, si a él le parece. Lo publicaré íntegro en el blog indicado abajo. Disfrutarán leyéndolo y verán todos los matices. Pero, en Zenit, sólo transcribiré los párrafos que abundan –queriendo o sin quererlo- en lo que se pretende en esta sección: mostrar el bien que hubo en el mal. Hoy, por lo tanto, vuelvo al oficio de copista:

(I) Tormenta al iniciar el camino

Acudo a vivencias todavía muy presentes en mi memoria. […] Nací el 23 de enero de 1921 en una pequeña aldea leonesa, Santibáñez de Arienza, dentro de la comarca de Omaña, limítrofe con Babia, lugar del que todo el mundo ha oído hablar. Era mi familia de humildes labradores y ganaderos, y en la casa, además de mis otros cuatro hermanos y mis padres, estaba un tío carnal de mi madre, sacerdote ya anciano, que falleció en el mes de marzo de 1931 a los 95 años. […] Había en mi familia tres sobrinos de mi padre que eran religiosos agustinos, a quienes, alguna vez veía y admiraba, cuando en ocasiones esporádicas iban por el pueblo. Por esto, y acaso también por otras cosas, se despertó en mí el deseo de ser religioso y sacerdote. No tenía más de seis años cuando, a los postres de una fiesta que se celebraba en la localidad, un sacerdote llamado don Manuel, párroco de Soto y Amío, cogiendo un gran racimo de uvas, se dirigió a mi persona que, de vez en cuando andaba merodeando por la mesa de los comensales. Puesto de pie y muy solemnemente me dijo: “Eliseo: si en lugar de querer ir al seminario de los agustinos, vas al seminario diocesano, te doy este racimo de uvas”. Me quedé mirando y dije: “Sí, es verdad que me gustan las uvas, pero yo quiero ser fraile”. Don Manuel respetó mi decisión y además me dio el hermoso racimo de uvas. Ese deseo iba creciendo a medida que pasaban los años, y con los doce cumplidos, ingresé en el Monasterio de Santiago de Uclés, Cuenca. Y ¿por qué Uclés? Porque allí estaba otro primo carnal, que había hecho el ingreso en 1927, seis años antes que yo.

[…] En mayo de 1935 hubo en Uclés una concentración de la CEDA, partido político que dirigía el abogado don José María Gil Robles. Fue un día triste para el rector de la casa, padre José Gutiérrez, por no estar de acuerdo con tales actos, pero muy gozoso para los jóvenes seminaristas, que en aquella ocasión recorrimos todos los lugares mezclándonos con miles de personas que de diversos lugares habían acudido al evento. Aunque éramos pequeños nos percatábamos muy bien de la situación de la patria, especialmente cuando nuestros profesores y formadores hacían hincapié pidiéndonos más oraciones y visitas al Sagrario para lograr la paz y bien de la nación. […]

Estando un día disfrutando del recreo a la sombra del Castillo, observamos que junto a la torre estaban tres o cuatro hombres del pueblo con escopetas en sus manos. Tomamos los jóvenes la cosa un poco a broma y les dirigimos algunas palabras no del agrado de nuestro mentor, padre Emiliano López, quien nos hizo la corrección pertinente, terminando con estas palabras bien grabadas todavía en mi mente: “El día que quieran, pueden echarnos del convento”. Desde aquel momento aprendimos muy bien la lección y nos dimos cuenta de que la situación había cambiado radicalmente de rumbo. Ignorábamos que la guerra civil había comenzado el 18 de julio.

Eliseo I. Bardón

(Continuará, Deo volente)

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Posteado por: joseandresgallego | 12/11/2011

Entre asesinar o salvar en nombre de Dios: Aquella blasfemia…

ZS11111003 – 10-11-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40867?l=spanish

MADRID, jueves 27 octubre 2011 (ZENIT.org).- De nuevo en De la otra memoria, el historiador José Andrés-Gallego ofrece una historia de humanidad en medio de la barbarie irracional que estalla en los conflictos armados. Con modos poco ortodoxos, un buen cura rural salvó unas cuantas vidas en su pueblo.

*****

En el pasado mes de octubre, se celebraron unas jornadas sobre Los mártires del siglo XX en la Conferencia Episcopal Española. Las primeras ponencias se centraron en una idea capital: la de que fue una época de martirio para cristianos de las más variopintas confesiones. El profesor Roccucci –de una de las universidades romanas- abrió boca con el recuerdo de lo ocurrido en Rusia entre 1917 y 1939 y otro profesor no menos romano ni menos prestigioso –Fidel González- no dudó en evocar a los portugueses que fueron víctimas propiamente religiosas en la persecución que comenzó tras la revolución de 1910 y a los cristeros mexicanos asesinados en los años veinte. Y ésas no son más que unas pocas muestras. Quien se quiera asomar a la magnitud de ese hecho hallará una buena ventana en el libro de Andrea Riccardi El siglo de los mártires (Plaza & Janés, 2001).

Lo que a mí me correspondió fue explicar la relación que pudo haber entre todo ese enorme conjunto y lo sucedido en España entre 1936 y 1939. Y eso fue lo que me propuse. Para un historiador –la verdad sea dicha- no es tarea difícil. Hay multitud de estudios sobre la historia de las explicaciones que se daban en esos mismos días para justificar o, al menos, disculpar la violencia. En España, tuvieron importancia especial las mismas que en el resto de Occidente; sobre todo estas dos: una, la idea de que la religión es el opio del pueblo; la otra, que “el Estado burgués” se apoya en el Ejército y la Iglesia como pilares principales y es preciso, por tanto, destruir uno y otra si se quiere lograr la libertad universal.

En España, no tuvieron un peso semejante, en cambio, las ideas racistas de exterminio. Pero, como contrapartida, hubo quienes mataron a otros en el nombre de Dios, y no sólo en defensa propia o de terceros. En la retaguardia de los dos bandos, hubo demasiados cobardes que no se jugaron la vida en el frente, sino que se armaron para matar a quienes no estaban armados. Y –algunos- incluso se atrevieron a invocar el nombre de Dios. Esta sección, ya sé, no ha nacido para recordar ese hecho. Pero, en estos días, un campesino de Castilla a quien conozco de hace mucho me ha hecho llegar una historia que me conmueve enormemente, y eso por el protagonista –el cura de su pueblo- y por el empleo que hizo, en 1936, del nombre de Dios. Les pido que la acepten con la serenidad y la comprensión con que la escuchó hace ahora una semana un cardenal de la Iglesia en Roma, adonde tuve que ir en esos días.

El pueblo es Rioseco –uno de tantos pueblos que, en España, se llaman “Rioseco”-; también allí llegaron los “valientes” de retaguardia y mataron a dos vecinos que se consideraban del otro bando. El asesinato causó estupor en la comarca; uno de ellos era un zapatero ambulante, conocido y querido en todo el entorno. Su muerte fue el revulsivo que sirvió para que la gente de aquellos pueblos tomase conciencia de que el horror de la guerra había llegado, al cabo, hasta allí.

También tomó conciencia del horror el cura de Rioseco, que era un joven fornido, grande y fuerte, además de mañoso. Iba a cazar con los vecinos y pasaba por ser de los mejores, si es que no era el mejor. Tenía una escopeta que parecía milagrosa. Todo obliga a pensar que sintió la más santa (y aguda) de las iras al enterarse de lo que había ocurrido.

Al cabo de unos días, los “valientes” se presentaron nuevamente en Rioseco, a buscar gente que no fuese muy “ortodoxa”, aunque no se declarase de izquierdas. El campesino que lo cuenta lo relaciona con su propio padre y la media docena de jóvenes que no iban a misa. El cura, que lo supo, armó la escopeta; salió a buscar a los “valientes”; se plantó frente a ellos; les apuntó con el arma y les dijo: “Me c… en Dios que no os lleváis ni a uno más”. No se llevaron ni uno más.

Quizás en otro artículo busque un ejemplo semejante del otro bando. Ahora déjenme que guarde silencio. Lo merece aquel cura (y, sobre todo, Dios).

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Por un error, he incluido un artículo que no es el que apareció en Zenit la semana pasada. Ahí va. Cambio el que había puesto por éste y reanudo los relatos.

ZS11102701 – 27-10-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40771?l=spanish

Por José Andrés-Gallego

MADRID, jueves 27 octubre 2011 (ZENIT.org).- De nuevo en De la otra memoria, el historiador José Andrés-Gallego ofrece una historia de humanidad en medio de la barbarie que se desencadena en los conflictos armados. El buen hacer de un sacerdote educador y caritativo en la guerra de España de 1936-39 le salvó la vida porque antes se había ganado el respeto y la estimación de sus vecinos.

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El artículo anterior (“Sagunto y la frustración del mal absoluto”) ha tenido cierta repercusión y estoy a la espera de comprobar los datos que me piden. Mientras tanto, copio (del otro bando) y esta vez cito nombres y apellidos, puesto que así me lo permite quien ha incluido el relato en el blog (joseandresgallego.wordpress.com):

“El que suscribe, Enrique Berenguer León, nació en Madrid el 8 de agosto de 1938. Mis padres vivían aquellos días de guerra en el primer piso de la calle Narváez 19 y mi madre, Antonia León Crespo, me dio a luz en la habitación que hace el chaflán con la calle Duque de Sesto (el edificio está tal cual actualmente). Vivían también en aquel piso el sacerdote diocesano don Fernando Palatín Martínez, tutor de la familia de mi madre, huérfana de padre desde muy joven, mi padre, don Enrique Berenguer Pérez y mis hermanos mayores, Daniel y Fernando.

“El reverendo don Fernando había trasladado a sus pupilos (mi abuela, y sus hijos: una chica –mi madre– y dos adolescentes varones -mis tíos-) desde Sevilla (ciudad natal de todos ellos) a Madrid, donde fundó un colegio titulado “Sagrado Corazón de Jesús”, para niños y niñas, como medio de subsistencia de toda la familia. La fecha no la sé, pero, unos años después, el 24 de septiembre de 1931 contrajeron matrimonio canónico y civil mis padres. (El tiempo de noviazgo tampoco lo sé, pero creo que fue breve; ambos tenían 29 años el día de la boda).

“El 18 de julio de 1936 vivían todos en el colegio, que constaba de dos chalets comunicados interiormente, con tres pisos cada uno, en la misma calle Narváez, pero el nº 18 (frente por frente a mi casa natal). Tras la inevitable incautación del colegio por la FAI, los anarquistas instalaron allí un “Ateneo Libertario”. Mi madre me contó el sufrimiento de la familia al ver cómo, en los primeros días, tiraron por las ventanas los pupitres y los enseres de las clases.

“Conocí de sobra a don Fernando Palatín (murió en el colegio restaurado, cuando yo tenía nueves años, en 1947), y recuerdo que años más tarde me vino la pregunta que no podía faltar. Tras oír relatos de tantos asesinatos de sacerdotes, pregunté a mi madre: Mamá, ¿cómo es que no mataron a Don Fernando? Mi madre me dijo:

“Sí, al principio de la guerra se presentaron en el portal del edificio unos cuantos milicianos armados y desde el pie de la escalera (no debían conocer el piso en que vivía mi familia) empezaron a gritar: ¡Que baje don Fernando, que baje don Fernando!
Y ocurrió lo inesperado. Empezaron a abrirse las puertas de los vecinos de al lado y de arriba y las amas de casa, con gran entereza, contestaron con voces y con tono similar: ¡De ninguna manera, a don Fernando no se lo llevan ustedes!

“Mi madre me aclaró que, como director del colegio, había facilitado económicamente el acceso a la enseñanza a familias con carencias de recursos. Cosa que era conocida en el barrio y envalentonó a las mujeres del edificio a salir en su defensa.

“Mi madre me dijo que los milicianos se fueron. Y lo que es más admirable no volvieron más, estando los edificios de mi casa y el del Ateneo [Libertario] frente por frente”.

“Me parece es un “Testimonio de Bondad” en el que se reconoció la generosa atención de aquel sacerdote para con los pobres, no solo por las valientes vecinas, sino también por los mismos milicianos”.

Por la copia, José Andrés-Gallego

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Posteado por: joseandresgallego | 21/10/2011

De la otra memoria italiana, ¿un espléndido “contagio”?

Puede que no sea así; pero el título que se ha dado en Zenit al artículo que copio a continuación me hace pensar que, a lo mejor, quiere ser una “ampliación” a Italia de lo que se propone en esta sección. Si es así, claro que me alegro muchísimo.

José Andrés-Gallego

ZS11101809 – 18-10-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40703?l=spanish

LA OTRA MEMORIA ITALIANA: ESCONDIDOS EN UN CONVENTO

Los héroes desconocidos que salvaron a los perseguidos

ROMA, martes 18 de octubre de 2011 (ZENIT.org).- El pasado 16 de octubre se recordó en Roma la incursión que los nazis hicieron en el gueto judío. Una acción bárbara e inhumana.

Eran las cinco y media de una mañana lluviosa, el 16 de octubre de 1943, cuando los nazis entraron por la fuerza en las viviendas para deportar a hombres, niños, mujeres y ancianos.

Hicieron prisioneros a más de mil judíos, destinados junto a muchos otros en Europa a ser eliminados.

Pero justo cuando los nazis, cegados por el odio racial, estaban poniendo en práctica la “solución final”, cuando parecía que el destino estaba marcado para los judíos, miles de héroes desconocidos arriesgaron sus propias vidas, las de sus cónyuges, sus hermanos y hermanas para salvar a los perseguidos.

A pesar de las divisiones marcadas por las leyes raciales y el riesgo de perder la vida, las puertas de las iglesias y de los conventos, colegios y universidades pontificias se abrieron para acogerlos y protegerlos como a hermanos. Historias conmovedoras y desgarradoras, muchas de las cuales todavía no aparecen en los libros de historia.

El árbol de la vida duramente herido por las ofensas de la guerra, por las divisiones políticas y por la intolerancia racial, continuó siendo alimentado por la valentía y por la caridad de millares de personas. Gracias a las indicaciones precisas impartidas por el pontífice Pío XII, la obra de asistencia de las instituciones eclesiásticas fue inmensa.

Según el historiador Emilio Pinchas Lapide, entonces cónsul de Israel en Milán, “la Santa Sede, los nuncios y la Iglesia católica han salvado de una muerte cierta de 700.000 a 850.000 judíos”.

Y Luciano Tas, representante autorizado de la comunidad judía de Roma escribió en Historia de los judíos italianos que “centenares de conventos, después de la orden impartida en este sentido por el Vaticano, acogieron a judíos, miles de sacerdotes los ayudaron, prelados con altos cargos organizaron una red clandestina para la distribución de documentos falsos,…”.

La obra de protección de la Iglesia está ampliamente testificada por el alto porcentaje de católicos que han recibido la medalla de Justos entre las Naciones.

El Yad Vashem, el organismo nacional para la memoria de la Shoah, instituido en 1953 para recordar a los Justos entre las Naciones, que arriesgaron sus vidas para ayudar a los judíos durante el Holocausto, contaba al final de 2010 con 23.788 Justos entre las Naciones.

La gran mayoría de estos Justos es católica, destacable es también el gran número de miembros del clero, entre los que se cuentan cardenales, obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, muchos de los cuales perdieron la vida para salvar a los judíos.

Liana Millu, superviviente de Auschwitz recordó que en aquellos años de guerra, “los hombres mostraron lo mejor y lo peor de sí mismos”.

El mal perpetrado fue tan grande que muchos dudaron de la presencia de Dios.

Pero como explicó san Pablo, “Dios nunca estuvo ausente, incluso cuando la gente adoró a los ídolos”. Sabemos, de hecho, que frente a tantos males, hubo mucho bien. La sangre y los sufrimientos de cada uno de los héroes desconocidos salvaron la humanidad.

Se descubre así que el sentimiento de caridad, el amor a los demás, sobre todo a los más débiles y perseguidos, es un acto que consigue derrotar incluso a la muerte.

Este es el motivo por el que el sufrimiento puede estar lleno de significado. Con respecto a esto cabe destacar las historias de Odoardo Focherini y Mafalda Pavia.

Odoardo Focherini muerto a los 37 años de edad, no era un superhéroe. Padre de 7 hijos, director de la Acción Católica y administrador del Avvenire de Italia, salvó a 105 judíos de la deportación, pero fue capturado por los alemanes y llevado a Hersbruck donde murió el 27 de diciembre de 1944.

En su última carta escribió: “A mis siete hijos… quisiera volver a verlos antes de morir. Sin embargo acepta, oh Señor, este sacrificio y cuidalos tú, junto a mi mujer, a mis padres, a todos mis seres queridos. Declaro morir en la más pura fe católica apostólica romana y en la plena sumisión a la voluntad de Dios, ofreciendo mi vida en holocausto por mi diócesis, por la Acción Católica, por el Papa y por la vuelta de la paz al mundo. Os ruego que le digáis a mi mujer que le soy siempre fiel, que me he acordado mucho de ella y que la he amado inmensamente”.

Mafalda Pavia, una doctora de fe judía, docente libre universitaria en la Clínica Pediátrica, fue salvada por san Juan Calabria, que la escondió en el noviciado de las Pobres Siervas de la Divina Providencia de Roncà en la provincia de Verona.

En un libro de cartas enviadas a san Juan Calabria, la doctora Pavia escribió: “Jesús el hermano sublime se ha ofrecido a nuestro pueblo”.

“Sublime este judío que se ofreció en holocausto por todos los pecados de los hombres… este Hombre que parece morir cada año, cada día, cada minuto por la maldad de todos, de ayer, de hoy, de mañana… este Hombre que parece resucitar cada instante para darnos la dulcísima esperanza del perdón divino”.

Las historias de Odoardo Focherini y de Mafalda Pavia son ejemplos de cómo en una lucha desigual, el bien puede vencer sobre el mal, y como donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

Por Antonio Gaspari

[Traducción del italiano por Carmen Álvarez]

Posteado por: joseandresgallego | 06/10/2011

SAGUNTO Y LA FRUSTRACIÓN DEL MAL ABSOLUTO

En el artículo anterior de esta sección de Zenit, les comenté que había asistido en Munster a un seminario sobre la represión en la guerra civil española y que me  sorprendió que se empleara en él el concepto de “mal absoluto”. Uno estaba seguro de que el mal absoluto ni existe ni puede existir. Es metafísica y ontológicamente imposible. El mal es –siempre- relativo. Y lo paradójico es que esa “relación” suya es, necesariamente, relación con el bien. Comprendo que esta última idea haga zozobrar a más de uno (y eso, precisamente, entre la gente bondadosa). Si la existencia del bien es requisito para que exista el mal, a lo mejor se arregla todo sin hacer el bien (ni tampoco el mal, claro).

El problema es que nadie -absolutamente nadie- puede vivir tomando decisiones que no sean buenas ni malas, y eso a lo largo de tres años (que fue lo que duró la última guerra española). Es imposible hasta el extremo de que no hay forma de encontrar un caso de alguien que, por lo menos, lo intentase. Lo que intentaban en 1936-1939, en España, los de ambos bandos, era ganar la guerra. Para unos y otros, el bien era vencer. Y unos y otros sabían que, para lograrlo, tenían que derrotar (hacer el mal) a los contrarios. El bien dependía del mal y viceversa.

¿Y si no se conformaban con vencer y lo que querían era llegar más lejos y exterminarse mutuamente? Para que eso sea posible, es necesario que todos los militantes del bando que lo intenta sean unánimes en el deseo de exterminar al otro. Si no se da esa unanimidad, siempre podrá haber alguien que haga lo que esté en su mano para impedir el exterminio. Pondré un ejemplo. Durante unas semanas de la guerra civil española, la ciudad valenciana de Sagunto se convirtió en tierra de nadie. Los nacionales la asediaban por el norte y los republicanos la defendían desde el sur. Y hubo momentos en que no fue de unos ni de otros. Cuando unos lograban entrar en ella, conseguían los otros rechazarlos y obligarlos a abandonarla. Pero no podían quedarse porque, enseguida, sucedía lo contrario. En una de esas, apareció un camión, se detuvo en el centro de la ciudad y todo el mundo se dio cuenta de que eran milicianos –anarquistas concretamente- los que iban en él. Había una diferencia tan grande entre los uniformes de uno y de otro ejército, que no hacía falta preguntar. Se bajaron y comenzaron a gritar que hacían falta más soldados para impedir que los nacionales entraran en la ciudad. La apelación dio resultados y comenzaron a presentarse voluntarios (por supuesto, de izquierdas). Entre ellos, dos muchachos de 15 y 18 años muy conocidos por la militancia izquierdista de toda la familia. Subieron a la caja del camión, dispuestos a ir al frente, y hete aquí que, de pronto, apareció una mujer de la casa vecina a la suya, quien, con gran energía, ordenó a los dos chicos que se bajasen de inmediato. Y ellos -perplejos- la obedecieron. La perplejidad se comprende. Era la abuela de una familia de derechas, a la que unos anarquistas ya le habían matado al marido y a un hijo. Vivían junto a ellos, en un azagador de Sagunto al que sólo daban (y dan) tres casas: las de esas dos familias enemistadas desde siempre (casi el mal absoluto) y la de otra familia que era también de izquierdas, pero que endulzaba la vida elaborando turrón.

Es sorprendente desde luego que los dos jóvenes de izquierdas hicieran caso a la mujer de una familia odiada, de derechas, que les daba la orden insólita de bajar del camión que iba a llevarles a defender su propia causa (la de “izquierdas”). Pero la psique humana es así. A veces, percibimos algo que no sabemos explicar y que nos lleva, sin embargo, a obedecer a verdaderos despropósitos. Tiene que ver, seguramente, con los gestos, más que con las palabras. Pero dejo la explicación a los psicólogos, que saben, de esas cosas, mucho más que este historiador.

Hubo, además, otro hecho curioso, y es que los del camión no protestaron ni arremetieron contra aquella mujer. Arrancaron y desaparecieron del lugar. Fue entonces cuando la odiada vecina de derechas hizo llamar –por persona interpuesta- a los padres de los muchachos –sus enemigos de izquierdas- y les dijo que se había fijado en que los que acababan de marchar llevaban botas del Ejército Nacional. Estaba segura de que eran “nacionales” disfrazados de “milicianos”. Pensaba que habían ido a reclutar gentes de izquierdas, pero no era para llevarlos a defender Sagunto, sino para matarlos.

Comprenderán ustedes que, con mujeres del temple de esa viuda saguntina a la que le habían matado al marido y a un hijo y no quería que ocurriera lo mismo a sus vecinos (y enemigos), no hay manera de exterminar a los contrarios y lograr el mal absoluto.

Usted puede decir que esa historia (real) solo demuestra que hay gente buena en todas partes, pero que el exterminio es cosa de los jefes y que los jefes son los que tienen el poder (de exterminar, entre otras cosas) con mayor eficacia que una viuda con buenos sentimientos que solo salva a un par de jóvenes.

A eso replicaría (i) que salvar a dos jóvenes basta para que el mal no sea absoluto; (ii) que la eficacia numérica dependerá del número de personas que actúen de esa manera y (iii) que esta sección es fruto de una evidencia de años, como he dicho desde el principio: la de que, en todos y cada uno de los relatos que he leído o que he escuchado sobre la represión en la guerra civil, aparecen acciones buenas (casi todas las veces, además, eficaces); por tanto, no hablo de una excepción, sino de una de las muchas variedades en que el bien se hizo realidad.

Aun así y todo, recojo el guante y hablaré –Dios mediante- de los jefes. Pero, antes, les invito a demostrarme –con sus propios relatos- que hubo mal absoluto (de izquierdas o derechas). Este blog está a su disposición.

José ANDRÉS-GALLEGO

blog: joseandresgallego.wordpress.com

www.joseandresgallego.com

Publicado en ZS11100606 – 06-10-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40602?l=spanish

Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

EL BIEN DE UN JUEZ SOCIALISTA Y EL DE UN FRAILE

Publicado el 22 de septiembre de 2011 en http://www.zenit.org/article-40467?l=spanish

EL BIEN DE UN JUEZ SOCIALISTA Y EL DE UN FRAILE

Hace catorce días, en esta misma sección de ZENIT, quise probar la afirmación de que no se puede contar el mal sin contar asimismo con el bien y que eso tiene que ver con todo. También con la guerra civil española de 1936-1939. Pues bien, fue como si nos hubieran oído (o leído). No pude adivinar que, ese mismo día, iba a escuchar en Munster exactamente lo contrario: que las guerras del siglo XX han puesto de relieve la existencia del mal absoluto y que eso está detrás del afán de exigir justicia contra quienes lo hicieron.
La reunión tenía lugar en la Westfälische Wilhelms-Universität, en el Seminario de Historia Medieval y Moderna de la Iglesia que dirige el profesor Wolf. No era lugar para el oportunismo ni el afán de medro. Se emplearon argumentos importantes y me propongo planteármelos como hipótesis. La primera comprobación, ciertamente, es la que se deduce del artículo anterior de esta sección de ZENIT. Y creo francamente que el resultado es negativo: no hay manera de contar el mal sin contar con el bien. Así que el mal, si es absoluto, no se deja contar como absoluto.

¿Y el bien? Tampoco. Hay –también- que asumirlo. Copio el relato de una de las personas que han acudido a esta llamada (a la que sigue abierto –y crece- el blog joseandresgallego.wordpress.com): Nieves San Martín. Recuerden que se trata de probar que el mal se mezcla –siempre- con el bien y que, si es que es así, es así como se ha de contar y recordar la historia. Toda la historia.

Nieves San Martín nos relata la historia de un un primo hermano de su padre: Luis San Martín Adeva, miembro del Partido Socialista Obrero Español (como lo era su esposa, la psicopedagoga y doctora en derecho Matilde Huici Navaz); Luis San Martín era juez del Tribunal Tutelar de Menores de Madrid cuando estalló la guerra. Era católico y socialista, además de republicano, y hacía cuanto podía en favor de los niños que vivían en medios que podían llevarles a la delincuencia. Había llegado a crear un taller de asistencia social para menores a fin de dar un paso más en esa línea y no quedarse en quejas. El periodista Antonio Vidal (en el Heraldo de Madrid del 3 de enero de 1934) había llegado a concluir que aquel “prestigioso y joven abogado” infundía en esas tareas “todas sus nobles ideas de juventud, dándoles un vivo calor de emoción fraterna y un efectivo sello de amor a la humanidad infantil”. Hacía, en suma, el bien.

Al estallar la guerra, el mal tomó otras formas y, por lo mismo, el bien. Luis San Martín se dedicó salvar a la gente que pudo, entre los amenazados de muerte en Madrid. Le apoyaba su esposa, Matilde Huici, que también era abogada y, además, feminista. Una de las maneras eficaces de salvar gente era llevarla a las oficinas del propio Tribunal Tutelar de Menores, donde, en definitiva, era Luis quien daba órdenes. Recogía allí a esas personas y buscaba pensiones de Madrid donde las aceptasen (y dieran garantías de respetarlas) o se las confiaba a familias amigas. A ser posible, les proporcionaba un salvoconducto y, de ese modo, podían arriesgarse a ir a la calle. Así salvaron la vida, entre otros, varios religiosos “amigonianos” –congregación de capuchinos terciarios-, entre ellos el hermano Francisco Tomás Serer y el superior de la comunidad que había en Carabanchel, José Subiela Balaguer. A Subiela, lo sometieron sin embargo a juicio, ante un Tribunal Popular, y Luis San Martín no dudó en prestar testimonio. Probablemente, él mismo se ofreció a elevar un informe al juez especial del juzgado número 1 del Tribunal de Espionaje; ese juez especial (que, por lo visto, también estaba abierto al bien) lo aceptó y cumplió el formalismo de solicitarle justamente un informe. En él, San Martín dejó escrito que conocía al padre Subiela porque, al incorporarse al Tribunal de Madrid (mayo de 1933), se encontró con que el religioso dirigía el Laboratorio de Psicología Experimental del Reformatorio de Menores de Carabanchel Bajo y pudo comprobar “el celo e inteligencia de dicho director en el ejercicio de su función, su criterio liberal en el trato con los menores, desconociendo su filiación política y sin que al exponente haya llegado noticia alguna de actividad contraria al régimen”. Así lo hacía saber y se ponía “a disposición de ese Juzgado de su cargo para las ampliaciones que se estimen convenientes”. Subiela se había mantenido como encargado del laboratorio ya iniciada la guerra, hasta agosto de 1936. En estas fechas, se impuso el cambio del personal del establecimiento y se acogió al amparo de Luis San Martín.

El otro capuchino que citábamos -el hermano Francisco Tomás Serer- también tenía razones para que se le viera como un hombre de bien: contaba 24 años; se había ordenado en 1934 y, en el verano de 1935, había hecho un viaje de estudios por Francia y Bélgica para dar solidez científica a los métodos pedagógicos de la congregación, a la vez que iniciaba la carrera de medicina en la Universidad Central de Madrid. En su caso, pudo salir del Tribunal Tutelar de Menores hacia una casa cuyos vecinos lo acogieron. También estaban dispuestos a cobijar al superior de la comunidad, el padre Bienvenido María de Dos Hermanas. Pero Francisco Tomás llegó antes a la casa; tanto, que empezó a preocuparse por Bienvenido y optó por salir en su busca. Al amanecer del día siguiente, 3 de agosto, hallaron su cadáver –el de Francisco Tomás- junto a las tapias del Reformatorio del Príncipe de Asturias, en Madrid. Había salido a hacer el bien y se había encontrado con el mal.

Puestos a hacer el bien, el papa Juan Pablo II lo beatificó el 11 de marzo de 2001 junto a otros 232 mártires más.

No veo forma de separar el bien del mal ni de que, por lo tanto, el bien o el mal sean absolutos.

José Andrés-Gallego (que copió el testimonio de Nieves San Martín)
blog: joseandresgallego.wordpress.com
http://www.joseandresgallego.com

Nota: Lo relativo a la relación del matrimonio San Martín-Huici con los amigonianos consta en el libro de Tomás Roca Chust, Historia de la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores (1968-2011, 7 volúmenes). Hay –al menos- dos biografías de Matilde Huici (cuyo título empieza con su nombre, lógicamente), donde se habla también de Luis San Martín: la de Ángel García Sanz (Universidad Pública de Navarra, 2010) y la de la propia Nieves San Martín (Narcea, 2009).

Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

¿DOS ACTOS DE GENEROSIDAD HEROICA?

Publicado en ZS11090810 – 08-09-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40313?l=spanish

¿DOS ACTOS DE GENEROSIDAD HEROICA?

El paréntesis de las vacaciones me ha permitido hacer balance de la primera etapa de esta sección de Zenit, “De la otra memoria”. No han sido muchos días, pero los suficientes para sacar alguna conclusión. Ya saben que se trata, simplemente, de recordar que, en la guerra civil española de 1936-1939, no sólo hubo horror. Hubo también bondad. Y, sin tenerla en cuenta, no se puede entender la propia guerra ni el horror, que hubiera sido aún mucho mayor.

No es asunto de consolarse según el dicho hispano: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Tampoco es moralina. Es algo más profundo: a priori, no se puede aceptar que la maldad sea más eficaz que la bondad y que, por tanto, los historiadores sólo deban hablar de aquélla. Basta la sumaria metafísica que uno estudió en su día –como todos los españoles que llegaban a la enseñanza secundaria- para concluir que el mal en sí no existe. Paradójicamente, para que exista el mal, tiene que existir el bien. En realidad, el mal sólo puede existir en el bien (aunque la magnitud de aquél sea tal, que tape la de éste).

Supongo que, por eso, me ha ocurrido lo que ya dije en el primer artículo de esta sección de Zenit: que, cada vez que leo el relato de un drama concreto –ocurrido realmente durante la guerra civil española-, advierto que quien habla incluye –siempre- referencias a acciones buenas, que forman parte de esa historia y que tiene que relatar para que esa historia se entienda. Y, sin embargo, se diría que no les da importancia.

Pues bien, esta primera etapa de esta sección de Zenit brinda la posibilidad de someter a prueba esa afirmación metafísica. En estos meses, ha surgido una iniciativa –entre otras- que se diría pensada para probar exactamente lo contrario. Los responsables de un importante grupo editorial han lanzado una página en la que se publican entrevistas con personas que sufrieron horrores o que conocen bien los horrores que otros sufrieron. Todo tipo de personas: de izquierdas y derechas.

Esto último importa mucho porque no es lo habitual. La mayoría de las publicaciones –con diferencia- son de un lado o de otro y, en consecuencia, suelen tener un aire maniqueo, por más que sus autores no lo intenten. En este caso, no es así. Y eso honra el intento. Nos sirve, por lo pronto, para poner a prueba nuestra tesis en relatos de las dos zonas, redactados con un estilo semejante.

No puedo hablar de todos ellos, claro. Pero empiezo por el primero, sin más: sin elegir el que cuadre mejor con mi tesis. Se trata del relato del fusilamiento de un testigo de Jehová que se negó a jurar lealtad a la bandera y a tomar las armas cuando lo llamaron a filas, en agosto de 1937. Era radicalmente pacifista y creía ofender a Dios si disparaba contra otro, aunque fuese en defensa propia o para defender a terceros. Se podrá discutir este criterio. Pero ésa era su convicción y fue coherente con ella hasta dejarse matar. Lo encarcelaron; escapó; lo cogieron cerca de la frontera con Francia; fue sometido a un consejo de guerra, como sucede en esos casos; lo condenaron a muerte, lo fusilaron y debieron llevar el cadáver a la fosa común del camposanto de Jaca, la ciudad aragonesa. El juez correspondiente no pudo asegurar esto último y lo hizo constar así.

La narradora glosa esto con la siguiente frase: fue “el primer insumiso por el movimiento que se opuso al servicio militar obligatorio” (se deduce que en todo el mundo). Y explica de este modo que el juez no dijese dónde estaba enterrado: “La España católica, apostólica y romana prefería ocultar la existencia de un individuo que, además de desertor, era un apóstata”. Al parecer, se niega –tácitamente- que el juez ignorase dónde lo enterraron. Por otra parte, ese juez es –aquí- “la España católica”.

Vamos ahora a lo nuestro. Se dice que aquel panadero de 19 años se negó a tomar las armas y a jurar lealtad a la bandera, que huyó y, por tanto, desertó, y se desprende que fue eso lo que lo llevó ante un consejo de guerra. Pero hete aquí que se añade que los militares que lo formaban le dieron a elegir entre luchar o morir fusilado. Asombroso. Cualquier persona que sepa rudimentos de derecho de guerra –de cualquier país y de cualquier momento de la historia- sabe lo extraño de esa oferta. Es incluso posible que aquellos militares arriesgaran su propia suerte al no aplicar, sin más, la pena máxima, como ordenaba el reglamento para cualquiera de los tres delitos.

La narradora añade que, a un amigo de la víctima, también testigo de Jehová, le ocurrió algo parecido. Pero era hombre casado y, “cuando estaba ante el pelotón de fusilamiento –explica-, su esposa se echó a los pies del capitán del pelotón para rogarle que le dejara marchar; que su marido había perdido la cabeza con la Biblia”.

Asombroso otra vez: una mujer que se mueve entre los militares sin aparente dificultad –hasta el punto de aproximarse (físicamente) a un pelotón de ejecución- y un capitán que incumple la orden que le han dado –ajusticiar al reo, por sentencia firme de un consejo de guerra- sin que le importe cometer, de esa forma, un delito de enorme gravedad, que podría acarrearle a él mismo la muerte: “dejó marchar” a un condenado a la pena capital. Es difícil hallar una actitud más generosa en gentes de guerra.

Sólo la encuentro –en la página de que hablo- en la séptima entrevista. Se trata de una militante del partido socialista que pasó la guerra en Madrid. El hambre llegó a ser espantosa. “Me levantaba a las cinco para ponerme a la cola y conseguir comida -cuenta-, pero, cuando llegaba, no había nada”. Un día vio a joven líder comunista “que siempre iba cargado con grandes bolsas”. Y fue testigo –añade- de cómo se las entregaba a los curas. “Con tal desesperación fui hacia él, le cogí de las solapas y le dije: ‘Si tu padre te viera, te fusilaba’. Le estaban quitando la comida a la gente del Frente para dársela a los curas. ¡Mi marido estaba en el Frente!”

Esto aún asombra más que aquello de los testigos de Jehová: un comunista preocupado por alimentar a “los curas”. Naturalmente, no puedo asegurar la veracidad de ambos relatos. Me limito a concluir que es verdad lo que suponía: no hay forma de narrar el horror sin contar con el bien.

José Andrés-Gallego

Por: joseandresgallego el 09/09/2011
a las 19:27

Responder

Jose, ¿por qué no has puesto el nombre de ese joven comunista?

    Eneko

Por: Eneko el 24/09/2011
a las 11:23

Responder

Porque quiero evitar polémicas. Era Santiago Carrillo, según la persona que lo cuenta. Lo que me gustaría es que se pronunciase Santiago Carrillo en persona sobre la veracidad y sobre las razones de actuar así, si es que es verdad (como desearía, la verdad)… Pero no sé cómo hacérselo llegar.
Besos, pppppppppppppp

Posteado por: joseandresgallego | 05/10/2011

LA CONTINUACIÓN DE “LA VIDA ES BELLA” DE BEGNINI (II)

  1. Publicado en Zenit: ZS11072801 – 28-07-2011
    Permalink: http://www.zenit.org/article-40038?l=spanish
    La continuación de “La vida es bella”, de Benigni (II)

    Historia de un niño que aprendió a perdonar a quienes mataron a su padre

    MADRID, jueves 28 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores una nueva entrega de la serie La otra memoria con la que ZENIT está sacando a la luz actos de bondad en la guerra civil española que ayuden verdaderamente a la reconciliación y la paz.

    El historiador José Andrés Gallego continúa contando la historia uno de los testimonios que han llegado a su blog: el de un niño que aprendió a perdonar a quienes mataron a su padre (ver http://www.zenit.org/article-39921?l=spanish).

    * * * * *

    Quizá recuerden que, en la entrega anterior, hablábamos de un niño cuya historia real podía servir de continuación para “La vida es bella”, la película de Benigni. En la película, la madre se encontró con su hijo cuando caminaba con las demás reclusas que habían sobrevivido en el campo de concentración. Caminaban con dejadez, no se sabe hacia dónde. Podía correr el año 1944 ó 1945. En cambio, la madre de aquel niño del pueblo de Quero, en La Mancha española, a cuyo padre fusilaron en Paracuellos en 1936, nunca se había separado de sus hijos. Pero a Quero llegó un rumor que llevaba esperanza. Se decía que algunos fusilados en Paracuellos sobrevivían a las balas y había gente del pueblo que los recogía y llevaba a sus casas e intentaba curarlos. Y a la mujer se le pasó por la cabeza la posibilidad de que su esposo fuera uno de los salvados.

    No lo podía comprobar. Noticias como ésa no se daban en los periódicos. Y resulta que Paracuellos dista de Quero unos ciento cincuenta kilómetros. Así que no se le ocurrió sino ponerse en camino con los hijos, a buscar al marido. Son locuras que sólo pueden explicarse por amor. Sabía cómo llegar a Madrid. Quero está a unos quince kilómetros de Alcázar de San Juan, que era ya un nudo ferroviario importante. Desde Alcázar, en tren, llegaría a la capital y, a partir de ahí, habría que saber dónde quedaba Paracuellos y, en Paracuellos, en qué lugar podía refugiarse su marido, si es que había sobrevivido.

    Pero eso lo abordaría en su momento. Como primera providencia, hizo un ato con pan y alguna cosa más y echó a andar con los hijos a la estación de Quero, que debía quedar entonces a dos o tres kilómetros. Se subieron a un tren de mercancías y se plantaron en Alcázar. No pudieron pasar de allí. El jefe de estación se lo impidió. Le dijo –con razón- que aquello era una locura, entre otras cosas porque la aviación del bando contrario bombardeaba a veces los trenes, si creían que podían llevar soldados o armas. Y no le dejó continuar.

    La mujer y los niños tuvieron que regresar a Quero. Pero no había tren que los llevara y no tuvieron más remedio que echar a andar por la vía del tren. Y es justo en ese punto donde las dos historias coinciden. La de Benigni se detiene ahí, cuando la madre, en el camino, al encontrar al hijo, parece olvidar el dolor de la probable muerte del esposo y desborda alegría. Begnini no nos cuenta qué sucedió después: cuando tuvieron que reemprender la marcha, a pie, para llegar a algún lugar donde pudieran refugiarse, y cómo pudo soportarlo aquel niño de pocos años. En la realidad de la madre de don Julián –el cura del barrio del Pilar, un niño entonces, de seis años-, sí sabemos cómo se las arreglaron su hija –de ocho años- y ella para rebosar alegría que contagiase al niño y le hiciese capaz de andar quince o veinte kilómetros para volver a Quero. Hicieron lo que había hecho el padre de la película de Begnini al convertir el cautiverio en el campo de concentración en un juego infantil para que su hijo sobreviviera. La hermana de Julián empezó a simular que desfilaban a paso militar; Julián entró en el juego y desfilaron mucho rato, junto a los raíles del tren, divertidos de ser soldados en la imaginación. Y, cuando la fatiga apareció, la madre dio en cantar lo que a Julián solía gustarle: zarzuelas. La condición de madre que tenía que sacar del atolladero a sus hijos se sobrepuso a su tremendo dolor de esposa y a la angustia por la vida de su marido.

    Setenta y cinco años después, al contarlo, don Julián centra de nuevo la atención en aquello con le distrajeron entonces. La pieza de zarzuela de la que más se acuerda –de aquellas que le cantó su madre- es la que dice: “Ay, ay, ay, qué trabajos nos manda el Señor: levantarse y volverse a agachar…”. También, de aquella otra de “Vale más un labrador con fajones y alpargatas que la serranía con todo su terciopelo”. Y “Las mocitas de Talavera son niñas de cara bonita y limpias de corazón”. Pero la que más le gustaba era la canción de los pajaritos. Y le pedía a su madre que la cantara una y otra vez. Es una canción en la que los distintos pájaros van a escuchar a san Antonio, que predica. A Julián, le gustaban los pájaros. Buscar nidos era lo más divertido para los chicos de Quero, comenta.

    Aquel día, era plenamente consciente de lo que sucedía en aquella jornada, de la razón por la que hacían ese viaje e incluso de la intención de distraerle de su hermana y su madre. Pero, como su hermana y su madre iban así –rebosando alegría (comiéndose la pena), él fue del mismo modo, tan feliz. Recuerda que el cielo estaba encapotado y que llovía; que era a finales del otoño, cuando los días son más cortos, y que se echó la noche encima y, con la noche, el frío; que tuvieron que saltar al terraplén cuando oyeron que se acercaba un tren; que se calentaron un poco con las ascuas de carbonilla que arrojaba al pasar… Pero no recuerda que se le hiciera el viaje insoportable. Llegó un momento en el que preguntó cuándo llegaban y su hermana le respondió: “Detrás de esa colina está el pueblo”. No le añadió que entre pueblo y colina había otras colinas; de manera que la respuesta le sirvió para algunas más. Llegaron a Quero y se fue enseguida a la cama. Le dijeron, después, que había dormido dos días seguidos. Pero piensa que exageraron.

    La madre hizo aún algo más cuando perdió toda esperanza de que su marido viviera: les dijo que aquello había pasado y que, por tanto, no había que darle vueltas. Había, simplemente, que rezar y hacer el bien. Ellos dos –su hermana y Julián- dedujeron que su madre preferiría que no se hablase nunca más de llegar hasta Paracuellos. Setenta y cinco años después, don Julián no conoce el lugar, por respeto a su madre. Ha podido poner y ha puesto, eso sí, a su padre en la patena unas veinte mil veces. Calculo que más. Tantas como misas ha dicho desde el día en que se ordenó.

    José Andrés-Gallego, con información de Valvanera Andrés Urtasun

    http://joseandresgallego.wordpress.com

    Por: José Andrés-Gallego el 31/07/2011
    a las 16:12

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  2. Le felicito por esta necesaria iniciativa, D. José. Así que aprovechándome de la ocasión que me brinda, voy a relatar un suceso, comentado siempre por mi familia paterna, cuyo protagonista ha sido un tío mío que luchó con la República y finalizada la contienda estuvo en un campo de trabajo en Torremolinos (Málaga). Después de finalizado el período de reclusión, regresó a su casa, en una pequeña aldea asturiana, en la cual vivía todavía su madre, una hermana mayor, viuda con tres hijos, y dos hermanos varones solteros, uno de ellos -el menor- cumpliendo el servicio militar; el otro hermano, también había sido soldado de la República, y estaba pendiente de un trabajo en una fábrica en una localidad próxima; el resto de la familia lo componía seis hermanos más, todos casados y con hijos, independientes del hogar materno. La persona que nos ocupa, siempre se dedicó a las labores agrícolas y ganaderas (propias de “las caserías”; pequeños minifundios) -actividad que realizó hasta la hora de su muerte, ya nonagenario-. Por las razones antes mencionadas -de su participación en la guerra y posterior reclusión-, recibía la visita de una pareja de la Guardia Civil, con bastante frecuencia, y un sargento de la misma le amenazaba de manera constante, sin cuidar el detalle de que estuviera presente cualquier otro miembro de la familia, incluida mi abuela, la cual sufría mucho temiendo lo que le pudiera ocurrir a su hijo por las amenazas del sargento. Así que un cuñado suyo se puso en contacto con un amigo -destacado miembro de Falange Española, y a su vez conocido de mi tío- y le informó de lo que ocurría; éste Buen Hombre, a su vez, le pidió a un amigo, militar de alta graduación, el que interviniera ante el sargento de la Guardia Civil, lo cual hizo y desde entonces se acabaron las visitas y las amenazas. Hasta aquí, como indico más arriba, era lo que se contaba en la familia, pero no se si por olvido se omitía la parte que ahora voy a relatar. Por azares de la vida, yo soy amigo de un hijo del Buen Hombre -que a su vez, también pertenece a Falange Española- y, en una ocasión, me habló de toda mi familia, ensalzando a todos los miembros de la misma, que les tenía gran aprecio y estima, pues también es amigo de otros primos míos. Ante ésta efusión, le dije que también nosotros sentíamos lo propio por él y los suyos y que teníamos muy presente lo que su padre había hecho por nuestro tío; entonces él me comentó que, en plena guerra, su padre era perseguido por una “brigada” de milicianos con intención de acabar con él y el cuñado de mi tío le mandó ir a la aldea al anochecer y dirigirse a mi tío y que éste lo ayudara en lo que fuera; eran tiempos difíciles y en la aldea, la mayoría, era afín a la República, por lo cual lo que se hiciera de signo contrario tenía que ser con mucha discreción (“que no sepa tu mano derecha lo que hace tu mano izquierda”). Así que mi tío se ocupó personalmente de ése buen hombre y lo tuvo guardado hasta que en cuanto tuvo oportunidad lo llevó -de noche- hasta las filas del bando Nacional.
    Mi tío y el Buen Hombre se han profesado una gran amistad y cariño el resto de su vida.

    Por: Ramón Luis Fernández el 02/08/2011
    a las 22:25

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    • Muchísimas gracias. Sin duda, es una historia ejemplar. Espero que no tenga inconveniente en que haga uso de ella en alguno de los artículos de Zenit, cuando se presente la ocasión. No me dice los nombres de los dos principales protagonistas, sin duda porque prefiere que no aparezcan. Lo comprendería perfectamente. Se lo digo porque esa vigilancia de la Guardia civil debió tener un respaldo documental que podríamos buscar en el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, al que voy a trabajar con cierta frecuencia.
      Gracias de nuevo!

      Por: joseandresgallego el 02/08/2011
      a las 22:51

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  3. Muchas gracias, D. José, por su atención con mi escrito. Le autorizo a que haga del mismo el uso que estime oportuno. Efectivamente, creo que la Guardia Civil para ejercer esa vigilancia tendría un respaldo documental; jamás he puesto en duda el buen hacer de dicho cuerpo, el que al parecer se extralimitaba en sus funciones era el sargento.
    A su correo le enviaré los datos de que dispongo de los dos protagonistas.
    Un cordial saludo.

    Por: Ramón Luis Fernández el 03/08/2011
    a las 15:31

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    • No deje de enviarme los datos que me ofreció, por favor.
      Un saludo muy cordial,
      jag

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